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Activistas LGTB denuncian desinformación sobre asesinato periodista homosexual en Rusia

Activistas de la comunidad homosexual denuncian pasividad y omisión de información al público en torno al asesinato del periodista Dmitri Tsilikine, señalando que no ha sido una «trágica muerte» sino un crimen de odio por homofobia.

Luis M. Álvarez • 16/04/2016

Dmitri Tsilikine | Foto: Uso permitido

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Activistas de la comunidad LGTB de Rusia expresan su consternación por la pasividad de las autoridades así como la deliberada intención de ocultar la causa real a la opinión pública sobre el asesinato de un periodista homosexual, en lo que aseguran se trata de un crimen de odio causado por la homofobia.

El 31 de marzo, la policía encontraba el cuerpo de Dmitri Tsilikine, periodista y crítico teatral de 54 años, en su domicilio de San Petersburgo, presentaba varias puñaladas, pero no había señales de violencia ni había puertas o ventanas forzadas. Una semana después, el 8 de abril, detenían al presunto homicida, Sergueï Kozyrev, p ero la activista Massa Gessen, periodista del New York Times, de origen ruso, advertía sobre la reticencia de los medios rusos a publicar la causa real del asesinato del periodista.

«En un país donde la violencia es común y se justifica por varias razones, este delito es de naturaleza diferente, una muerte que no nos atrevemos a llamar por su nombre (…). En los años 80 y 90, cuando un periódico de los Estados Unidos informaba sobre la muerte de un joven sin especificar la causa de la muerte (…), implicaba que el hombre había fallecido a causa del SIDA. En la Rusia de hoy, es el equivalente a una necrológica que dice que un hombre fue apuñalado en su apartamento, y no se encontró ninguna evidencia de violencia. Las necrológicas no hablan de asesinato, sino de «muerte trágica». Lo que se da a entender con esto es que la víctima era homosexual y que fue asesinada por un hombre al que había dejado entrar en su casa», explica la activista.

Hace tres años que la periodista emigró a los Estados Unidos, pero todavía recuerda el caso de los agentes Vyachaslav Titov y Alexei Sevotchenko, cuyos cuerpos fueron encontrados en circunstancias similares, en 2011 y 2014 respectivamente. Según ella, la estrategia de no señalar como «asesinato homofóbico» este crimen y los anteriores, responde a una política de discriminatoria habitual del Kremlin con respecto a la comunidad LGTB para evitar la «propaganda homosexual», ley aprobada en junio de 2013 que «envía a la gente a la clandestinidad y le dice al público que la violencia homofóbica quedará impune».

Dos semanas después del asesinato, el viernes pasado, activistas en defensa de los derechos homosexuales se manifestaban en San Petersburgo proclamando que el asesinato del periodista había sido un crimen de odio por homofobia, conclusión a la que llegan debido a que el detenido es un estudiante de 21 años de edad, simpatizante de la extrema derecha, que publica habitualmente mensajes neonazis en las redes sociales. «El asesinato de Dmitri no es más que la parte visible del iceberg. Existe en el país un ambiente homofóbico», declara el activista Alexei Sergueiev.

Los investigadores encargados del caso habían quitado hierro al asunto indicando que había tenido lugar «tras una pelea», sin que hubiera un móvil económico. Según ellos, la víctima, que les había indicado que se dirigieran a él como el «limpiador», conocía a su agresor y lo había dejado entrar en su casa, una insinuación que no deja de ser peyorativa al calificarlo como un crimen entre homosexuales. En un informe de Human Rights Watch alertaban sobre la creación de «milicias antigays» en varias ciudades rusas desde 2012. El modus operandi de estos grupos es contactar con personas gays, lesbianas, bisexuales o transexuales a través de diferentes medios, hasta conseguir una cita supuestamente romántica, para humillarles mientras los graban, subiendo después las denigrantes imágenes a Internet.

El presidente ruso, Vladimir Putin, rechaza cualquier tipo de homofobia en su país, señalando que en Rusia, simplemente, prevalece la «familia tradicional sana», que se fomenta con privilegios.

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