De hombres nocturnos (homonocte) y otra de las "profesiones más antiguas del mundo"

Religión versus ciencia. ¿Es lógico que las creencias se impongan a las certezas? ¿Es razonable pretender curar lo que no es una enfermedad? La ciencia y la religión siempre han estado en conflicto. Así como la oscuridad la podemos definir como la ausencia de luz, la religión la podemos entender como la ausencia de ciencia.

Javier Baeza • 30/04/2012

Galileo frente a la Inquisición

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Desde que el hombre es hombre la curiosidad ha sido el motor que lo ha impulsado y permitido evolucionar hasta el día de hoy. Todo lo que el hombre pudo ir comprendiendo lo llamó ciencia. Mientras que a todo aquello a lo que no le sabía encontrar explicación, se la inventó y lo llamó religión. La ciencia se basa en la lógica, en el empirismo, sigue un método científico y es comprobable y demostrable. La religión se sustenta en creencias, magias y milagros, supersticiones, mitos y misticismos varios, y en teorías improbables o imposibles.

La ya nombrada curiosidad humana, unida a la inseguridad propia de nuestra condición nos hizo sentir la necesidad de buscar una respuesta, que nos tranquilizara, a todos aquellos temas complejos y oscuros, sobre los que no teníamos explicación. Nace el misticismo. Y lo hace de forma personal e individual, cada persona busca sus propias teorías y opiniones, sus propias explicaciones de los misterios de la vida que les rodea.

Hasta aquí, todo normal. El problema surge cuando algunos pícaros (para que luego digan que la picaresca es posterior) se dan cuenta de que si convencen al resto de que sus respuestas inventadas son más sólidas o tienen más trazas de ser verdaderas que la de los demás, hay negocio. Independientemente de que lo sean, basta con hacerlo creer. Y, ¿qué mejor forma de convencer de este particular que comenzar por parecer convencido uno mismo? Y, ¿qué tal si además se incluyen amenazas de peligros sobrenaturales para todo el que no acepte la “verdad” inventada que se pretende vender como la única verdadera?

Aparece una nueva profesión, que perdurará y tomará distintas formas a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía mundial: el sacerdote. Desde sus primeras manifestaciones como brujo de la tribu, o chamán, supieron situarse muy unidos al poder político del momento. Los líderes o jefes les consultaban, y ellos lo aprovechaban en su beneficio. Desde entonces hasta el día de hoy muchos hombres han vivido de vender humo.

Con el transcurso de los años el esquema se ha venido repitiendo insistentemente. Han cambiado nombres y las teorías han ido evolucionando pero el negocio ha sido siempre el mismo: aprovechar los miedos, desconocimientos e incertidumbres ajenas, y vender apariencia de seguridad.

Y así, pasito a pasito, palacio a palacio, fueron perfilando sus teorías y engrosando la cartera, hasta llegar al día de hoy. No todas supieron crecer igual. Algunas desaparecieron y otras consiguieron hasta su propio estado, y una acumulación de tesoros y riqueza inimaginables.

Pero finalmente llegamos a la era de la información y de la comunicación. Ahora, internet mediante, podemos enterarnos de lo que está pasando en la otra punta del mundo, antes incluso de que termine de suceder. Ya no es tan fácil engañarnos. Y justo en estos momentos, surge un nombre. Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares.

Este individuo, manifestación actual del citado brujo de la tribu, toma la palabra y parece dar un paso adelante para debutar en una nueva profesión (lo que tiene la crisis, ¡hasta el pluriempleo para el clero!), la de bufón. Hace el ridículo más espantoso con su declaración por el fondo y por la forma.

Por la forma, al “descubrir” una nueva clasificación, una subespecie, el hombre nocturno (homonocte). Si bien en matemáticas existe la propiedad conmutativa, que nos dice que el orden de los factores no altera el producto, eso no ocurre en el lenguaje. Y no es lo mismo “clubs de hombres nocturnos” que “clubs nocturnos de hombres”. Parece mentira que un charlatán, un profesional de la palabra, un cuentacuentos, un orador que se gana la vida (por llamar de alguna manera a esa forma de lucrarse) haciendo malabares con las palabras se exprese de forma tan confusa, inexacta y errónea. Resulta algo muy poco profesional y de una enorme incompetencia.

Por el fondo, porque nos regala a nuestros oídos lindezas tales como que la homosexualidad es una enfermedad. Esta afirmación pretende imponer creencias por encima de certezas. La religión puede tener la ambición de explicar lo que la ciencia, a día de hoy, aun no es capaz de explicar. Pero a lo que nunca puede aspirar sin caer en lo absurdo y el ridículo es a explicar lo que ya la ciencia no sólo explica y sino que demuestra.

Desconozco la formación médica y el prestigio científico que este obispo pueda tener, pero tengo el absoluto convencimiento que es muy inferior a la de organizaciones científicas como la OMS (Organización Mundial de la Salud) o la APA (American Psychiatric Association), por citar dos de las que más prestigio internacional ostentan, que hace años que sostienen con rotundidad y claridad que la homosexualidad ni es, ni se parece, a una enfermedad.

Resulta obvio en qué opinión se pueden depositar las confianzas de cualquier persona con un mínimo de sentido común y, muy consciente de ello, el obispo realiza un esfuerzo por justificar su postura. Dado que le resulta imposible aportar pruebas que defiendan su teoría (pues las pruebas científicas señalan justo lo contrario) recurre a la peor cara de la publicidad y el marketing. Y así, nos vemos como intenta colarnos la publicidad engañosa de las patéticas cartas de supuestos homosexuales reconvertidos. Y lo hace al más puro estilo de los anuncios de aparatos de gimnasia pasiva o cremas adelgazantes que trabajan mientras tu duermes, en las que unas modelos y figurines escuálidos pretenden hacernos creer que unos meses antes de usar esos productos parecían parientes cercanos de Dumbo o Movy Dick.

Aparte de resultar francamente increíble, en el caso de que alguna de esas cartas fuera cierta, es decir, que el que la escribe crea que es cierto lo que dice, eso no prueba nada más que el desconocimiento y la ignorancia del pobre infeliz que cree haberse reconvertido. Cerrar los ojos voluntariamente no te convierte en ciego.

Lo que tales cartas, de ser reales, ponen sobre la mesa es que se ha cometido, presuntamente, una estafa. Hay muchos curanderos que prometen curas y remedios que no tienen, y se lucran con ello aprovechando la ignorancia y los momentos bajos, delicados y traumáticos de las personas. Pero aquí, en esta ocasión, se riza el rizo. Te venden la cura de lo que NO es una enfermedad. ¿Se puede pensar en una estafa mayor? !Son los sastres de “El traje nuevo del emperador” de Hans Christian Andersen! La realidad supera a la ficción.

Llegados a este punto, uno se plantea cómo es posible que la justicia mire hacia otro lado y no siente en el banquillo de los acusados a una presunta organización criminal supuestamente dedicada a la estafa a gran escala. Ya se que algunos lectores pueden pensar que exagero, y es posible, pero yo les propondría un simple, sencillo pero muy didáctico ejercicio. Imaginemos un curandero que asegura curar, por ejemplo, el cáncer mediante la imposición de manos. Ahora imaginemos que ese curandero crea miles de franquicias de su negocio curativo a lo largo del mundo. ¿Realmente podríamos creer que la justicia de ningún país enfrentara a la organización estafadora y se le dejara crecer, enriquecerse a costa de los ingenuos estafados (más los que sin creer en ellos, vía impuestos, ayudamos también a financiar tal aberración) y actuar impunemente? Lo dudo.

Entonces, algo falla. La justicia está de siesta. ¡Hay que despertarla! ¡Pero ya! Como soy español (y como dice la canción de Mecano, “no es un trauma ni un orgullo para mi, porque no me dejaron elegir”) la legislación y la situación de la justicia que conozco en mayor grado es la española. Estos días me he indignado profundamente al conocer el fallo (nunca mejor dicho) del Tribunal Supremo (a partir de este momento lo consideraré el Tribunal Ínfimo en base a las capacidades intelectuales que les supongo) en el que afirma sin el menor rubor que no se ha podido demostrar suficientemente que un iraní homosexual corra peligro en un país donde se les condena a muerte y en base a tal delirante argumento le deniegan el asilo.

Entonces tenemos que, por un lado, no ven claro que alguien que pueda ser condenado a muerte por una ley contraria a los derechos humanos pueda correr peligro, pero a la vez por otro lado, entienden que no hay indicios delictivos cuando se anuncia curar lo que no es ni tan siquiera una enfermedad. Ingenuo de mi, pensaba que lo de la ceguera de la justicia hacia referencia a su imparcialidad, a que no miraba quien era el juzgado, y finalmente parece resultar que sea por su incapacidad de observar la realidad del mundo en el que viven.

Debemos manifestar nuestra absoluta repulsa y airada indignación y no tragar más con estos desmanes (como reza el eslogan de una conocida empresa “Yo no soy tonto”), o en caso contrario sólo nos quedaría aferrarnos a la revolucionaria frase de los sesenta de “Paren el mundo que yo me bajo!”

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

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