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Nadando en la charca

Esta es la historia de Priscilla. Una artista urbana que aprovecha el silencio y la incomprensión que le rodea para crear un mundo de fantasía en el que sentirse viva.

Mónica Martín • 04/11/2012

Mujer Maravilla

cómic fantasía amor

Se ocultó de ti. En realidad, se ocultó de todas las personas que tenían ojos y podían ver como era. Priscilla, era normal, desgreñada. Su pelo, aunque aún era muy joven, ya empezaba a clarear adquiriendo un tono castaño de una tonalidad rara y asimétrica. Era el tipo de persona que físicamente no tenía nada. Y ella lo sabía. Su complexión física era estándar, sus ojos eran corrientes. Sus manos más bien grandes para su cuerpo, torpes. Usaba unas gafas con un cristal enorme, ancho y alto porque era miope de nacimiento. Cuando llegaba el invierno se cubría con un manto de ropa. Había intentado muchas veces hacer deporte, conseguirse un cuerpo escultural para tener algo con lo que competir en este mundo pero, su genética, su fisionomía, su masa muscular le impedían salir de lo que era. Alguien que estaba en la media de todas las medias. Fue eso, eso, y que también la gente que la rodeaba se tomó un singular interés en recordarle a cada minuto que no tenía nada especial. Priscilla aprendió a blindarse ante el listón que le habían puesto los demás. Ella solía hacer esas cosas, a veces, dibuja imágenes que se le venían a la mente y se las llevaba a sus padres. Él un señor muy trajeado y ocupado en parecer que estaba trajeado y ella una mujer que permanentemente tenía una queja a punto de salir de su boca. Ambos la miraban, sintiendo una mezcla de asco y lástima e intentaban reconducir la conversación a otro tema, corriendo una cortina de indiferencia sobre las cosas que pintaba y es que, por más que intentaban aceptarla tal y como había venido a este mundo, para ambos resultaba inadmisible que su hija fuese físicamente, una media entre las medias. Estaban ciegos por el hecho de que ambos eran muy atractivos y que aquella mujercita que habían traído al mundo era de lo más común y corriente.

Pasaron las semanas, los meses y los años. Priscilla fue llenando su cuarto de utensilios, de fotografías, de mini esculturas que después llevaba al papel. Con sus primeros ahorros se compró un equipo de sonido. Nada más levantarse ponía la música a todo trapo para no escuchar el inaguantable silencio que siempre había en casa. Una casa que estaba perfectamente decorada y limpia y que no tenía nada que ver con el caos que ella, a propósito, había sembrado en su cuarto. En el fondo se sentía como en una isla desierta puesto que no encontraba chicas de su edad que compartiesen su afición por el cómic, ni por la música con la que tenía atemorizado al vecindario. Era lo más normal de este mundo que fuese a su tienda favorita a ojear y allí solo encontrase chicos introvertidos que no le llamaban en absoluto la atención. Chicos de su edad con los que poco a poco fue trabando una amistad sustentada sobre todo en esa pasión común que compartían, a los que siempre les ocultó que dibuja, a los que no fue capaz de contarles por más que esa amistad se afianzó, que tenía pequeños secretos ocultos en el fondo de su cajón. Tal era la culpabilidad que le producían los maravillosos dibujos que era capaz de realizar que desde hacía mucho tiempo no le enseñaba a nadie lo que hacía. Por el giro que habían dado según fue creciendo, se habían convertido en algo más intimo que su propia desnudez.

Llegaron los 18 años. Sus padres la sentaron en el salón de casa, un sofá frente a otro. Ellos con la misma apariencia sombría con la que habitualmente se enfrentaban a las conversaciones con ella. Ella con unos leggins negros rotos, botas de plataforma, cadenas de atar su bici a modo de collar y una camiseta XXL de Manowar que había rediseñado a su gusto, esto es, con múltiples agujeros e imperdibles que sujetaban fotos de sus cantantes y artistas de cómic favoritos. En el brazo derecho llevaba pulseras de cuero hasta el codo y en el izquierdo un tatuaje de Henna que se había hecho ella misma la noche anterior y que era la viva imagen de la mujer maravilla. Priscilla siempre había querido ser como ella: alta, morena, fuerte. Inquebrantable ante el juicio de los demás. No le atraía demasiado la idea de vivir un romance con Superman, ni por supuesto le apetecía nada llevar diadema pero en sí, lo que representaba la mujer maravilla le atraía más que cualquier otro modelo con el que sus padres se hubiesen sentido satisfechos. Los miró sin ningún atisbo de sorpresa. Dejando su tatuaje claramente expuesto ante sus ojos. Habían pasado unos cuántos años desde que ellos estaban justo en ese sillón sentados y ella venía corriendo por el pasillo para enseñarles su última creación, casi pudo escuchar de nuevo sus piececillos desnudos aporreando la moqueta con ilusión, mientras el indefectible rictus de burgueses amargados se acomodaba en los rostros de sus queridos, incomprendidos y apáticos padres.

Nuevamente comenzó aquello. Priscilla tensó sus músculos. Aquello que hacían siempre.. lo de: “Cariño, estamos preocupados por ti”, “Cariño, no sabemos en qué andas”, “Cariño, cuando vas a vestirte como las mayoría de las hijas de nuestros amigos” y por favor, el consabido clásico: “No me gusta con la gente que te relacionas”. Una vez satisfechos con su batería de preguntas para las cuales no esperaban una respuesta sino una limpieza de imagen, se quedaron mirándola en silencio. Priscilla se muerde el labio conteniendo las ganas que siente de vomitar y se dice a sí misma que la gente con la que se relaciona es la gente que entiende lo que ella es, pero que en realidad, ni siquiera tiene fuerzas para explicar lo que resulta obvio y es que, si fuesen capaces de aceptar por un minuto quién es realmente no estarían allí los tres sentados esperando a que ocurriese un milagro. Este es: que al fin entendiesen que no va a cambiar porque todo esto forma parte de ella.

Qué por qué no tenía amigas, que por qué no podía ser como el resto de las adolescentes de su barrio. Qué por qué la miraban raro. Qué por qué se había cubierto de todo aquello que llevaba dentro y que ahora se reflejaba fuera. Qué por qué se había pintado a una mujer en el antebrazo.

Priscilla se levantó del sofá en silencio. Se fue a la calle. Afuera estaba lloviendo. Caía una brisa fina, fría que fue empapando su pelo mientras iba caminando, mirando al frente sin fijar la vista en ningún sitio. Había cambiado mucho. Su pelo, ella, el conjunto de su cuerpo en general. Ahora se parecía más a lo que siempre había querido ser de pequeña. Recordó todos los dibujos, las imágenes que tenía escondidas en su cuarto para que los inquisitivos ojos de sus padres no la juzgaran. Pensó en la última tira que había hecho. Dos chicas que se conocían en un súper de barrio y terminaban enamorándose. Había girado inesperadamente de la sangre, la batalla, y la espectacularidad del cómic de aventuras a la proyección de una comedia romántica gráfica. Se palpó el pecho buscándose el corazón. Le dolía, en realidad le dolía mucho. Le faltaba el aire y se asustó. Buscó un refugio bajo la lluvia que se había vuelto más persistente. En el parque cercano a su casa, debajo del enorme sauce en el que solía leer cuando era niña, habían puesto un banco. Al final alguien se cansó de ver a gente tumbada debajo. Como si tumbarse en el césped fuese un delito. Priscilla tenía la sensación de que últimamente todo era reprobable. Pasó del banco, se tumbó en la hierba fresca. Le parecía un buen lugar para morir si es que, herida de muerte como estaba, eso era lo que iba a suceder. Estaba temblando. No tanto por el frío sino más bien por el miedo. Se preguntó si en este mundo, en el mundo real habría chicas como ella. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, por más que intentara combatir todo aquello con sus cadenas, sus cueros, su música a todo volumen, sus dibujos, su postura incontestable en aquel momento se sentía rendida. Hundida, expuesta por completo a una sociedad que no aceptaría, ni asumiría que ella era diferente. Que ella se sentía diferente y que quería ser diferente. Dos enormes lágrimas rodaron por sus sienes llegando hasta los oídos. De pronto oyó algo, una voz que la llamaba. Un quejido que parecía ser la voz de una mujer. Levantó la cabeza un poco del césped pero no vio a nadie. Pensó que estaba delirando, claro. Pensó que ya había muerto bajo aquel sauce llorón. Nuevamente esa voz que le resultaba familiar dijo su nombre: Priscilla. Asustada y pseudoviva se incorporó de inmediato. La nueva dependienta de la tienda de cómics de la que era clienta habitual le tendía la mano. La lluvia se había hecho más fuerte. Ambas estaban caladas. Se miraron en silencio. Las lágrimas de Priscilla pese a la lluvia, el frío y la humedad del ambiente eran evidentes. No había más que leer en sus ojos enrojecidos el dolor. No había más que fijarse en la comisura de sus labios para darse cuenta de que estaba triste. Le acarició el rostro con la palma de la mano limpiando cualquier rastro de daño en ella. Le ayudó a levantarse. Recogió sus gafas que ahora estaban llenas con motas de agua y césped. Le tendió su brazo por encima de los hombros y la cubrió con su abrigo. Juntas caminaron hasta que la lluvia paró dando paso al sol del mediodía.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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