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El estanque

Instantáneas de las oportunidades que nos brindo la vida y sobre las que posamos el recuerdo febril y enternecido que nos da la experiencia.

Mónica Martín • 10/06/2012

Estanque

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Yo solo tenía una cosa muy clara: quería acostarme con ella. Lo deseaba por encima de todas las cosas. Hacía planes constantemente sobre como sería nuestro primer encuentro sexual, sobre como le diría que me estaba enamorando de ella, sobre como iba a afrontar mi futuro después de que saliera a la luz que lo que parecía ser,tan sólo, el cruce ocasional de dos mundos, estaba a punto de reventar el universo que les rodeaba en su encuentro. Aquello era extraño. Las dos casadas, con marido, hijos, vida. Con horas de soledad a nuestras espaldas, con la típica desidia de la mujer que espera algo que le han prometido desde que es muy joven. Con la decepción marcada en cada arruga del rostro cuando ese paraíso del que te han hablado desde que eres una niña, se derrumba.

Aquello era raro pero, asumible.

Mi vida era un desastre. No la vida que todos veían y de la que se sentían orgullosos sino mi vida emocional, la que tendría que llenarme y hacerme feliz era un auténtico desastre. Pasaba muchas horas sola en casa, cuidando de mis hijos, cuidando de mi marido, de que todo estuviera perfecto, de que todo encajara a la perfección en el concepto de familia que habían creado para mí y sin embargo, había momentos, instantes, en los que el tiempo parecía detenerse y me sentía muerta por dentro. Lo único que me hacía feliz era ver la sonrisa de mis hijos por la mañana, hubiera dado mi vida por ellos. Por verles crecer en un hogar en el que sus padres no estuvieran continuamente discutiendo. Reconozco que discutíamos por nada, que yo me pasaba la vida persiguiéndole por tonterías y echándole en cara tantas cosas que nunca tenían sentido, que al final tomó la determinación de coger la puerta y marcharse cada vez que abría la boca.

¿Qué sí le quería? Si, le quería. Le quería muchísimo pero, no sentía ningún tipo de atracción sexual hacia él. No me despertaba nada más allá de lo que podría haberme despertado un hermano o un amigo. No le echaba de menos, no tenía ganas de tocarle, ni de agarrarle, ni de comérmelo vivo. Lo único que necesitaba, que de verdad necesitaba eran sus abrazos. Los abrazos de una persona fuerte que me hicieran sentirme un poco menos pequeña. Reclamaba un compañero donde debería haber solicitado un amante. Juro por dios que lo intenté. Lo intenté durante mucho tiempo, que naciera en mí algún tipo de deseo y casi al final, cuando las aguas estaban tranquilas creía haberlo conseguido. Mantener relaciones sexuales con él sin que llegara a dolerme.

Meterme en el papel de una mujer que no me correspondía.

Ser el modelo de persona que habían creado para mí y no salirme bajo ningún concepto de este papel. Tenía que mantenerme alerta, muy alerta, tenía que mantenerme en esa postura perfectamente adquirida mediante el aburrimiento soberano al que sometía a mis días.

Las cosas no eran nada fáciles para nosotras hace unos años, de ti se esperaba que permanecieses concentrada en tu familia. No había espacio para el crecimiento personal. Yo no supe lo que era sentir placer hasta que no la vi a ella. Hasta que no la vi avanzando hacia mí por aquella solitaria y soleada calle, bamboleando su falda a cada paso y con su hijo pequeño de la mano. Fue cruzar nuestras miradas y algo eclosionó dentro de mí. A partir de aquel día, cada tarde hacía lo imposible por encontrarme con ella. Chocábamos nuestros ojos, nos sonreíamos tímidamente y después yo giraba la cabeza para mirar su espalda. Si hay algo que me volvía loca de ella, si había algún motivo por el que quería volver mi mundo del revés absolutamente, ese era su espalda. Ella jamás se giraba y yo aprovechaba para deslizar mis ojos un poco más abajo. Cada tarde era lo mismo: cruzarnos en la acera, saludarnos sin rozarnos, tirar de nuestros vástagos hacia delante y al final, siempre yo, volviéndome para ver que todo seguía en su sitio y que aquellos calambres o sensaciones de calambres, o cosquillas, o tempestades interiores, o tormentas quebradas en el abismo de mi rotura emocional seguían vivas como el primer día.

Un día algo cambió, al girarme encontré sus ojos buscando los míos. Roja por la vergüenza, volví la mirada al frente y aceleré el paso pero me llamó a gritos. Me alcanzó y me dijo que tenía ganas de conocerme, ya que cada tarde desde hacía semanas nos saludábamos sin que nadie nos hubiera presentado formalmente. No podía emitir palabra, asentí, sin más. Me citó al día siguiente, en ese mismo lugar después de dejar los niños en el colegio y acepté. Acepté y pasaron las veinticuatro horas más largas de mi vida. Tuve demasiado tiempo para arrepentirme de todo, de haber dado cada paso en la dirección que había dado, de estar allí criando una familia y no esperar nada más de la vida. Tuve tiempo para mirarme al espejo y creer que aunque mis deseos tuvieran alguna posibilidad de hacerse realidad lo más probable es que ni siquiera le resultase atractiva.

Intenté adecentarme todo lo que pude. Era consciente de que era imposible arreglar los años de descuido físico que se habían instalado en mí. Era consciente de la magnitud de su belleza, del brillo que despertaba en sus ojos al cruzarnos, de cada centímetro de su piel que jamás estaría entre mis manos. Me sentía como una tonta, haciéndome ilusiones sobre un encuentro que no sucedería.

Llevé a mis hijos al colegio antes de la hora acostumbrada, aún no había decidido si acudiría a esa cita. Me despedí de los dos con un beso en la mejilla. Hace treinta años de eso pero, recuerdo el sudor de la piel de mi hijo mayor y sus ojos clavados en mí mientras me preguntaba, con un atisbo de temor si después vendría a recogerlos como cada día. Afirmé sin prometer nada, porque esa duda que él sentía también la sentía yo. Estábamos los dos, cada uno a nuestra manera, muertos de miedo. Por un lado quería escapar de esa cárcel en la que me estaba muriendo, quería respirar un aire nuevo, fresco, diferente. Quería experimentar el placer, la aventura, el amor pero, por otro... por otro lado me sentía incapaz de abandonar a mis hijos y sentía que en el fondo, dando el paso hacia ella, lo estaba dando también hacia el abandono de mis hijos.

Hay que ser madre para entender que el amor que una siente por sus hijos es más grande que una misma.

Aquella tarde no acudí a la cita. Ahora mientras miro estas aguas, en las que el tiempo ha parecido detenerse por completo no hago más que preguntarme que hubiera pasado si en vez de estar aquí sola, observando las hojas doradas del otoño caer en este estanque, ella estuviese a mi lado, tan solo cogiéndome la mano y acompañándome.

Realmente me gustaría saber que se siente al pasar los últimos días de tu vida junto a una persona de la que has estado profundamente enamorada.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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