El gato azul III

Fin de la aventura Cubana. Capítulo 3/3. Descubre los callejones Cubanos a través de los ojos de una turista Europea que se busca a sí misma renunciando a la fresca comodidad de una vida normativa.

Mónica Martín • 02/09/2012

cubana de espaldas

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En la Habana una no se mete en la ducha y se quita la mugre como haría en un país primermundista, a saber, con agua corriente pagada y bien pagada, aquí llenas una vieja bañera de lata con calderos de agua hirviendo y te frotas con jabón de marsella.

El segundo baño en su casa. En su casa de color azul brillante.

La bañera de Kati tiene cuatro patas, es de hierro fundido.

Mi negra ha terminado de limpiarse los bigotes y me invita a utilizar el agua que ella ha usado en primer lugar antes de ponerme el desayuno. Una capa de aceite y sustancia amarilla, una capa de cosas que flotan y que bien podría ser semen de la noche anterior. Con una balleta retira los elementos solidos de la cama. Me besa la frente. Sigo apestando a descomposición, a Zombie, a intento de escritora que se creyó demasiado y ha terminado pidiendo limosna a una meretriz que la mira en el vaiven de las horas.

Me dice que espere.

Me pide que espere.

Me pregunto que hace vestida de faena tan temprano, será eso, su belleza que me ha vuelto loca o, tal vez, el interminable paso de las horas y esta fiebre, que se empeña en llevarme a cualquier precio, de esta vida.

Vista de frente parece un maniquí de la quinta manzana. La corta falda en esas menudas pero perfectas piernas, los tacones interminables, el pelo liso, negro, suave, la piel brillante, la bisutería estrambótica, llamada a satisfacter una feminidad barata, fácil de adivinar. Con la cabeza agachada sale del baño en mi busca. Ahora lo entiendo todo, vestida de uniforme Kati me teme, se averguenza de ser lo que es. Cree que ha metido al enemigo en casa. Cree que intentaré disfrutar de sus servicios sin pagar por ellos.

Cree que entre baño y vómito saltaré sobre ella yle pediré que me de todo aquello por lo que no estaría dispuesta a pagar ni aunque fuera rica.

Creo que cree. Cosa de necios.

- Mami – me dice mientras me desnuda – Tenemos que buscar un médico.

Mami. Estás amarilla.

Mami. El sudor te resbala por el cuerpo y con él mi miedo a que te mueras.

Y a que me busquen.

Y me encuentren.

Y me maten.

Obvia señalarme cual será mi cama esta noche. Esta úlitma noche que parece ser, vamos a compartir juntas.

Me mete en la bañera. Riega el agua turbia de sales de baño y con un gesto serio abandona la estancia dando un tremendo y sonoro portazo.

Estoy excitada. Tengo que reconocer que su carácter agrio consigue despertar en mi todos y cada de uno de los deseos que llevo mucho tiempo conteniendo.

Me encanta cuando se pone seria y las venas de su cuello se hinchan y se congestionan y me desvelan quehaceres extraños que hubiera sido incapaz de disfrutar en mi cielo paraiso.

Recuerdo Madrid. Sus calles atestadas de gente. Su olor a pis. Su crudo, largo, seco y puto invierno. Recuerdo las tardes que pasé esperando una oportunidad, la de convertirme en alguien serio. Con ese rictus de gilipollas soberbia con el que me sentí en el derecho de tirar por tierra a la única persona que me quería.

A la única mujer que estuvo enamorada de mí.

Que hubiera sido capaz de darlo absolutamente todo para que yo fuera feliz.

Recuerdo como me miró un minuto antes de dejarme, con lágrimas en los ojos, con esa decepción, esa tarea tan dura que tienen por hacer las personas que están enamoradas y que se han dado cuenta, al final, que nunca se verán correspondidas, porque en esa escala de valores que miramos la gente que nos hemos creído algo alguna vez, no vemos más allá de nuestro puto ombligo.

No vemos más allá que la infinita altura desde la que nos situamos.

Daría lo que fuera por sanar, recuperar mi pasaporte, huir hacia Madrid. Abrazarla y decirle que he aprendido que reirse es un deporte serio, consensuado, mortal para la propia vida.

Daría lo que fuera por vivir y no dejarme caer en ese agujero, esa casita azul en la que Kati, y su perfume de vainilla y las vergas que trae a casa, y su buena, maravillosa intención de librarse de mí no fuera tan evidente.

Daría lo que fuera por follarmela y después desaparecer para siempre de su vista.

Tras oir la puerta introduzco mi cuerpo poco a poco en el agua avinagrada, esto no es Kati pero se le parece mucho. Me pregunto cuánto cobrará por sus servicios y si lo hará en moneda extranjera. Gorgojeo en el agua maldita trazando una estrategía infumable en mi cerebro. En lo que me queda de cerebro. No tengo dinero, ni tarjetas, ni nadie a quien recurrir, se que fue estúpido pero, ni siquiera mostré interés por denunciar el robo de mi pasaporte al tocar el aeropuerto, no quería volver, no quería volver.

Voy a seducirla.

Voy a seducirla y a robarla.

Termino de bañarme. Como un poco de pan duro. Kati, ya ha desaparecido de mi vista. Decido tumbarme a descansar. Necesitaré todas las fuerzas que pueda reunir para llegar a la embajada a la mañana siguiente. Necesitaré su dinero y que haga la vista gorda. Necesitaré que su bondad sea épica.

Cierro los ojos. El aire salado empapa mis pulmones.

Ya solo escucho mi respiración resoplando contra el techo de una casa desvaída y triste como su habitante, que espera agazapada a que la presa regrese.

En mitad de la noche, tras conquistar esa pequeña y deshabitada cama, escucho la risa de Kati rompiendo la calma cubana. Como siempre música, como siempre tacones y una velada voz de hombre que susurra inconfesables secretos. El rugido de una ropa que cae. Hebillas que se sueltan. Manos que se frotan de alegría. Mi alegría. La de haber escogido el dormitorio correcto. Después un golpe seco contra el colchón y muelles que crujen escandalosamente entre gemidos de placer y dolor. A Kati le gusta lo que hace por eso siempre hay un cliente satisfecho.

Sé que hay algo dentro de ella que quiere saber y conocer lo que ocultamos las mujeres como yo.

Una hora después llega el portazo del salón principal y el silencio, espero llantos, pero no vienen a recibirme. Es la ausencia de sonido que lleva sello cubano la que me invita a avanzar por el pasillo. Entreverada y oculta por mis sábanas me asomo a su cuarto, siento miedo pero aún así aguanto, si vine hasta aquí fue para ver y al mismo tiempo dejar de ver.

Para ver cosas nuevas.

Para dejar de ver cosas antiguas.

Tengo celos de quien te paga, por eso sibilina, procedo a espiar tu cuerpo. La puerta está entreabierta y una debil luz tiembla en las paredes de la habitación. Kati sestea bocabajo, sin nada que tape su desnudez. Su impresionante cuerpo tallado en ébano brilla bajo los rayos de la luna cubana. Todo en ella invita al placer y al descanso. Percibo el oscuro latido de su sexo húmedo y satisfecho. La hinchada protuberancia de Kati me saluda. Aspiro lo que me llega de aire después del aeróbico acto de amor perpetrado minutos atrás en el cuarto. Me sonrío, hoy no utilizó ese infumable perfume con olor a vainilla, hoy huele a Kati, a Kati y a la marca del macho que acaba de irse por la puerta. Fijando mis ojos en una esquina del cuarto veo mi libro donde lo dejó esta mañana, antes de que la vomitara. Siento la imperiosa necesidad de recogerlo, en realidad siento la necesidad de recogerlo todo y marcharme de nuevo pero, necesito dinero, ese dinero que no me daría voluntariamente.

Avanzo por la vieja tarima, cruje, maldita. Ella se revuelve, intento cruzar la estancia pasando inadvertida pero me descubre y se incorpora sobre sus gluteos. Se frota los ojos, extiende la mano. Tapo mi cara con el libro negro, no es que la desnudez sea un problema para mí, es el sentirme pillada en falta lo que me avergüenza.

“ Solo quería recoger mis cosas”, balbuceo. No puedo verla pero por el ruido de los muelles y el crujir de la tarima deduzco que viene hacia mí. Tiemblo. Ahora, si, su olor, el auténtico, me llega y me traspasa. Mis planes se caen de un plumazo. Retira el libro de mi cara, totalmente desnuda, me mira a los ojos y me pregunta:

- ¿Te doy miedo? -

¿Miedo? No, miedo, no. Me das pánico y por eso ni puedo contestarte. Ya sabes tú, escultura de coral, lo que eres capaz de producir en quien te mira. Ya sabes suficiente, yo, ya he tenido suficiente. Arrima su cuerpo musculado e incasdecente al mío. La belleza en persona se expone a mi contacto y yo continuo intentado contar cuantos son sus dedos más los míos.

Cuarenta.

Por las veces que pensé en robarte. Mátame. Por la veces que me quede en cama mientras me traias el desayuno, me preparabas la bañera, me acariciabas la mejilla y la frente. Mátame. Por las veces que espié tu cuerpo mientras desempeñabas tu trabajo con esa energía. Mátame. Por la veces que pensé en abandonarte a tí, mi esposa Cubana. Mi heterosexual exposa Cubana, que se deshace en halagos de libros que no quiere devolverme. Mátame.

Mátame ya.

Termina con la pesadilla que es mi vida.

Feroz. Implacable y decidida, desvirga mi boca. Mi libro maldito cae a orillas de sus huerfanos pies. Abierto como yo, me trae palabras escritas en tiempos lejanos, palabras que han confundido muchas mentes y que a día de hoy me resultan inútiles y abandonadas. Sabe a sal, su lengua, sus labios, su piel, todo el conjunto de su cuerpo es un aroma salino que me supera. Me gusta Kati, siente placer con cada cosa que hace.

La agresividad de su boca me vuelve loca, me recuerda a su bañera, turbia, mezclada, un poco salvaje, un poco pasada de hora. Recorre mi cuerpo con sus manos expertas y abre una canal de humedad que sutura mis heridas con una velocidad inesperada. Hunde sus dedos en mi sexo, me engacha con un garfio del que no puedo, no quiero escapar. Kati es lista, despliega sus artes, entiende el sexo y la desnudez como algo totalmente natural, por eso la vergüenza y la tímidez, se quedan esperando en la puerta hasta que yo decida irme.

Esta noche no tengo capacidad de elección, ni resistencia. Ha pasado demasiado tiempo, me voy sin darme cuenta de que me he ido y su blanca dentadura me anuncia el segundo combate. Me muerde, me empuja. Caigo en un colchón que huele a sudor masculino y ella se arrastra a gatas hasta mis piernas. Exhausta noto como vuelvo al principio, como no puedo parar. Todo mi sexo se hincha y es una lava y un volcán y una lengua de fuego que estalla en una risa caliente. Su lengua se adentra en mi boca, levanta mi pierna, y une su sexo al mío. Es enorme, grandioso, caliente, y está, quisiera que se debiera a mí, absolutamente abnegado. Se mueve frotandose contra mí en una postura que no tendría por qué conocer. El orgasmo es un mal que nos despierta de este juego tan inesperado. Kati se arquea, ha pasado demasiado tiempo de su vida siendo responsable de sus propios orgasmos, de su valentía, de su infinita sensualidad. Dejo el guión de turista encima de la mesa y araño su espalda hasta hacer que sangre, juntas hacemos un viaje de ida que nos lleva de vuelta hacia la tierra. Cae, caigo y como no sabemos lo que es el cariño cada una duerme en su lado de la cama. Es el deporte de los inválidos emocionales, acurrucarse en las esquinas.

Al amanecer, mientras ella todavía duerme, comprendo que nada volverá a ser como antes.

No recojo el dinero que su anterior cliente le había dejado en la mesa de noche. Tengo pensado caminar hasta la embajada y esperar que allí me manden de vuelta a casa. A Madrid. A sus calles y su plazas. A los ojos conocidos de una preciosa, generosa e ilusionada chica que una vez estuvo enamorada de quién soy ahora.

Beso su frente.

La fiebre ya me ha abandonado.

Le escribo unas palabras de gratitud en la primera página del libro, le robo algunos alimentos frescos y abandono para siempre la casa azul.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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