Sales de baño

¿Es el calor la adaptación del cuerpo a la temperatura corporal del alma o es el simple mecanismo químico que se desata frente a elementos externos al ser humano?

Mónica Martín • 03/06/2012

Sales de baño

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Cuando se plantaron frente a ti y te lo contaron no te lo podías creer. Es cierto que había palabras, actitudes en ella que eran extrañas pero, necesitabas por encima de todas las evidencias creer, seguir creyendo, en esa imagen de niña a punto de ser rescatada que había sembrado en ti la noche anterior.

Lo entiendo, es mirarte y recordar. Recordar cada uno de los momentos en los que tuve pánico de verme envuelta en un drama del que no pudiera escapar. Sé lo que es verse desbordada e impotente. Notar una bomba de relojería dentro que está a punto de explotar. Mirarse al espejo y ver a otra persona. Jugar con los reflejos de las cosas que fuimos al escondite y preparar, quizá por ese miedo a afrontar el pasado, un caldo de cultivo perfecto para los parásitos que quieran anidar allí.

Un día estás perdida, caminando por una calle desierta. Es tarde, muy tarde. Han cerrado el metro y es el cansancio quien hace que te sientes en esa estación de autobús. Dejas que una desconocida que no tenía donde dormir te hable. Al principio su aliento te cuenta que ha bebido por sus dolores y por los tuyos. Está triste pero sonríe, siempre te han gustado las personas que pueden sonreír mientras están tristes. Eso hace que la escuches, que quieras escucharla. Pasan veinte minutos. No viene el búho. El gélido viento de la calle os corta la piel. Miras tus manos sin guantes. Ya no las sientes, en realidad te da lo mismo porque notas que están vacías desde hace mucho tiempo. Han empezado a cuartearse. Toma tus manos. Mira tus ojos. Te toca el pelo, los oídos y las orejas. Te acaricia las pestañas cuando parpadea. Transmite una luz blanca que se proyecta entre todas las sombras que parecen rodearla y cuya función no es otra que avisarte, avisarte de la inmensa pelota de nieve blanca que está bajando por la ladera de tu montaña. No tiene ningún sentido mirar a los ojos a alguien e intentar no confiar. No tiene ningún sentido sentarse en una estación de autobús, un día cualquiera por casualidad y de pronto verse entrelazada en unas manos que parecen ser grises y sin embargo, se han envuelto de una tonalidad tan cálida que es complicado resistirse.

No tiene sentido evitar el abrazo de una desconocida, si es este abrazo el que rompe en pedazos la soledad que te persigue desde hace años.

Te sientes triste y te sientas en el banco común de la esperanza humana creyendo que tal vez, esas manos o esos ojos o ese aliento que parece sembrar una duda razonable dentro de ti pero, que no lo consiguen, no sean más que una serie de señales inanimadas que quieren conducirte a un estado de felicidad plausible, al menos hasta que amanezca. Por tu cabeza pasa la idea de que esa desconocida solo este interesada en tu cuerpo, en tu lengua, en tus manos, en tu tibia tristeza, en lo cansada que estás y las pocas ganas que tienes de hablar de nada y por ese motivo dejas que te bese. Dejas que sus labios, que parecían ser carnosos pero, sin embargo son secos, te alcancen y despierten con ello el deseo de sentirte penetrada, aunque sea emocionalmente, durante unos minutos.

Un día conoces a una persona, lo das todo por sentado. Que su pelo es negro, que sus ojos son negros, que su pasado es negro. Un día conoces a una persona y te cuenta que está sola en la vida, que la gente que debería estar a su lado se ha marchado, no te cuadra porque aunque lo intentes no puedes imaginar los motivos por los que alguien no querría estar a su lado. Ya vais caminando por la calle, que está desierta, mientras las enormes pupilas de los gatos callejeros os escoltan hasta la puerta de tu casa. Le cuesta mantener la atención sobre lo que le cuentas, está dispersa, graciosa, ebria. Te da lo mismo, miras su cara, en esta aterida y solitaria calle es el rostro más bonito que has visto en las últimas horas. Es tremendamente hermosa, atractiva, seductora. Hace que sus manos resbalen por tu pecho como si os conocierais de toda la vida. Guiña los ojos con una vehemencia difícil de resistir. Es de frase corta, boca ancha, sonrisa blanca, convincente, erógena. Todo en ella parece invitar a tu deseo a profundizar en las tenebrosas aguas que braman en su interior. Miras adentro, no dentro de ti sino dentro de ella mientras te abraza apoyándose en tu hombro. Allí dentro huele a desierto, a borrasca, a fatiga después del sexo, a intentar llegar a tener un orgasmo sin conseguirlo. Allí huele a derrota, huele a dolor, huele a ira. Huele a regalo envuelto por quinta vez que viene acompañado de resentimiento. Huele a peligro pero, la fragancia del encuentro sexual inminente, te descoloca e invierte tus alarmas.

Tú quieres que entre dentro de ti, que sus dedos, sus manos, su pecho y después su aliento se vuelquen por completo en todo tu ser. Quieres que permanezca desnuda a tu lado toda la noche, que no te permita ni un minuto de sueño, que te emborrache de esa mezcla noctámbula de alcohol y sudor callejero que te atrajo a sentarte a su lado. Buscas las llaves del portal mientras comienza a besar tu cuello. Sus labios ruedan por los pliegues de tu clavícula, sientes su aliento en el oído. Te dice cosas, te dice muchas cosas que no entiendes porque ni ella misma acierta a verbalizar lo que siente con claridad. Te roba las llaves de la mano y abre la puerta mientras te aprieta contra ella. Está más delgada de lo que parece y más fuerte de lo que te gustaría. En la oscuridad de tu portal te dice que quiere hacértelo por detrás y te gira colocando las palmas de tus manos en la pared. Sientes su aliento en tu nuca y su manos recorriendo tus brazos y tus pechos. Te dejas hacer porque piensas que es el juego de una vampiresa que va demasiado pasada y crees que, en realidad, a la mañana siguiente no querrá salir de las sábanas para que le veas la cara.

El tacto de su lengua en tu nuca es pastoso, áspero y torpe. Levanta tu camisa y allí encuentra tu piel seca y erizada esperando su contacto. Te abraza. Al notar el contacto de tu piel desnuda se abraza a ti como si fueras un salvavidas, oyes como empieza a sollozar y sabes que, fuera lo fuese lo que estaba a punto de suceder, ya no sucederá nunca. Suspiras con fastidio por todos los besos que no te va a dar jamás y oyes como algo que se rompe dentro de ti. Se aleja de tu espalda, al girarte ves como se tapa la cara con las manos. Tira las llaves al suelo y sale corriendo del portal. La primera intención es ir tras ella pero, una mezcla de pereza y frustración hacen que una sensación parecida al enfado te inmovilice.

Al llegar a casa sola, caliente y apestando a alcohol ajeno te convences de apagar la furia sexual que ha despertado en ti. Te abres, por qué no. La noche está terminando, puede que no vuelvas a sentir esta excitación en meses mejor aprovecharla. Apestas a a una mezcla de alcohol y sustancias ilegales que coloca pero algo dentro de ti brama por embestirte en las sábanas sucias de tu cuarto. Hace mucho tiempo que nadie te toca por ese motivo tus manos deciden tomar el control de la situación. Has tirado todo al suelo, los cables del portátil y la funda, los folios impresos en los que estaba esbozada a tachones tu última novela, tu ropa interior limpia y la que aún está por lavar, las diez camisas que te probaste convencida de que nadie vendría contigo a fecundar tus esporas, las lecturas trasversales que anidan en los pies de la cama y los cientos de lapices rotos que muerdes cuando estas nerviosa. Estabas tan desesperada por volver a tener sexo con alguien que estabas convencida de que si esa noche, en la que estabas tranquilamente viviendo tu vida, nadie cruzaba la puerta traerías a un hombre. Incluso habías comprado condones.

No puedes resistirlo, después de la descarga sexual rompes a llorar.

Cuando se plantaron frente a ti y te dijeron que una chica totalmente desnuda había muerto en tu calle por un golpe de calor en pleno invierno no te lo podías creer. Los efectos de una nueva droga de síntesis denominada “Sales de baño” le habían llevado un colapso sin remedio. Te mostraron las fotos que habían salido en la prensa y reconociste de inmediato su pelo, sus ojos y su pasado negro. Esa bola de nieve que estaba por caer desde tu ladera. Esas manos grises y esa delgadez que delataba un cuerpo extremadamente hambriento y denostado.

Recuerdas cuando la oliste por primera vez en la parada del autobús y esa fragancia de vida sucia revuelve dentro de ti todas las tristezas del universo.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mónica Martín

Mónica Martín es novelista, relatista y bloguera experimental. Esta extravagante, polifacética y joven escritora relacionada con el mundo de la literatura LGTB, no ha dejado a nadie indiferente a lo largo de su trayectoria literaria. Autora de la novela “Sin Control (2006)”, el poemario “An-verso jugando con el sonido (2008)” y el ensayo “Visibilidad (2009)”, en 2011 ha roto todos sus esquemas creativos con la novela coral “Títeres”.

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