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Sebastián en la laguna. Egales. José Luis Serrano (Elputo Jacktwist).

La laguna, el conjunto de lagunas, más bien, tiene el carácter sombrío y amenazador de un dédalo. Todo son peligros que temen las buenas madres: desde las carreteras que llevan a ella hasta los posibles ahogamientos o los peces grandes. Todo acecha en la laguna. Y, por supuesto, como en todo gran laberinto que se precie, posee su Minotauro. Un ser erótico que exige sus víctimas para paliar la soledad en la que vive.

Guillermo Arroniz López • 07/07/2014

Sebastián en la laguna | Foto: Uso permitido

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“Miraba el libro, pero pasaba pocas páginas. Se acariciaba el pelo y lo retorcía con un dedo, en bucles, ese delicioso pelo con cuyo olor soñaba las noches en las que no podía dormir. Aún ahora, después de tanto tiempo, me calma recordar el olor del pelo de mi madre”.

Página 48.

“El aire olía a algas, a pescado de alguna de las cocinas de la planta de abajo. La laguna no estaba tranquila: parecía más bien que estuviera expectante, como un bicho agazapado, como henchida por un suspiro contenido que no terminaba de exhalar, como mi propio pecho […]”.

Página 110.

La laguna, el conjunto de lagunas, más bien, tiene el carácter sombrío y amenazador de un dédalo. Todo son peligros que temen las buenas madres: desde las carreteras que llevan a ella hasta los posibles ahogamientos o los peces grandes. Todo acecha en la laguna. Y, por supuesto, como en todo gran laberinto que se precie, posee su Minotauro. Un ser erótico que exige sus víctimas para paliar la soledad en la que vive.

Pero quizá la bestia erótica no es lo que parece. Quizá la piel de lobo esconde un cordero lleno de miedos frente a la soledad que intenta paliar a base de carne fresca y dulce, carne con aroma de ciudad, cuerpos tentadores que lo conocen, que lo temen al tiempo que lo desean. Quizá las bestias son los visitantes que vienen a traer esos perfumes, sus cuerpos, puro cebo frente a su puerta y que además lo juzgan... qué incluso lo utilizan sabiendo que quedará atrás en sus vidas. Como la primera hoja del otoño, algo que se lleva el viento, un recuerdo que pasa con los años.

Quizá hay otras bestias que acechan. El miedo es una bestia. El miedo a la enfermedad. José Luis Serrano tiene el valor de ponernos frente a aquellos primeros casos de sida que parece haber olvidado todo el mundo (o la mayoría del mundo). Y no es un espejo adornado, ni exagerado. Es eso, el reflejo literario de lo que fue la llegada de los síntomas en las pieles, en los miembros delgados, en la falta absoluta de energía, en las diarreas; las reacciones de las familias, los rechazos, los temores al contagio hasta por las ondas de la radio. No es que el tema centre la novela, pero aparece y tiene su porqué, además de llamar la atención sobre aquellos que se fueron y a los que cuesta recordar porque la enfermedad y la exclusión social nos aterran tanto o más que la muerte misma. La maldición, la muerte, el pecado, el castigo… sobrevuelan la laguna. La laguna es madre oscura del drama.

Como todo gran clásico, la novela de la que hablamos hoy, hace equilibrios entre la muerte y la vida, entre el sexo que ocurre y el que va a ocurrir o el que nunca ocurrirá y pudrirá el deseo en nuestro interior. Y desde ahí el mensaje viene a ser universal, con independencia de la orientación sexual de cada uno. La bestia, por supuesto, acepta todas las sexualidades, pues ha de devorar tanto a víctimas masculinas como a víctimas femeninas. En su bestialidad casi divina no conoce de orientaciones sino de hambres infinitas, insaciables, inabarcables. Porque la soledad es el mayor agujero negro que el hombre aporta al universo. Y en el libro todos están solos. Las relaciones entre los personajes son silenciosas, acartonadas, prestas a la tragedia, incluso desde antes de que exista el peligro. La laguna suena a miedo aunque sea un lugar para el verano y el esparcimiento. Y si un chico hermoso que lee te lleva en un bote, remando, laguna adentro, sobre todo habrá silencio entre tú y él, porque la palabra rompería el sortilegio del misterio, del horror, del secreto… y pondría fin a todo un mundo extraño, creado en torno a la bestia, a pesar de su escasa relevancia social.

Como anécdota nos encontraremos un nuevo homenaje a “En busca del tiempo perdido”, con una nota de humor, como ya la tuvo (aunque más marcada en el primer caso) en “Hermano”, la primera y exquisitamente tierna novela de José Luis Serrano.

El libro tiene, desde luego, unos tintes góticos, una oscuridad, que lo alejan de la novelita del verano, por si alguien pensaba que lo fuera. Con este nuevo paso, la Literatura de José Luis Serrano se afianza y nos da la prueba de que un buen autor no se agota en su primer libro. La diferencia fundamental se encuentra en el tono de ambas obras. El nexo una prosa exquisita por la que los ojos del lector pasan ávidos, percibiendo una cierta poesía en fragmentos muy determinados, y un dominio natural del lenguaje. “Sebastián en la laguna” no sólo es un magnífico libro de soberbia prosa, es la confirmación de un gran escritor del que van a oír hablar, si no han oído ya. O no habrá justicia literaria en este país.

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