Gays de derechas

“¿Cómo se puede ser gay y de derechas?”, se preguntaba mi pareja exasperado, refiriéndose a uno de los novios (es una larga historia) de mi amigo Jorge. Ciertamente es un fenómeno que algunos gays no alcanzan a comprender, como si la expresión perteneciera al ámbito del oxímoron o simplemente como si se quisiera llevar la contraria al orden normal de las cosas. Según este punto de vista, la derecha es lo más contrario al bienestar de los homosexuales, resulta inflexible en esta cuestión, es, en una palabra, “homófoba”, así en bloque y sin ambigüedades. Todo lo más, de existir, los gays de derechas serían unas armarizadas insufribles, presas de sus contradicciones, probablemente con cosas mentales raras, y sin duda incómodos con su sexualidad. Pero la actitud hacia la propia sexualidad no está relacionada de manera unívoca con el posicionamiento político.

Alberto Mira • 07/03/2008

Noel Coward: Muy de derechas, muy marica

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Lo cierto es que existen gays de derechas y están tan cómodos con su homosexualidad como los gays de izquierdas. Mucho más que algunos gays de izquierdas, incluso. Y ya puestos (espero que nadie se escandalice), a veces me siento mucho más cercano y mucho más cómplice con mis amigos gays de derechas que con un hetero homófobo de izquierdas. La distancia ideológica puedo salvarla, ignorar la homofobia me cuesta más.

Históricamente encontramos que tanto la izquierda como la derecha han utilizado la idea de la homosexualidad para desautorizar a aquellos que se consideran enemigos. En De Sodoma a Chueca comentaba que al inicio de la Guerra Civil, la derecha propagó el rumor de que Azaña, presidente de la Segunda República, era maricón, y los rojos hicieron lo propio con José Antonio Primo de Rivera, ideólogo de la Falange. Por otra parte, hay una larga tradición de homosexuales conservadores, aunque es cierto que acabamos por saber menos de ellos. Se me ocurre Noel Coward, sin ir más lejos. Los curas homosexuales (y hay muchos) serían, asumo, de derechas así como todos los militares homosexuales, lo que pasa es que la homofobia es parte escencial de estos ámbitos, así que en general se abstienen de declaraciones y hacen todo lo posible por pasar desapercibidos, con lo cual son menos identificables. El ensayista gay más influyente de las últimas décadas, Andrew Sullivan, se declara de derechas. A lo largo del siglo XX, tanto los regímenes de extrema derecha como los de extrema izquierda han dado muestras de homofobia, lo cual sugiere que ésta va más allá de las opciones políticas: por cada Hitler hay un Stalin, un Castro.

Sin duda el grueso de la cultura gay se acerca a la izquierda en los años sesenta, y esto resulta especialmente cierto entre los activistas. Esto sucede porque es la izquierda la que adopta la causa de la revolución sexual, y los gays del momento pensaban que esto les incluía a ellos. En España a esto hay que añadir que la derecha que nos gobernó entre 1939 y 1976 las hizo pasar canutas a los homosexuales (como las hizo pasar canutas a cualquiera que no siguiera ciertas pautas de comportamiento). El caso es que es fácil ver que coincidiendo con la emergencia de una izquierda que se convirtió en alternativa política, la situación de los homosexuales mejoró. Y los homosexuales en 1977 buscaron siempre el apoyo de opciones a la izquierda del espectro, porque con la derecha ya se sabía que no podía ser.

Sin duda la situación ha cambiado. El gobierno del Partido Socialista se ha mojado, sin tener por qué hacerlo, por los derechos de los homosexuales. Pero también cabe señalar que esta derecha no es la de los años setenta en la cuestión homosexual. Por una parte, la causa de la Revolución sexual, que antaño era determinante en la división entre izquierda y derecha, ha dejado de ser tema candente. Cierto que la derecha es más puritana en estas cuestiones, pero ya no hacen del sexo caballo de batalla. A ver, ciertamente se declaran contra “el matrimonio homosexual”, pero en su discurso ya no encontramos, salvo excepciones como los Polainos y compañía, la homofobia de antes. No sería de recibo. Líderes del PP declaran que a ellos lo único que les molesta del asunto es que se llame “matrimonio”. El argumento es implícitamente homófobo, pero hace una década probablemente habría dado pie a expresiones de homofobia mucho más brutales. La mayoría cuestionarán, un poco por lo bajines, el tema de la adopción. Pero seamos sinceros, la derecha ya no es lo que era. Se puede ser gay dentro del PP, y no pasa gran cosa. Tampoco en el PSOE tiene que ser un camino de rosas, cuando un reciente candidato a un puesto importante optó por el armario.

La gente no vota sólo “como homosexual”, y la sexualidad no ocupa el mismo espacio en las vidas de todos. Algunos, por trabajo o por inclinación, vivimos a gusto en esta idea de subcultura. Otros, una vez pasan los rituales de salir del armario y emparejarse, dan la espalda a cualquier cosa que sugiera esa subcultura con la que no se sienten relacionados. Esta distinción siempre me ha parecido más relevante entre los gays que la ideológica. Hace una década, en los Estados Unidos el partido republicano empezó a admitir homosexuales visibles en sus filas: la idea era que los homosexuales podían votarles de manera natural, porque al no vivir en familias (generalmente) y con su tendencia a constituir parejas en que había dos sueldos, preferían políticas que les permitiesen administrar su dinero, en lugar de una actitud más social que se dedica a escuelas, protección familiar y apoyo a madres solteras (a menudo heterosexuales). Socialmente, cuando se supera la amenaza de leyes opresivas, tiene cierto sentido que los homosexuales viren hacia la derecha y creo que no sirve de nada escandalizarse al respecto. Es decir, que no se trata de acusar a los gays de derechas de incoherencia, sino de producir un discurso que reivindique el hecho de que son gays, y por lo tanto “de los nuestros”, y que, en cierta medida, hay motivos por los que además de votar con la mano en el bolsillo o con la mente en una visión de la sociedad, tengan en cuenta otras razones que tendrán lo suyo de egoísmo.

En estos términos, el tema del matrimonio me parece que invita a que los gays de derechas, esta vez, voten como gays y no como conservadores. La reforma de la definición del matrimonio que realizó el gobierno de Rodríguez Zapatero en el 2005 hace que exista una división entre los dos principales partidos en este sentido. De hecho yo diría que dejando de lado la cuestión de principio, los gays de derechas tienen más que agradecerle que los gays de izquierdas: al fin y al cabo, los gays conservadores son, intrínsecamente, más proclives al matrimonio y la profesión de monogamia. Así que, dado que, según el señor Rajoy, ya no hay ni derechas ni izquierdas (es decir el que uno sea de derechas no significa que tenga que votar al señor Rajoy), ¿por qué no dejarnos de exclusiones? La opción política es cosa de cada uno, pero, por su propio interés, aunque sólo sea por mantener vivo el principio conservador de que el matrimonio es la base de la sociedad y las parejas sólo serán normales si son legítimas, hay motivos para que los gays de derechas, en esta ocasión, voten por partidos distintos al PP que son los únicos que van a proteger su estatus legal.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Alberto Mira

Alberto Mira es ensayista y profesor de cine en la Oxford Brookes University, donde da clases sobre Hollywood, representaciones de género y cine europeo. Es autor del diccionario Para entendernos y de una aproximación cultural a la historia de los homosexuales en España, De Sodoma a Chueca. A punto de publicación, tiene Miradas Insumisas. Los homosexuales en el cine, una visión del cine gay basada en la relación entre la experiencia homosexual de autores y espectadores y las películas que surgen de ella. Además ha publicado ediciones de Edward Albee y Oscar Wilde para la editorial Cátedra, así como otros ensayos sobre cine, homosexualidad y traducción en diversos volúmenes y revistas españolas, británicas y estadounidenses. Tiene dos novelas, Londres para corazones despistados y Como la tentación, que ganó el III Premio Terenci Moix de novela gay. Es fan de Henry James y de Nabokov, del musical de Broadway (de Porter a Sondheim), de Billy Wilder y Douglas Sirk, Fellini y Almodóvar, Wilde y Tennessee Williams, de las playas y las selvas, de Nueva York y de Costa Rica. Vive (todavía) entre Barcelona, Oxford y Londres.

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