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El increíble caso de la mujer creciente

Un cuento sin hadas, ni príncipes azules que nos habla sobre la capacidad que tenemos las personas para querernos. Surrealista y mágico, como esta mañana de Otoño.

Mónica Martín • 21/10/2012

Bola de cristal

cuento sueños amor

Había una vez un reino hace mucho, mucho tiempo y dentro de él una comarca, y dentro de ésta una cuidad gris, oscura y enorme, en la que siempre llovía. En esta ciudad, en el barrio de Chelsea, vivía Laika, la mujer con nombre de mascota. Todo el mundo decía que Laika se había puesto el nombre a sí misma y que, en realidad, su verdadero origen era desconocido. Nadie sabía cuál era su auténtico nombre sin embargo, en el reino de los rascacielos gigantes Laika paseaba tranquila, con la cabeza siempre mirando al frente, esperando que su anonimato, su más preciado tesoro, fuera preservado por los siglos de los siglos.

Era alta, muy alta y delgada. Tenía la piel de color pálido, los ojos color pistacho, el pelo brillante y largo, como sus piernas. Muchos príncipes azules montados en sus caballos, muchos enanitos verdes con grandes varitas mágicas, muchos sapos con promesa de conversión humana venidos desde charcas lejanas y caballeros oscuros de grandes espadas que en el fondo eran blancos, habían llamado a su puerta. Siempre con la esperanza de que Laika abriese, siempre con la esperanza de poder rescatarla ya que, las gentes de Chelsea pensaban que Laika tenía una enfermedad terminal: Pasaba el tiempo y a pesar de todo, Laika, seguía creciendo. Sus vecinos tenían miedo de que un día se convirtiera en un gigante hambriento de ellos y de que los engullera vivos. La gente tiene miedo de lo que se transforma y Laika era una transformación constante con un pasado desconocido.

Por las mañanas salía a la calle con una enorme sonrisa, estando agradecida por la vida que le había tocado vivir. Siendo feliz de vivir en su pequeña casa de planta baja en ese reino, donde lo importante era, estar en un plano cada vez más alto y al verla sonreír y traer y llevar paquetes todos los días de diferentes formas, tamaños y colores; a su paso no podían evitar murmurar y criticar. Formar un arrullo de maledicencias y reproches. Formar un cubo de basura de odio en su propio barrio, delante de sus narices, en el que todos los días alguno de ellos depositaba su bolsita:

Los restos de las alitas de pollo que tuve que comprar porque tú te habías llevado el pavo que es lo que me gusta.

Las cáscaras de las nueces que me comí en detrimento de los dátiles que compraste justo antes que yo.

Las espinas de las sardinas que quedaban justo antes de que salieras por la puerta de la pescadería con una gran sonrisa.

Los envoltorios de la caja de bombones que cogiste en el mercado y luego dejaste, tras pensar un momento que en realidad no era lo que te apetecía.

Y así, un largo sinfín de residuos, objetos y cosas de algunas personas cercanas a ella que habían vivido pared con pared y que, en el pasado la habían agasajado a detalles, a promesas, a formulas y embrujos sobre el futuro. Amarres de ciencia cierta que prometían un trato digno, un gesto de cariño, un abrazo, un gesto de amor hacia ella que jamás llegó, llenaron bajo su puerta el cubo del odio.

Cada noche estaba repleto de las cosas que Laika no había consumido. De las cosas, que Laika había decidido que no quería en su vida. De las cosas que había obviado, sin darse cuenta que simplemente su sonrisa, su felicidad, su tranquilidad, la recompensa a sus años de esfuerzo estaba siendo pagada, en la mayoría de los casos, con un insoportable olor que subía hasta su ventana justo cuando iba a dormir plácidamente. Necesitaba el reposo, puesto que, en contra a lo que la mayoría de los convecinos de su comarca creían, esa amplia, grande y maravillosa sonrisa, ese continuo crecimiento que se estaba dando en ella, era el fruto de haber peleado mucho tiempo ha, en una guerra cruel y sangrienta que duró cien años. Laika era una guerrera que había aprendido a esconder sus heridas y ahora paseaba tranquila por las calles de Chelsea estando muy segura de que ni una sola de las cicatrices que llevaba en su piel habían sido en vano, guardando en lo más hondo de su corazón secretos que asustarían al mismo diablo y de los cuales, toda esa gente que la rodeaba, que llamaba a su puerta intentado rescatarla y,al final tras frustrarse, dejaba su basura en el cubo, no tenía ni la más mínima idea.

Por eso a Laika le daba lo mismo, que vinieran hasta su puerta vecinos envidiosos, reyes, príncipes, sapos, caballeros malos que en el fondo son buenos y que sienten la necesidad de rescatar a quién, en serio, no necesita nada de eso. Le daba igual que la gente que vivía pared con pared con ella hubieran puesto debajo de su ventana ese cubo y se dedicarán a llenarlo con sus cosas, con las cosas que les molestaban y de las que culpaban, en el fondo y la forma, a Laika. Ella sabía lo que había, cuántos kilómetros tuvo que andar hasta llegar a donde estaba y sabía también que allí, en ese barrio lleno de escaleras en el que siempre llovía, era feliz. Ella sabía que estaba donde debía estar y que su felicidad y su alegría la constituían esos paquetitos que traía y llevaba, todos los días y que al desenvolverlos eran inyecciones de realidad y felicidad sobre todas las cosas que había vivido y construido. Sobre todas las cosas que ahora tenía la capacidad de ver y de sentir.

Laika sabía no estaba enferma, sabía que ella no crecía por fuera, lo hacía por dentro. Sabía que los demás veían un espejismo sobre ella gracias al hechizo que había pronunciado hacía años, llena de sangre y de lágrimas en ese campo de batalla. Ella tenía un secreto que le hacía invencible: Los paquetes que llegaban hasta ella eran regalos que se había hecho a sí misma desde el pasado. Eran bolas de cristal de recuerdos que habían encapsulado, decorado y estructurado para después enviarlas al presente y con ellas poder construir una enorme torre, dentro de su pequeño apartamento que haría que subiese al cielo. Una enorme planta, como aquella de los guisantes, de bolas de cristal que escondían en el interior recuerdos. Recuerdos llenos de recuerdos, que hacían que se sintiera orgullosa de cuánto era.

Una noche, Laika, tras volver de recoger su último paquete, se sentó en el humilde sillón de su casa. El insoportable hedor del cubo que habían depositado bajo su puerta, le traía la certeza de que a pesar de tener mil recursos para combatir el odio, la envidia y el rencor ajeno, tal vez, la solución pasaba por colocar la última pieza que acaba de llegarle desde el pasado y que completaría su obra maestra. Tal vez, completar esa torre que era el reflejo de cuánto había sido, y subir hasta el cielo era la única manera de librarse de aquella persecución a la que había sido sometida.

Laika se acercó a esa escultura de cristal, en la que se reflejaban las luces de colores de las calles. Los faros de los coches, las personas que casualmente paseaban por allí. Acercó sus manos, la escultura tembló. En una de las bolas pudo verse a si misma, cuando era muy pequeña sentada en una pila de libros con unas gafas enormes. No le llegaban los pies al suelo y ya sabía leer. A su alrededor había oscuridad, humedad que caía desde el techo. Telarañas. Soledad. Estaban vestida con un abrigo rojo que tenía una gran caperuza. A veces se la ponía para no tener miedo de nada, para no tener miedo de nadie. Laika tocó esa bola y dentro vio como el recuerdo se desvanecía en una bruma gris y como de esa bruma salía Laika, la actual Laika. Al desenvolver el último paquete vio una imagen que no le era conocida. Tenía serias dudas de que eso lo hubiera enviado ella. Dos manos de mujer jugaban a entrelazarse. Una era la de Laika, la otra le era desconocida. Con los dedos se buscaban, se acariciaban, jugaron a ponerse un anillo. Laika se dio cuenta de todo: de las palabras que salían de su boca en la soledad de aquel apartamento, de que había más personas altas como ella que hacían torres, de que el olor del cubo gracias a la lluvia estaba desapareciendo, de que alguien en alguna otra parte del mundo había podido ver su torre y estaba reclamando su presencia. Quiso viajar allí. Quiso estar en ese lugar en el que su sonrisa, su altura, su serenidad y sus cicatrices no fueran un problema para quien le rodeaba. Cerró los ojos, colocó la última bola de cristal y voló. Alto, muy alto, hasta un reino en el lo único verdaderamente importante no eran las cosas que Laika no había hecho, sino todas las que aún le quedaban por descubrir.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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