Guti, Guti, Guti Maricón

No lo digo yo, ¿eh?, sino los hinchas del Atlétic en el partido de hace un par de semanas contra el Real Madrid. Lo llamaban maricón. No sé si se referían a algo en concreto o era más bien “maricón” así, en general. Después de todo, la palabra maricón es de las más utilizadas, por ejemplo, por los ruidosos heteros hinchas de fútbol que van a mi gimnasio. Y, aclaro, jamás se refieren a ninguno de los maricones que pacíficamente nos dedicamos a lo nuestro sin meternos con nadie. Se lo dicen entre ellos. Igual lo de Guti era lo mismo. Una cosa cariñosa, de hetero a hetero, para constatar que están del mismo lado, “mira que eres mariconazo, tío, cómo te las follas a todas”. Ese tipo de rollo.

Alberto Mira • 04/03/2008

Los hinchas los prefieren más machos...

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Pero ¿y si no? ¿Y si significase algo? Si uno se pasa por el YouTube y pone “Guti Maricón” salen varias versiones del vídeo del partido, y luego hay opiniones de los hinchas que insisten en que sí, en que Guti “es una nenaza” y cosas por el estilo. Igual es suponerles a los hinchas en cuestión una sofisticación y sutileza intelectual de las que quizá carecen pero ¿y si fuese algo afín, dios nos libre, al temido “outing”? Tampoco sería nada nuevo. Durante el siglo XX, el outing fue, casi exclusivamente, algo que los heteros practicaban alegremente, de manera moralizante, para debilitar, desautorizar o suprimir a ciertos individuos que, a veces, eran homosexuales. Y no pasaba nada. De hecho, a nadie preocupó demasiado esta invasión violenta de la intimidad hasta que los gays trataron de utilizarlo para reforzar la visibilidad propia de manera afirmativa. Entonces sí, entonces el outing era lo peor que podía hacerse.

En intencionalidad, el “Guti Guti Guti maricón” de los hinchas va bastante por ahí. Su actitud demuestra que el outing como injuria no ha desaparecido nunca. Son los heteros de actitudes homófobas quienes tienen la prerrogativa de decir quién es y quién no es homosexual siempre que sea en plan insulto. Dios me libre de buscar alizanzas con los homófobos en estas cuestiones. Lo único que digo es que aquí el único outing que parece preocupar es el organizado por los activistas (que, no nos engañemos, apenas ha tenido manifestaciones reales).

Imaginemos que Guti es algo así. Homosexual, gay, maricón, sarasa, nenaza, que le gustan los tíos, lo que sea. Imaginemos por un momento que a uno de sus amigos gays se le escapa alguna frase que sugiera que, efectivamente, Guti es “de los nuestros”. Sin mala leche, sin intención de invadir nada, simplemente dando la bienvenida al futbolista entre nosotros o tratándolo como lo más normal del mundo. Probablemente ni los propios gays apoyarían su gesto sin objeciones: que si la vida de cada uno es la vida de cada uno, que no hay que sacar a nadie del armario sin su consentimiento, que es una decisión personal. Los hinchas de fútbol heteros y homófobos en cambio pueden hacerlo con total impunidad. Y sin que su gesto tenga nada de amable, nada de casual, nada de normalizador. Igual es que sólo se puede imputar homosexualidad si la intención es descalificadora. El resultado es que la homofobia gana fuerza. En otras palabras el insulto no va dirigido contra Guti exclusivamente. Igual a él se la suda (debería sudársela) lo que digan aquellos energúmenos. Pero al resto de nosotros, los que sí somos maricones, debería preocuparnos.

¿Y por qué estos hinchas tendrían que hacer tal cosa con el pobre chico? Se trata del tipo de gente que aseguraría que en el fútbol no hay homosexuales y que de hecho no les interesa para nada la visibilidad gay. Para esta gente, los maricones siempre son los del equipo contrario. Igual es eso: maricones sí, gays no. Yo no había oído hablar de Guti hasta lo de la mariconería (es lo único que me hace prestar atención a los futbolistas), así que tuve que dedicarme a preguntar. Me dicen mis amigas futboleras que Guti es culpable de flirtear con esa reinvención hetero de nuestra entrañable musculoca que llaman “metrosexual”; de llevar el pelo largo; de tener cierto estilo Beckham; de haber sido sorprendido por los paparazzi italianos dando un beso en la boca a un presunto chico que luego resultó ser la hermana del futbolista. Más que nada, esto demuestra lo poco que necesitan algunos heteros para que les salten las alarmas. En cuanto te sales de los cuatro trazos que dibujaban la imagen del macho de toda la vida (descuidado y antiestético, creyéndose deseado por las mujeres sin tener que ganárselo, incapaz de tratar con ellas como iguales, paranoicos con respecto a su ano, que consideran siempre bajo asedio de homosexuales) no es que seas gay, sino que ya no mereces respeto. Eres maricón.

Yo no sé si Guti es gay. Si lo fuera, pues bienvenido fuera del armario: aquí hay sitio para todos y no echamos a nadie. Pero supongo que es una fantasía de los fans. Si de ellos dependiera, la masculinidad sería una, grande y nada libre, y el mundo sería un lugar donde no hay melenas, ni chicos guapos y donde uno no puede ni besar a su hermana para felicitarla. Sería una masculinidad ruidosa, monolítica, que restringe las posibilidades de las mujeres y anula a los hombres que no la comparten. Si una virilidad más flexible significa que uno es maricón, pues igual es el momento de que Guti y todos los heterosexuales con cierto sentido del estilo, se pongan de pie y reconozcan que también ellos son “maricones”.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Alberto Mira

Alberto Mira es ensayista y profesor de cine en la Oxford Brookes University, donde da clases sobre Hollywood, representaciones de género y cine europeo. Es autor del diccionario Para entendernos y de una aproximación cultural a la historia de los homosexuales en España, De Sodoma a Chueca. A punto de publicación, tiene Miradas Insumisas. Los homosexuales en el cine, una visión del cine gay basada en la relación entre la experiencia homosexual de autores y espectadores y las películas que surgen de ella. Además ha publicado ediciones de Edward Albee y Oscar Wilde para la editorial Cátedra, así como otros ensayos sobre cine, homosexualidad y traducción en diversos volúmenes y revistas españolas, británicas y estadounidenses. Tiene dos novelas, Londres para corazones despistados y Como la tentación, que ganó el III Premio Terenci Moix de novela gay. Es fan de Henry James y de Nabokov, del musical de Broadway (de Porter a Sondheim), de Billy Wilder y Douglas Sirk, Fellini y Almodóvar, Wilde y Tennessee Williams, de las playas y las selvas, de Nueva York y de Costa Rica. Vive (todavía) entre Barcelona, Oxford y Londres.

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