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Facebook y el horror

Facebook puede ser el escenario de las más horripilantes situaciones. Sobre todo cuando eres gay, tienes un pasado y crees que tienes un futuro en común con aquel que estás presentando como tu pareja. Comparto con vosotros este relato que escribí hace cuatro años y ha estado todo este tiempo perdido en la nube.

Diego Manuel Béjar • 30/10/2018

Beso gay | Foto: Jorgenmace/iStock/Thinkstock

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Un empujón en el metro me apartó de mis pensamientos y elucubraciones. Llevaba cuatro paradas mirando embobado la pantalla del móvil, atenazándolo con mis dedos entre la duda, la furia y la consternación. La aplicación de Facebook aún me escupía el mensaje: «Sebas y Mario ahora son amigos». En este punto, el amado y nunca bien ponderado lector puede pensar que se trataba de algo normal, cotidiano en esa fábrica de amigos virtuales que es la red social por excelencia. Muchas otras nuevas amistades habían desfilado por mi pantalla, entre vídeos de gatitos y peticiones de firmas, selladas a golpe de clic. Pero en esta ocasión era distinto, porque Sebas era mi pareja, y Mario... Mario era ese chico encantador y entusiasta que conoces por casualidad, con el que tuviste una tórrida y apasionante sesión de sexo con cariño —mirándose a los ojos, con la mirada húmeda en plan manga— el mismo día que le conociste. Mario, el que te hizo sentir especial hasta el punto de romper la regla de no mostrar demasiado interés y le dejaste patente tu deseo de volver a verle y una clara disposición a tener algo serio. Aquel que esa misma noche agregaste a Facebook y ya nunca volvió a dar señales de vida a pesar de tu insistencia al cabo de unos días, pero aun así seguiste entrando de vez en cuando en su perfil para verle virtualmente. No me voy a hacer el mártir porque, al fin y al cabo, todos hemos tenido un Mario en nuestras vidas. Pero ¿por qué había agregado como amigo a Sebas? ¿O acaso le había agregado Sebas? ¿Eran imaginaciones mías o había algo que desconocía y debía preocuparme?

Estaba celoso, y lo peor era no saber de quién. Había aceptado a Mario en el ámbito restringido de mis fantasías, rememorando aquel encuentro tan fugaz como apasionado en esos momentos en los que la soledad se junta con el deseo, como algo que nunca volvería. Y había aceptado a Sebas como mi pareja, que no es poco, porque a Sebas hay que sufrirlo para conocerlo. Tal vez no fuera feliz, pero me sentía confortable en mi patético status quo. ¿Y ahora? ¿Mario pensaba que Sebas era más guapo, más sexy, más interesante que yo? ¿Le iba a brindar a Sebas la oportunidad que a mí me negó? ¿Y Sebas? ¿Pensaba en sustituirme por Mario? Dos no son amigos en Facebook si uno no quiere, y desde luego uno de los dos tuvo que ser quien inició la petición. La respuesta apareció, como si mi móvil estuviera conectado a mi atormentada mente, al refrescar la pantalla: «Mario ha escrito en el muro de Sebas: Gracias por aceptar mi petición de amistad, guapo». Podría haberme reconfortado pensar que Sebas era ajeno al modus operandi de Mario si no fuera porque Sebas le había respondido: «Gracias las tuyas, chulazo». La distorsionada megafonía del vagón me trajo de nuevo a la realidad. «Próxima estación: Estrecho». Maldito nombre para una parada de metro. Era mi parada.

—Así que ahora eres amigo de Mario... —solté como quien no quiere la cosa después de cenar.

—¿Quién? — preguntó Sebas sin perder la sonrisa que me volvía loco.

—Uno que agregaste de amigo en Facebook, que le has llamado chulazo —respondí ofendido.

—Ah, ese... no le conozco. Era solo por ser amable. ¿Estás celoso?

—No —mentí—, para nada.

Estaba convencido de que me ocultaba algo y tenía que descubrirlo. Sus besos, ya en la cama, llegado el momento del amor, me sabían a traición. Mario era un cabronazo que jugaba con los sentimientos de la gente, disfrazando de amor lo que solo era sexo, y a Sebas le gustaba mucho jugar. Uno más uno, dos. Dos cabronazos confabuladores. Yo estaba a punto de ser el tercero en esa ecuación, víctima de la promiscuidad endogámica de Facebook. Tenía que desvelar la mentira cuanto antes. Supe que era el momento de hacerlo al escuchar los ronquidos de Sebas. Sin quitar mi brazo de debajo de su cuerpo, me estiré hasta alcanzar su móvil. Abrí su Facebook. Miré sus conversaciones recientes. Encontré su conversación. Con el pulso tembloroso la seleccioné, dispuesto a leer la confirmación de mis sospechas.

Mario: Hola, eres muy guapo.

Sebas: Gracias, mi novio piensa lo mismo, por eso vivimos juntos.

Mario: Entonces de follar ni hablamos.

Sebas: Como que no.

Mario: Vale. Suerte.

Mientras la pantalla iluminaba mi rostro, constaté que, en parte, yo tenía razón. Había dos cabrones en todo esto. Uno era Mario. El otro era yo.

Busqué mi móvil y bloqueé a Mario de mi red. No volvería a ver sus actualizaciones, ni sus fotos, ni sus check-in. Y me constaba que Sebas tampoco lo haría, porque por si acaso había hecho lo mismo con su móvil antes de volver a depositarlo sobre la mesilla de noche.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Diego Manuel Béjar

Diego Manuel Béjar es un emprendedor altamente relacionado con Internet, creador del portal Chueca.com y actualmente director de UniversoGay.com, entre otras iniciativas. Autor de la novela Cómo seducir a un hetero, así como varias obras de teatro representadas en Madrid, Miami, Lima y Monterrey, entre otros escenarios. Está considerado como uno de Los 100 gays del año 2000 (revista Zero, 2001) y uno de Los 25 gays con más poder (diario El Mundo, 2006). Puedes saber más sobre él en su web.

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