El gato azul I

Descubre los callejones Cubanos a través de los ojos de una turista Europea que se busca a sí misma renunciando a la fresca comodidad de una vida normativa. Primer capítulo de un viaje con billete de ida y vuelta abierta.

Mónica Martín • 15/07/2012

Malecon Cuba

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- Puedes dormir aquí- Kati me señala la estrecha cama.

Las luces intermitentes de la calle golpean las sábanas. El camastro ocre me recibe, pienso en su cuerpo desnudo y al minuto velos de deseo caen empapando mi espalda.

Es pequeñita. Kati, morena, con la piel color aceituna, tiene una voz extremadamente aterciopelada que no encaja demasiado bien con su estructura osea.

La pequeña Kati.

Tiene una casa a orillas del océano y sin que esto sirva de precedente, fue el motivo por el que decidí dejarme guiar hacia su puerta. Desde que llegué a la Habana, Cuba, he estado durmiendo en pensiones de mala muerte. Un día sin más, acabé con el poco dinero que me quedaba y me perdí en callejuelas sin salida, al final de una barriada vi su casa y merodeé por su puerta como un gato hambriento.

Kati, inusalmente estrecha y bajita para ser Cubana, teñida de chocolate, se esfuerza en explicarme que es heterogénea, que en ella caben muchas cosas, también la amistad mezclada con el sexo y el sexo con los amigos. Me dice que en el fondo el contacto humano es solo una cuestión de cariño, que Dios nos ha dotado con la capacidad de querernos y que deberíamos celebrar cada minuto que estamos vivos. ¿Saben ustedes cuál es esa sensación de estar delante de alguien que a fuerza de haberse clavado la vida en los ojos puede ver más allá de tí misma? Lástima que no pueda entender nada de lo que dice y que estas bacterias indigestas se hayan instalado en mí. No estoy acostumbrada a la comida local, al ambiente húmedo y sanguinolento de calor que me aplatana. No estoy acostumbrada a la exhuberancia con la que me recibe el pueblo Cubano y sin embargo, creo, que me estoy enamorando lentamente de él.

Toma ron, no le hace ascos a un buen puro, tiene por costumbre cobrar por su compañía. Eso deduzco después de observarla durante varios días; no es que sea especialmente interesante, es ese azul, esa decisión de pintar su casa de azul lo que llamó poderosamente mi atención. Será este calor, la brisa del océano o los cuarenta años de atraso Cubano. Será este país o seré yo, o los coches que se caen a pedazos, o la turgencia con la que muestran las mujeres su cuerpo, o ese olor a sexo callejero y la música inundandolo todo. Será la música, sí, tiene que ser eso la música, van pasando los días y con ellos me doy cuenta que es una compañía de la que no puedo desprenderme. Será que pese a querer ser tan dura como pretendo en el fondo no lo he conseguido.

Comienzo a desnudarme en el baño, para quitarme el sudor pegado a mi interior desde hace varios días. Su forma de vida, su filosofía de vida, choca frontalmente contra mí. Intento desnudarme pero, pese a estar sin ropa aún me siento vestida.

Me descubre. Abre la puerta y me ve como te ven las personas que te conocen por dentro. Intento tapar mi sexo hasta que me doy cuenta de que resulta inútil. Avanza hacia mí con la mirada de una madre que quiere cuidar de su hijo. En silencio comienza a llenar la bañera de latón. Una antigua bañera de latón que se sostiene con cuatro patas que allí no vale nada y que en España es un artículo de lujo. Va templando mi agua, le cuento que me he fugado de mi país para intentar escribir otra novela, que allí no podía, porque me sentía triste. Le cuento que todos mis días eran iguales que yo creía en el amor hasta que me di cuenta de que nos habiamos convertido en esclavas. Le cuento que para mí lo más importante de este mundo es escribir, que escribiría con la sangre de mis venas, que entregaría mi vida a cambio de poder construir con las palabras.

Sorprendida se insta de hito en hito. Me toma por las axilas, me encuentro débil. Me ayuda a meterme en la bañera. El agua tiene la temperatura perfecta pero sabe sosa. Es curioso que en casi todos los sitios que hay playa el agua tenga un sabor nacarado.

- ¿ De verdad que en tu país eres escritora, mami? –

Y sus ojos me taladran en una danza incontestable de recreo, de curiosidad insatisfecha, de amargura, al haber encontrado un gato con forma humana que malvive comiendo de sus sobras. Sé que en el fondo me tiene lástima, que no cree una palabra, que me ha adoptado para darme un plato de leche fresca. Sé que no tiene nada pero que, pese a ello, es más feliz que yo.

- Si, pero nadie me conoce-

Hace tiempo esa frase me dolía, ahora ha venido a darme lo mismo, por ese motivo cogí un avión y me marché lejos de todo.

Me interroga con las manos, me abraza con la barbilla. Todo en ella es un puño de sensualidad que roba mi atención. A carcajadas se rie.

- ¿Cómo es eso? ¿Con lo tuyo no se gana dinero? – Se sonríe mientras me limpia el cuerpo con un paño blanco y empapado.

El brillo de su inocencia me inunda, me perturba, me descoloca pero, disimulo soy un gato, necesito mi cuenco de comida. Deliciosa Kati, a qué sabrás en esta maldita tarde.

- No – Relamo mis heridas. Cómo alguien tan pequeño puede causarte una herida tan enorme.

- Puedes dormir aquí, mami, pero tendrás que buscar la plata en otro sitio. – Asiento. Me pide que busque trabajo.

No soy nadie, ni en Cuba, ni en mi país, ni por supuesto en cualquier otro sitio. Eso es lo bueno de la experiencia, haberme marchado con lo puesto y sobrevivir. Se acabaron mis últimas monedas, ahora dependo por completo de la caridad ajena. Suerte que estoy en Cuba, el lugar donde las cosas son realmente lo que son. Farfulla, siente la impotencia de la eutanasia entre las manos. No puede ejecutarme, dejarme en ese callejón repleto de restos de basura sin otra cosa de lo que poder alimentarme.

Me ayuda a salir de la bañera. Me siento cansada, mareada, débil. Me siento como una imbécil: la imbécil que soy. La que perdió su documentación el primer día y con ella, cualquier esperanza de poder regresar a su casa. Podría acudir a la embajada pero, prefiero perderme en los callejones oscuros, beber de los platos ajenos y robar a otros turistas que se fian de mi aspecto Europeo.

Kati sale por la quejumbrosa puerta de su casa, se cae a pedazos, ella, su casa, el maltrecho comunismo, ese azul inanimado que es la promesa de un mundo mejor. Cómo se le habrá ocurrido pintar su casa de azul celeste. A las puertas del océano constituye un insulto de gamas añiles que es más libre, más equilibrado, menos miserable. Humano, si es que aún los humanos podemos cambiarnos de color.

Llevaba tacones rojos. Carmín. Una camisa blanca que sí apenas tapaba sus menudos pechos. Un bolsito de lentejuelas doradas. Huele a vainilla. No soporto esas colonias saturadas de olores dulces. Si ella supiera, si ella supiera que el mejor perfume es su piel, su redonda estatura, unos labios mestizos que no rompen las leyes de la gravedad. Su precioso y largo pelo.

Estoy en un gran problema, me gusta Kati.

Y no tengo dinero para seducirla.

Ella es la calle y yo, el intento de comprarla, de darle lástima, de encontrar un hueco en el corazón de esa reina negra.

Empieza a caer la noche, se oyen timbales que cruzan somnolientos el ruido de las olas. En el fondo del horizonte nacen olas, versos, gigantes de colores azules que vienen a despertarme de este sueño azul. Guitarras, tacones, gemidos de placer. Voces de hombres que han venido de viaje de fin de curso. Gente que busca el plástico del placer, gente que no lo encuentra. La noche huele a sexo, penes que se enervan, vaginas que se abren, infartos de viagra, ron reposado, marihuana húmeda. La noche huele a dinero, fresca sustancia de vida que acude en la soledad de mi indigestión.

Kati.

Yo.

Tres millones de Cubanos amarrados a sus pezones, como iba diciendo, estoy en un gran problema.

Me siento en el quicio de su puerta, empieza a refrescar mientras un manto oscuro cae sobre nosotras. A saber, yo y mi soledad. La ausencia de Kati y un estomago vacío.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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