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Las biblias de Tijuana. El Nadir.

Estamos ante una serie de cómics inicialmente anónimos (y ya no tanto, pues parece que se han identificado a algunos de los autores) y pornográficos que "animaron" la vida de los estadounidenses allá por las primeras décadas del siglo XX.

Guillermo Arroniz López • 26/02/2014

Las biblias de Tijuana

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Estamos ante una serie de cómics inicialmente anónimos (y ya no tanto, pues parece que se han identificado a algunos de los autores) y pornográficos que "animaron" la vida de los estadounidenses allá por las primeras décadas del siglo XX.

La irreverencia es total. Casi mayor que la fuerza erótica, que ya es decir siendo lo que son. La incorrección política es absoluta, parte de su esencia más auténtica. Si los famosos que aparecen en ellas (desde muñecos de ventrílocuos a personajes de cómic como Popeye) no incluyeran personas de carne y hueso (Clark Gable o Mae West incluidos) su picante no sería el mismo. Imaginar los vicios y las orgías de las estrellas que llenaban la vida americana desde las pantallas del todopoderoso Hollywood o los escenarios era la forma más salvaje de romper con el puritanismo propio del país.

Se trata de pequeñas historias de pocas viñetas donde lo explícito, lo pornográfico, y la falta absoluta de pudor lo llenan todo con una alegría de vivir (y de practicar sexo con mujeres igualmente felices de entregarse al placer) que rompe esquemas. Sorprende en una época como hoy, cuando se sigue aerografiando en los programas televisivos los órganos sexuales, especialmente los masculinos, que en los años treinta se dibujaran con total descaro, como protuberancias inmensas, quizá presumiendo de producto nacional, por mucho que fueran obras no oficiales, relegadas a la marginalidad como pudieron serlo después las revistas pornográficas. Sin embargo con muchas diferencias: en Las biblias de Tijuana no sólo hay un trabajo artístico del dibujante, sino un chorro de humor que es superado únicamente, y no siempre, por el del semen.

Concursos del miembro de mayor tamaño, o el agujero más grande, van acompañados por alguna historia homosexual ("Jimmy Cagney en Los chicos se vuelven chicas", fundamentalmente, aunque hay alguna otra alusión al sexo anal), o algún intento de bestialismo. No hay lugar para la pudibundez en estos trazos.

Sin embargo todo ellos, en su reducido número de viñetas, reflejan otros rasgos de los personajes: Popeye arrepintiéndose de haber dejado a su amigo solo por haberse entregado al placer; Betty con una inocencia inmensa sin saber aún para qué la había llamado un director incluso tras haberse “aprovechado” de ella… Hay un análisis de personajes que sorprende teniendo en cuenta la brevedad de los textos de los bocadillos o entradillas.

El ingenio no falta, por más que el descaro lo inunde todo y lleve la voz cantante.

Un libro-cómic que rinde homenaje a una forma sexual y divertida de ver la vida que ya tuvieron nuestros abuelos americanos… Porque todo “Ocurrió una noche” – o quizá un día- allá al principio de los tiempos, pero el ser humano sigue respondiendo al estímulo del sexo y del humor con la misma intensidad… aunque quizá con un poco menos de misterio.

Notables e interesantísimos los textos que acompañan, al comienzo y al final, esta edición tan lúcidamente traducida.

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