Se llama homofobia y la responsabilidad es de todos

Es indignante que sobre el atentado de Orlando haya voces diciendo que no fue homofobia, sino un atentado contra personas. Efectivamente, los 50 muertos en el mayor atentado con tiroteo en los Estados Unidos eran personas. Pero fueron elegidos por ser LGTB o afines. Si en vez de ser en un bar gay de Orlando hubiera sido en el Disney World de Orlando, ahora mismo todo el mundo tendría su insignia de «Je suis Disney» en sus redes sociales. Parece evidente que es más fácil identificarse con un ratón con pantalones que con una persona LGTB.

Diego Manuel Béjar • 17/06/2016

#MatarGaysNoEsDelito - Foto: Uso permitido

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Si un hombre que odia a los gais entra en un bar gay con dos fusiles y se pone a disparar hasta matar 50 personas, te pongas como te pongas, es homofobia. Y la floja respuesta de condena al atentado, especialmente por parte de la «comunidad heterosexual», también es homofobia. Porque si se tratara «simplemente» de un tema de 50 «personas» muertas en un atentado (cuatro veces más que en el atentado de Charlie Hebdo, ya sabes, «Je suis Charlie») la condena hubiera sido más unánime. Si en vez de un bar gay de Orlando hubiera sido en el Disney World de Orlando, todo el mundo tendría su «Je suis Disney». Pero no, la condena ha sido floja porque no se trataba de 50 «personas» sin más, sino de 50 LGTB. Porque aquí todo el mundo se podría solidarizar con un francés o con un ratón con pantalones, pero cuidado de solidarizarte con los homosexuales no te vayan a confundir. Así de simple. Así de triste.

Estoy muy indignado, sí. Y por supuesto que se nota. Y tal vez esta indignación no me deja pensar con claridad. Pero esto es lo que pienso. Pienso que hay aún mucho que hacer, mucho por lo que luchar. Pienso que vivimos en un mundo de apariencias donde tal vez esté mal visto agredir a una persona LGTB por el mero hecho de serlo (aunque solo en Madrid estamos cerca de llegar a las cien agresiones en lo que llevamos de año) pero donde también está mal visto condenarlo «sin ser yo nada de eso».

Se comenta que la motivación del terrorista era su propia homosexualidad, una suerte de homofobia interiorizada que le hacía odiarse a sí mismo y que le llevó a matar a la gente que vivía el estilo de vida que se negaba para él. Y sigue siendo homofobia. Su homofobia mató a la gente que estaba en el club ese día, pero la homofobia de esta sociedad enferma fue la que lo provocó todo. Porque la homofobia mata, y mucho. A veces con atentados como este. A veces con suicidios. Pero mata. Y la responsabilidad es de todos. Cada vez que a un niño se le pregunta si ya tiene novia cuando aún está en preescolar, cada vez que se le explica cómo debe ser un hombre... no se le está educando. Se le está adoctrinando sobre qué se espera de él. Si luego el niño, al hacerse adulto, resulta que tiene una identidad distinta a la que le llevan toda la vida condicionando, es muy probable que sienta que está haciendo algo mal. Si por el camino va viendo como algo normal que líderes religiosos (y me da igual el credo, que en España también hemos tenido atentados católicos) hablen de las personas homosexuales en términos de enfermedad y perversión sin que pase nada (salvo las asociaciones de turno quejándose, pero claro, no dejan de ser asociaciones de «pervertidos»), y ve cómo las agresiones se incrementan sin que pase nada o campañas en Twitter como la #MatarGaysNoEsDelito... ¿qué crees que pasará? Yo era un crío bastante preocupado (en silencio, por supuesto, que nadie lo supiera) porque sentía que algo en mí no era como los demás (TODOS los demás) esperaban que fuera, cuando Juan Pablo II dijo que el SIDA era la enfermedad que enviaba Dios (su dios, claro) como castigo a los homosexuales. ¿Cómo te crees que me sentí? Yo no quería eso, por supuesto que no. Y luché, luché mucho contra mí mismo. Y eso sí que es antinatura.

La misma semana que se produjo el brutal atentado, un cura en Italia pedía la pena de muerte para los homosexuales. También esa semana publicábamos que una adolescente lesbiana había sido internada en contra de su voluntad en un centro cristiano de Texas. Al día siguiente del atentado, nos hacíamos eco de que un belga pedía la eutanasia porque no soportaba ser gay.

No va a haber menos homosexuales, salvo que nos terminen asesinando de uno en uno, o de cincuenta en cincuenta. ¿Qué queremos en nuestro país? ¿Gais felices viviendo en libertad, o gais atormentados y acomplejados? ¿Individuos felices y productivos, o personas desconfiadas con sentimiento de culpa, complejos y resentimiento social? El daño más común que produce una persona homosexual atormentada es el de contraer un matrimonio (heterosexual, también conocido como heteromonio) para guardar las aparencias y callar rumores. ¿Es eso lo que quiere esta sociedad? ¿Familias falsas cara a la galería que acaban desmoronándose y afectando a otras personas? Incluso si esa persona consigue salir adelante sin traumas (ni siquiera sé cómo lo conseguí yo mismo, tal vez no lo haya conseguido), aún así tendrá que pasar por el todavía amargo trago de «salir del armario». Y te dirán que es que los gais tienen mayor tendencia al suicidio, al consumo de drogas... ¡Normal! ¿Acaso esta sociedad enferma es capaz de pararse a pensar cómo es posible que un gay salga indemne de tantas agresiones psicológicas dirigidas a hacerle sentir culpable, enfermo y fracasado? La respuesta es que no, porque... exacto: no es su problema, es un tema de «maricones». Y cuando digo «maricones» también hablo de «bolleras», bisexuales y ya no digamos «travelos», cuyos asesinatos en latinoamérica ya ni siquiera son noticia porque resultan tan habituales como arrojar a un gay desde un tejado en un país yihadista.

Pero, ante la indignación, propuestas.

Propongo visibilizarnos al máximo, en el día a día. En la familia, en el trabajo, en las calles. Que no nos silencien. Que cada familiar, compañero de trabajo y vecino piense que podríamos haber sido nosotros. Que por el mero hecho de estar vivos y reivindicar nuestra libertad somos susceptibles de ser asesinados o agredidos, en cualquier lugar del mundo. La visibilidad es la clave para todo, porque lo que busca la homofobia es hacernos invisibles, aun a costa de matar a quien sea visible para escarmentar al resto.

Propongo eso y preguntar abiertamente, sin agresividad, solo por querer saber, a toda la gente que ha sido Charlie Hebdo, París y Bruselas, por qué un atentado contra 50 personas LGTB no les parece igual de grave. Os encontraréis con gais que no se atreven a condenarlo no vaya a ser que eso signifique salir del armario (visibilidad, visibilidad, ya lo he dicho). Y os encontraréis con heteros que os respondan algo parecido a «porque yo podría haber estado en esa oficina, en esa discoteca o en ese aeropuerto, pero nunca en un bar gay», sin pensar que un familiar, un amigo, un compañero de trabajo o un vecino sí. O peor: que los otros atentados eran contra personas en general, mientras este ha sido contra gais. Y ellos son personas, pero no gais.

Y ahora, cuando llegue el Orgullo, volveremos a escuchar que ya no hace falta, que está todo conseguido.

En 1978 Harvey Milk, el primer político abiertamente gay de la historia de Estados Unidos, dijo: «Si una bala atraviesa mi cerebro, que esa bala reviente la puerta de todos los armarios». Poco después no fue una, sino dos las balas que atravesaron su cabeza. Han pasado 38 años y seguimos sin aprender.

Gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgénero, intersexuales... heteros: la responsabilidad de conseguir una sociedad sana, equilibrada, con individuos en libertad, es de todos.

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