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El gato azul II

Descubre los callejones Cubanos a través de los ojos de una turista Europea que se busca a sí misma renunciando a la fresca comodidad de una vida normativa. Segundo capítulo de un viaje con billete de ida y vuelta abierta.

Mónica Martín • 22/07/2012

cuba

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Acunada por la noche y el suave rugido de las olas, me duermo esperando su regreso, en la postura de un buda Cubano apoyado en la puerta. Típico rictus de un turista autosuficiente.

Kati, los ojos de Kati. Los pechos de Kati, como recogió Kati a una turista que vagaba detrás de su callejón con la mirada perdida.

Vuélvete a tu país, aquí tampoco eres nadie. Oigo entre sueños las olas que rompen contra el malecón y rendida, ronco sinfonías de estupores en los albores de la madrugada. Hay estrellas, unos cientos. En el cielo, cuando es de noche, suelen dibujarse las estrellas. Pedazos de luz iridiscente que me miran implacables entre todos los continentes.

— Escritora… - Gruño - ¡Escritora! – Alguien golpea mi hombro.

Es kati, huele a puro, a hombre, a sudor ganado en cualquier esquina. Huele a pasado de hembra, al lamentable farfullo de la vida. Huele a semen. Nocturno, borracho, desamparado y extranjero.

- ¿Qué haces aquí loca? - Coge mi mano flacida y noctámbula - Es muy tarde vamos al cuarto -

Intento incorporarme pero, estoy un poco mareada. Con la mirada perdida la observo pero, soy incapaz de contestar nada. Me ayuda a levantar lo poco que está quedando de mí. Las tres mi autoestima, ella y yo nos encaminamos hacia la que será mi cama está noche. Al entrar en la estancia no reconozco mi catre pero igualmente me desplomo encima de unas sábanas húmedas y sucias. Llevo 48 horas sin dormir, entiendiendo el acto de dormir como el descanso inapelable que necesita el cuerpo. Llevo 48 horas comiendo lo que encuentro en los cubos de basura. Dispuesta a renunciar a todo, incluso a mi propia supervivencia o definitivamente a morir cuando Kati, belleza opaca que se distribuye en pequeños platos de degustación, me recoge, me sujeta, me registra y tras comprobar que estoy cautiva y desarmada, siente lástima de mí y me acoge, con la piedad de la miseria, esa que solo sienten, los que no son en absoluto miserables.

Era de esperar, no soy más que un gato.

Un gato que se aposta en las esquinas de su pequeña, seductora y llamativa casa azul.

Me deja en la puerta de mi cuarto. Una estancia, gris, sucia, pequeña y deja la puerta abierta. Desde allí puedo olerla, sentirla y recordarla. Todo en el mismo acto macabro.

Entre sombras veo como se deshace de su falda. Con las pupilas, apunto a su fisionomía con cuidado, no vaya a ser que me olvide como se apellida su monte de Venus. Es fuerte, pomposa, arrogante, oscura. Supura vigor mientras yo voy desfalleciendo. Se deshace de su parca blusa blanca y en tacones, desnuda por completo, viene a mi encuentro. Posa sus labios en mi frente, me invade un escalofrío que no sé si debiera atribuir a la excitación o la fiebre.

- Mami, estás ardiendo -

Si tú supieras, si tú supieras.

Sus pechos se balancean cerca de mi cara y tras tumbarme en ese catre infesto, acariciarme las mejillas y regalarme un casto beso en los labios sale por puerta, balanceando sus perfectas nalgas.

Tac tac tac tac tac.

Me deshago en un líquido que desconozco.

Tac tac tac tac.

Gimo. Imagino su pequeño y menudo cuerpo paseando por la casa mientras yo soy incapaz de levantarme.

Durante toda la noche sueño que pasea por el borde mi cama. Sueño que se sienta a mi lado, que me toca la frente, el cuello, el pelo. Sueño que me quiere, que se tumba a mi lado y me abraza. Sueño que sus tacones me traen noticias lejanas de mi mundo y me cuentan que en realidad al mundo ha dejado de importarle cuánto escriba o deje de escribir. Sueño que todos vuelven a quererme y que ya no les importa lo que digo, pienso o sueño.

La luz golpea mis pestañas, la impertinente luz golpea mis entrañas.

Oigo sus pies arrastrar una piel dura por la tarima. Reaparece en mi cuarto. Envuelta en un vestido blanco, parece la novia de San Pedro. Es preciosa pero, para decírselo no me quedan palabras. Moja mis labios con un paño húmedo, hasta ahora no me había dado cuenta de la sed que tenía. Kat, bonita, méceme entre tus caderas.

Abrazame y no me sueltes, creo que ene este momento me siento un poco triste.

Me desperezo, su olor dulzón acompaña mis idas y venidas. Como buena Cubana ha registrado mi mochila, deduzco al entreabrir mis febriles ojos y ver como manosea y curiosea uno de mis libros. Entre sueños pienso que ha hecho una mala elección, es el libro maldito. Aquel que gustaba a todo el mundo pero fue incapaz de levantar el vuelo. Mi libro maldito. Decepcionada lo lanza contra la cama.

- ¿Eres Gay? -

- Lesbiana - Corrijo - Soy Lesbiana - Frunce el ceño.

- ¿No te gustan los machos, mami? -

— No - E intento incorporarme pero, no lo consigo.

Cierra el libro y farfulla entre dientes, viene hacia mí exasperada, como una madre cuyo hijo se empeña en hacerle la vida imposible.

- Lleva cuidado, mami, te prepararé algo para desayunar -

Caigo en la cuenta de que está amaneciendo y aún continuo en la casa azul.

Desde el episodio del libro, Kati no me quita ojo, aunque mis ojos se cierren tan a menudo puedo sentir su presencia cerca de mí. Su mirada de pantera negra me traspasa, busca respuestas a preguntas para las que no estoy preparada, preguntas que no quiero contestar, en parte porque no tengo una explicación, en parte porque estoy cansada. Preguntas que en otro tiempo contesté con generosidad y elegancia y que ahora me molestan y me perturban.

Trae una bandeja de mimbre, el algodón blanco del vestido resbala por su cuerpo como la crema que supura un pastel. Es dulce, nacarada, contundente, embriagadora. Ese olor a vainilla seca me produce naúseas. Tiene una acidez inesperada. Posa la bandeja en mi lado de la cama, se acomoda sobre su pierna derecha.

- Café y huevos.- Me acerca la bandeja. Me asomo a la taza de lata en la que ha vertido un caldo informe y oscuro. Flotan los posos necesarios para resucitarme o rematarme.

- Café, solo café - Murmullo y dentro de mí nace algo incompresible, tal vez el recuerdo lechoso de otro tiempo en el que acostumbraba a tomar café a cada instante. Parece mentira como un gesto tan cotidiano denota una estupenda salud física y mental.

Los huevos tienen un color amarillento, bastante solido. Café y huevos, no deja de tener gracia la ironía, como si esto pudiese solucionar algo. Empiezo a sorber el líquido oscuro, sabe a rayos, pero al menos no está putrefacto como el resto de alimentos que he ingerido en los últimos días. Kati continua con la mirada fija en mí, arrobada, esperando una repuesta a la incognita que me plantea.

Paro de engullir y me pregunta.

-¿Por qué te has ido de tu país? - Me lo dice la pobreza en persona, la novia de la muerte, la mulata que persigue braguetas en cada esquina, la de la mirada rota. Me lo dice Kati y su olor a vainilla, me lo dicen sus pezones, la oscuridad de una piel extremadamente suave y joven que fluye en mis pupilas como una lágrima que se despeña.

Suspiro hondo, dejo el café en la bandeja. Durante algunos minutos nos miramos a los ojos, a los labios, de nuevo a los ojos. Ella expectante, yo moribunda. Empiezo a entender que en la Habana, Cuba, estoy de más. Me sobro, es sencillo de entender.

— Escribes bien – Le devuelvo una mueca, de incredulidad de arrogancia, de esperanza, de fe en el criterio de la que se ha convertido en mi tabla de salvación.

Cadencia Cubana y yo nos reímos de la sandez y el aburrimiento. Como no tengo padrino que se arrodille a mis plegarias y evite los estertores producidos por una mala digestión vomito violentamente encima de los huevos amarillos, a saber, de gallina de corral de playa.

Kati, las sabanas y yo nos hemos vuelto oscuras, ahora olemos a vainilla mezclada con acido sulfúrico.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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