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Como un templo VI. BisexFobia.

Anoche se fue de mi casa, se había quedado dormida en mi sofá, en el pavimento aplomado de la calle había un hielo que partía el alma.

Mónica Martín • 22/04/2012

Mujer de espalda

amor amistad bisexfobia

Hacía tanto frío que se helaban las nubes y al despertarse prefirió marcharse en vez aceptar cualquiera de mis camas. No voy a decir que esto me pusiera triste, no lo entendí pero no me entristeció. Lo que realmente me hizo sentirme mal fue pensar que es posible que se fuera por no querer dormir a mi lado. Yo no pensaba dormir a su lado, iba solo a dejarle un lecho donde pudiera descansar y no tuviera que caminar dos kilómetros helados hasta su casa pero, se fue y un sabor amargo me lleno la boca. Porque no era necesario, yo respeto sus deseos por eso no es necesario. Nunca la hubiera puesto una mano encima.

O puede que se marchara porque el día siguiente tenía algo que hacer.

O puede que también tuviese miedo de lo que sentía y no se sintiese con fuerzas para descansar a mi lado.

O puede que él la estuviese esperando en cualquiera de los bloques desolados de esta ciudad que ya es demasiado cara.

O puede que sencillamente no se planteara quedarse.

Me da igual, solo quiero estar a su lado.

Se que no me llamó para disculparse, lo hizo para recordarme lo mala novia que soy con él. Para que me sintiera mal por haberme vuelto a quedar y no acompañarle, por no ser como las demás, por no correr detrás de sus pasos, por no chuparle la polla.

Se que está triste y desolado, que no sabe lo que me esta pasando y continuamente me dice que he cambiado. Se que se está volviendo loco, que nunca ha sido una persona cuerda, que tiene celos de mi padre, que solo tiene ojos para mí. Se que me desea como se desean las cosas que no pueden tenerse porque sabe y él lo sabe, que aunque estemos juntos mi corazón es libre. Sabe que yo si miro, que yo si toco, que yo si siento, que en mi imaginación me he convertido en todo lo que odia. Sabe que le echo de menos y no puedo desearle, sabe que le quiero y no puedo acostarme con él. Sabe que cuando me entrego es solo para perder el sentido y entiende que nunca encontrará otra mujer como yo. Porque yo no soy mujer y eso es lo que le gusta.

Sabe que me paso la vida leyendo y escribiendo tonterías como esta, que he vuelto a fumar, que aprendí a cambiar las bombillas que se fundían de nuestra casa, que bebo demasiado, que tengo amigos y amigas que antes él no conocía y está asustado, porque se ha dado cuenta que no me conoce y ahora culpa a todo el mundo. Él, que nunca leyó una sola de mis palabras, que escuchaba mis sueños como el que escucha un partido, que viene tarde a casa y me confunde con su madre cuando discutimos. Él, que piensa que trabajar es suficiente y no cuida de mi alma. Él, que no se da cuenta de cuando enfermo o estoy nerviosa, que piensa que soy una persona inocente y que nunca sueño que le violo. Él, que está tan lejos de mi mundo como pueda estarlo la más lejana de mis historias, de mis estrellas, de mis venganzas.

Como ella que me apoda de excéntrica, que me dice que no debo sentirme mal, que quiere leerme y escucharme y tampoco me conoce y tampoco me conoce. Y se pasa la vida esquivando, dividiendo a partes iguales su tiempo entre nosotros cuatro. Compartiendo con su novio su vida, conmigo la furtividad de sus caricias.Teniendo una familia que la adora, que no sabe ni media palabra de lo que desea. Siendo perfecta, preciosa, equilibrada. Ella, que no le da importancia a casi nada, que posee una mente lúcida y sencilla. La mujer de la que siempre escribo cuando termino de escribir sobre él.

La mujer en la que no puedo dejar de pensar pese a haber construído la vida que todos queriais para mí.

Ya me lo decía mi hermana, mira que no poder terminar de olvidarte de alguien es una putada. Por qué un corazón puede prendarse de alguien y no olvidarse de esa persona nunca.

Por qué aunque quiera no puedo olvidarla.

Yo se por qué. Un día estas tranquilamente viviendo porque no puedes hacer mucho más que vivir, sí es lo que realmente quieres, y alguien aparece en tu vida y resulta ser ese reflejo que siempre has necesitado, porque piensa igual que tú, porque siente igual que tú, porque llora igual que tú. Y empiezas a sentirte tan bien, tan jodidamente bien que no quieres sentirte de otra manera. Solo el tiempo que pasas a su lado te parece eterno y cuando se marcha no te importa que su corazón no sienta lo mismo que el tuyo porque quieres sin sentido, ni cordura, porque lo darías todo si te lo pidiera.

No entiendo como es posible que su novio renuncie a pasar tiempo a su lado si yo fuese él, ella nunca estaría sola. Dormiría con ella sin importarme lo que pudieran pensar nuestras familias, hariamos el amor en cada portal de estas calles, me entregaría sin pensar que ya la tengo. Me moriría y hubiera sido absolutamente feliz. Y es que yo la quiero como creo que nunca he querido a nadie.

Me duele dentro y eso es raro, hasta para mí.

Y se que si me hubiese besado ahora mismo hubiera perdido la razón. Se que si la hubiese tenido y perdido, me habría vuelto loca. Lo se porque no puedo olvidar como nos abrazamos aquella noche en la que no nos dijimos nada, limitando solo el tiempo a nuestro antojo. Lo se porque deseo volver a abrazarla, porque cuando me habla tan cerquita en el metro solo puedo bajar la vista y esperar a dejar de sentir su aliento en mi oído o en mi cara. Lo se porque cuando me muerde un hombro jugando me entran ganas de llorar, porque no se durante cuanto tiempo más voy a poder contenerme, controlarme, aguantarme.

Y me hacen gracia sus miradas.

Aunque ya casi nunca tengo más ganas de reírme de las que solía tener.

Me hacen gracia sus miradas.

Escucho pasos que se pierden en el rellano de mi casa, en la ciega soledad de la noche intento revivir un recuerdo que solo en mi mente ha pasado, me acuerdo de aquella chica joven que fui una vez. La que podía hablar sin mentir, ni ocultarse, la que no solía esconderse de nada ni de nadie. La que no tenía miedo de la vida y me he dado cuenta de que esa persona ha vuelto a buscarme, a cogerme de la mano para ayudarme a no sufrir esta estúpida derrota que yo misma estoy haciendo más dura.

No puedo dejar de pensar en ti.

Se que me oculto el corazón a mi misma, que no puedo hablar de él. Porque me duele demasiado. Porque he callado durante largo tiempo, fingiendo ser la mujer, el reflejo del cuál se enamoró sin pensarlo ni medirlo. Él, embustero que todo lo mide en términos de ganancia o perdida. Tengo en mi espalda demasiadas horas acumuladas renunciando a ser persona, a expandirme, a hacer lo que me gusta, a volcarme en lo que odio, a morirme de desgana. Hay mucho tiempo desperdiciado desde que no escribía, ni leía, ni dejaba que me leyeran. Horas, horas, horas consumidas por el alcohol, una carrera que odiaba, una familia política que detestaba. Minutos, noches, años de sexo desenfrenado y pasión. Pelea, alcohol, sexo. Pelea, alcohol, sexo. Ternura. Golpe. Chantaje. Sus deseos antes que los míos y la soledad, como una deslumbrante sonrisa.

Una soledad rodeada de personas. De mujeres, de hombres, de figuras que se diluían cuando él no estaba o cuando estaba indefenso ante mi imaginación. La desidia ante el discurso, la incomprensión ante la inteligencia, la distancia ante el miedo. La arrogancia. El sentirse absolutamente prescindible. El no conocer un corazón que latía y deslatía en su tristeza, no poseer una mente, un cuerpo. No tener si quiera la capacidad de tocarlo, de sentirlo, de acariciarlo, no morir de amor, ni conquistarlo.

Morirme sin morirme en este silencio absurdo.

Morirme porque sin darme cuenta me he ido enamorando de tus ojos azules como una imbecil.

Morirme porque quiero tocar tus pechos, sentir tus pechos, lamer tus pechos.

Basta.

Porque tener las cosas es demasiado sencillo.

Estaría bien preguntarse a sí mismo que haríamos sin las cosas que tenemos cotidianamente. Sin los cubiertos para comer, sin la ropa para vestir, sin el aire para respirar, sin los zapatos para caminar. Creo que él siempre tuvo cubiertas sus necesidades. Una novia guapa, que vestía convencionalmente, inteligente, graciosa y virgen. Así me presentó a su familia. Una novia atractiva, viperina, lista, eficiente, con carácter. Desinhibida en la cama, el coche, el portal, la cabina, cualquier servicio publico, tremendamente curiosa y apasionada por la vida. Activa sexualmente. Una persona excéntrica, extraña, interesante. Una serpiente, un camaleón, un caracol, una salamandra.

Una compañera de delitos, de aventuras, de juegos.

De caricias, de insatisfacción, de deseo.

Una confidente.

Una persona que a si misma teme.

Que nunca mata ni se muere.

Una sombra que llevar colgada de tu camisa. Alguien para compartir.

Ahora que lo pienso me gustaba ser autosuficiente.

Él siempre me dijo que era amor. Que estaba tan enamorado que detendría las piedras rodar por un acantilado, que mataría a quien se interpusiera entre nosotros, que lo daría todo por mí y yo le creí.

Yo siempre le dije que era amor. Que estaba tan ciega que renunciaría a cualquier cosa con tal de poseerle. POSEERLE. Que siempre estaría a su lado, que nunca le mentiría. Que lucharíamos los dos juntos por detener las piedras, por robar los lagos, por peinar las estrellas, por dormir a su lado.

Y me acuerdo de cuando me escapaba de mi casa para dormir con él.

Y me acuerdo de cuando se escapaba de la suya para dormir conmigo.

Me acuerdo de estar siempre huyendo. Como dos almas que tienen que evadirse de la realidad para vivirla, como dos vampiros que se alimentan de sangre ajena. De la sangre de todo el mundo que nos rodeaba. Me acuerdo de las guerras atómicas que frecuentábamos los sábados por la tarde. Recuerdo su odio al mundo, a las mujeres como un regalo a mi persona. Me acuerdo de cuando mi alma escapaba de mi cuerpo por las noches y le veía clavar en mí sus pupilas exhaustas. La locura como bandera del amor. La obsesión como estandarte de la pasión.

Y un buen día me senté en la cocina de mi casa, creo. Y allí todo cambió, de pronto empecé a sentirme tranquila, a gusto, cómoda. empecé a calmarme. A dejar de evadirme para correr a su lado y me quede escuchando el silencio.

Me pareció el sonido más hermoso que ha herido mi débil mente.

Me aportó tal serenidad estar a solas conmigo misma, tal satisfacción, tal felicidad que nunca más he querido abandonarme, dejarme arrastrar de las manos de nadie que necesite escaparse del mundo en el que vive. Descubrí también que nunca había estado enamorada porque nunca había conocido el amor, y es que el amor no es pérdida, renuncia, tristeza, pelea. El amor es entrega. Es entregarse a los demás, a su cuidado, a su cariño, es tener el corazón abierto esperando a que te acaricien aunque sea furtivamente.

Eso es así de simple.

El amor es ayudar, compartir, ofrecerse, decir la verdad. Es perdonar a quien se siente culpable, es levantar a quien se haya herido, es aceptar que uno mismo puede tener la culpa de sus desgracias. El amor es destino, es esperanza, es sentimiento.

Es conocer a quien amas, es hacerle feliz, es acordarse de cada detalle. Es poner su felicidad delante de la tuya, es pesar, medir, equilibrar en un solo término: LA ENTREGA.

Eso es el amor. Ayudar a crecer a las personas como si fueran plantas.

Decir una verdad para la que no estás, por el momento, preparada.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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