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Madre Amadísima. Santiago Escalante. Editorial Dalya.

Tras la obra de teatro y la película de cine llega al formato novela esta conmovedora historia contada desde el humor y la inocencia, naïve y tierna. El protagonista de la obra es un homosexual andaluz que le cuenta sus penas a una imagen de la Virgen de la que es vestidor. En ese diálogo en el que sólo escuchamos a uno de los interlocutores aunque adivinamos preguntas y comentarios del Otro, se desgrana la vida de un "mariquita de pueblo" a través de las décadas de los cincuenta hasta casi nuestros días, contadas con ese desparpajo de la tierra y con enternecedoras formas.

Guillermo Arroniz López • 05/11/2014

Madre Amadísima | Foto: Uso permitido

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“”[…]Llegó un momento que se me nubló la vista, yo ya pensando que el padre Isidoro llevaba razón, y me estaba quedando ciego… en realidad… me estaba poniendo ciego. Allí, aquella tarde, perdí lo poco que quedaba de mi niñez, que era mucho, pero fue un auténtico placer. El Javi tenía aquella tarde los ojos más verdes que nunca”.

Página 63

“[…] “Mi comandante, ¿en qué situación están aquí ahora mismo los homosexuales?” Él, después de un silencio que se me hizo eterno y con todos los asistentes esperando una respuesta a tan insolente pregunta, me contestó:

- Verás, aquí en Cuba, no tenemos… ese problema”.

Página 131.

Tras la obra de teatro y la película de cine llega al formato novela esta conmovedora historia contada desde el humor y la inocencia, naïve y tierna.

El protagonista de la obra es un homosexual andaluz que le cuenta sus penas a una imagen de la Virgen de la que es vestidor. En ese diálogo en el que sólo escuchamos a uno de los interlocutores aunque adivinamos preguntas y comentarios del Otro, se desgrana la vida de un "mariquita de pueblo" a través de las décadas de los cincuenta hasta casi nuestros días, contadas con ese desparpajo de la tierra y con enternecedoras formas. De forma que el autor nos lleva por la tragicomedia de la vida a través de las escarpadas montañas del martirio social y los valles de la risa; por los baches de la situación familiar desestructurada, con un padre demasiado aficionado a las señoritas de compañía y poco a la vida hogareña, por decirlo finamente; y por los arroyos del alivio que le proporciona viajar a Barcelona con su madre y coincidir con Ocaña y otros personajes de la vida cultural de la ciudad condal de los ochenta.

Acudiremos a la mili y las desventuras en ella, así como a su vida amorosa, con algún conato de relación estable (tan poco explicada a veces que parece ocultar alguna historia real) pero mayormente poblada por rápidos e inconsistentes intercambios de pasión física y fluidos. Ese trasiego impide ser totalmente feliz al personaje, aunque esa amargura la oculta bajo otros aspectos que se potencian a lo largo de la obra como la descripción detallada del sufrimiento por la crítica social desde las palabras a las miradas, o la necesidad de medicación para hacer frente a todo ello, con la consiguiente desorientación que, a veces, le hace incluso olvidar al Niño Jesús que lleva la imagen de la Virgen, dejándolo en cualquier parte.

Hay muchas críticas y a muy diversos niveles para el lector que quiera profundizar, pues no sólo se pone el acento en lo mal que estaban las cosas durante el régimen dictatorial, sino que también se deja caer la falsa devoción de un pueblo que pasa por la iglesia y es incapaz de darse cuenta de que a la imagen le falta el Niño Jesús.

El estilo es directo, llano, rápido, ingenioso… con arranques cómicos y algún momento poético como el que describe los ojos de su primer amor. Escrita en segunda persona (en definitiva el protagonista está hablándole a la talla) el texto es muy teatral, muy monólogo, aunque se adecúa perfectamente a los requerimientos de la novela. El habla del personaje es muy real, dejándonos creer que realmente ese hombre ha sufrido. Pero, en definitiva, como en aquella obra maestra “Llama un inspector” no importa si el personaje es auténtico, si responde a una persona con nombre y apellidos: la experiencia por él vivida sí es auténtica, pues ese padecimiento por la situación y el rechazo social, por las circunstancias históricas que les tocó vivir a muchos y muchas, sucedió, y pueden contárnoslo si prestamos oídos. Aprenderíamos no poco.

Entre otras muchas cosas aprenderíamos que siempre, siempre, hubo un lugar donde la vida encontró motivos y espacios para la expansión, para el disfrute, para la expresión de la naturaleza propia, sea la que sea.

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