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Todos somos guapos (y guapas)

¿Os habéis parado a pensar en la forma en la que nos percibimos a nosotros mismos, a nuestro aspecto físico? Hay gente que se considera el colmo de la belleza y gente que incluso se deprime por considerarse poco agraciados. Pero ¿quién es guapo o feo? ¿Quién lo decide más que nosotros mismos?

Diego Manuel Béjar • 19/03/2014

¿Ves la belleza tras la primera impresión? | Foto: CREATISTA/iStock/Thinkstock

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Reconozcamos que, a veces, la genética es una cabrona. Y, en un mundo donde parece que los cánones estéticos vienen dictados por la publicidad (en más de una ocasión, por las propias preferencias personales del director de marketing de turno), es muy fácil sentirse feo. Sentirse feo no parece una elección personal, y acaba redundando en falta de confianza, poco cariño hacia uno mismo, excesiva dependencia de quien nos ve con mejores ojos que los nuestros... El resultado es un ataque brutal a nuestra propia felicidad.

Tal vez sentirse feo no sea una elección. Desde luego, no es una opción consciente. Pero sí que podemos elegir sentirnos guapos. Yo creo que todos somos guapos. Creo firmemente que la belleza es un estado de ánimo. Hay gente que es guapa y punto, eso lo reconozco, pero ni ellos pueden tener a sus pies a todo aquél que quisieran. Sufrir por amor (o por estar salido) es un clásico universal. Al fin y al cabo, la belleza es relativa y sus cánones están en constante movimiento. Lo que antes era bello ahora repele, y viceversa. Pero son modas, y además de ser cambiantes... no son seguidas por todo el mundo. Si no, imagínate qué pasaría si todo el mundo fuera hipster.

Hay gente que me escribe contándome que son feos y que eso limita sus posibilidades no solo para el sexo, sino sobre todo para el amor. Hablo de gente que se expresa con tono lastimero, que se autocompadecen con una resignación asumida con el paso de los años y que me piden consejo. ¿Qué se puede aconsejar en ese caso? Pero, cuando en su propia pregunta, alguno me llega a plantear que no es tan guapo como yo, entonces me quedo perplejo. ¿Guapo? ¿Yo? Me veo gordo (bueno, no es una cuestión de percepción: lo soy), con una calvicie que ya no puedo disimular (desde luego, no pienso hacerme un Anasagasti), no me gusta tener tanto pelo en la espalda (¿crema depilatoria que debilita el vello?, ¡las narices!, ¡cada vez crece más y más rápido, el pelo que no tengo sobre las sienes lo tengo todo en la espalda!), y cuando me “arreglo” para salir, me veo como Terminator arreglándose las heridas (me parece tan “misión imposible” que muchas veces desisto de ello). ¿Y hay gente que me considera guapo, cuando ellos se consideran feos?

No se trata de ser guapo o ser feo: cada uno es como es. El problema es más de publicidad. De la publicidad de nosotros mismos. Tenemos que identificar nuestro target y focalizar nuestra campaña personal. ¿Tienes sobrepeso y cuando estás desnudo parece que te hayan tapado con una manta? ¡No eres un gordo peludo, sino un oso! Hay miles de tíos que se postrarían ante tus pies solo por eso (ahora, que si luego eres un capullo, ya es otro tema). En vez de mostrar tu producto (tú mismo) en una discoteca de cachas musculosos (aunque me consta que entre ellos también hay fans de los osos), busca entornos en los que sepas que eres deseado. De ser el patito feo en una discoteca puedes pasar a ser el objeto del deseo en otra. Cuando descubrí los bares de osos fue toda una revelación: pasé de pensar que tenía que estar agradecido a quien me quisiera “a pesar de” mi aspecto a sentirme feliz conmigo mismo (aunque la obesidad puede ser un problema de salud, y hay que cuidarse, dijo el que no predica con el ejemplo).

El ejemplo de los osos es el más evidente y, también, el más organizado (bares, discotecas, revistas, webs, apps, chats, eventos...). Pero se puede extender a todo, porque todos tenemos nuestro público. Lo que tú ves como un defecto, en realidad no es más que un aspecto diferenciador que te hace distinto, único y auténtico. El dicho (que, además, es antiguo) lo deja bien claro: siempre hay un roto para un descosido. Otro ejemplo es un ex mío, que se enojó porque me preguntó qué era lo que más me gustaba de él y le respondí (sinceramente, añado) que su mirada. Se lo tomó mal porque tenía complejo por culpa de un pequeño estrabismo, y ya fui prudente cuando me callé que lo segundo que más me gustaba de él era que fuera bajito. Fue así como descubrí que yo era al mismo tiempo roto y descosido.

Hace mucho que no me conecto al chat, pero recuerdo que en mis tiempos había peticiones de lo más disparatadas. Sé de gente que se vuelve loca por un tío con aparato dental, por gente bajita, por gente exageradamente alta, por gente con granos... Da igual cómo seas: siempre habrá unos cuantos a quienes les parecerás lo más de lo más.

Tal vez tu “defecto” no es muy destacable, pero aun así seguro que tienes algo que lo compensa. Como un buen publicista, destaca lo mejor de ti mismo. Tal vez sea tu inteligencia, tu sentido del humor, tu don de gentes, tu pecho, tus pies, tu antebrazo, una peculiar habilidad o un pene desproporcionado (una obsesión esta última muy de los noventa que no termino de entender, pero oye, si te funciona...). Piensa en la publicidad del iPhone, que te puede hacer un anuncio destacando su capacidad de hacer fotos, como si los demás móviles no tuvieran cámara (y, en muchos casos, con mejor óptica y definición).

Siéntete guapo, porque lo eres. Como ya dije antes, es mucho más grave si eres un capullo que el aspecto físico que puedas tener. Al fin y al cabo, el aspecto físico no es más que una primera impresión y lo importante acaba siendo el interior (llámame romántico, si acaso). No es fácil, hay días que salgo de casa y no quiero ni mirarme al espejo, pero el día que me miro y me hago ver lo bello que hay en mí, el día que salgo a la calle con el guapo subido, me como el mundo (esta vez no es un chiste de gordos). Haz lo mismo. Ve lo bello que hay en ti. No te veas a través de los ojos de quien no le gustas, porque nadie le gusta a todo el mundo, sino a través de los ojos de quien te ve como tú quieres que te vean.

No hace mucho, comer langosta era lo peor de lo peor. Estaba tan mal visto, que hubo revueltas en prisiones porque obligaban a los presos a comer langosta varias veces por semana. Al mismo tiempo, en secreto, mucha gente disfrutaba de ese manjar y no entendían por qué nadie lo apreciaba. Bueno, pues tal vez no se entienda bien la metáfora, pero tú también eres una langosta.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Diego Manuel Béjar

Diego Manuel Béjar es un emprendedor altamente relacionado con Internet, creador del portal Chueca.com y actualmente director de UniversoGay.com, entre otras iniciativas. Autor de la novela Cómo seducir a un hetero, así como varias obras de teatro representadas en Madrid, Miami, Lima y Monterrey, entre otros escenarios. Está considerado como uno de Los 100 gays del año 2000 (revista Zero, 2001) y uno de Los 25 gays con más poder (diario El Mundo, 2006). Puedes saber más sobre él en su web.

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