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Almoneda. Mil viajes en uno.

A veces, para viajar, no es necesario ir muy lejos… y sin embargo el viaje puede ser largo y profundo, múltiple. Una almoneda siempre es una ocasión de hacer ese paseo hacia muchos lugares y épocas de forma simultánea. Y eso es lo que hice el pasado sábado en el Pabellón de la Pipa de la Casa de Campo de Madrid. Ver toda aquella superficie de altos techos cubierta –literalmente- por el sueño perfecto de un enfermo del síndrome de Diógenes me llenó de asombro y curiosidad.

Guillermo Arroniz López • 24/05/2013

El pasado en forma de objetos

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A veces, para viajar, no es necesario ir muy lejos… y sin embargo el viaje puede ser largo y profundo, múltiple. Una almoneda siempre es una ocasión de hacer ese paseo hacia muchos lugares y épocas de forma simultánea. Y eso es lo que hice el pasado sábado en el Pabellón de la Pipa de la Casa de Campo de Madrid.

Ver toda aquella superficie de altos techos cubierta –literalmente- por el sueño perfecto de un enfermo del síndrome de Diógenes me llenó de asombro y curiosidad. Los cientos de objetos que tenía delante de mí eran casi incontables: cuadros, candelabros, libros, discos, pendientes, anillos, collares, broches, imágenes religiosas, relicarios, aparadores, estanterías, camas turcas, máquinas de fotografía, botellas, latas de Cola cao, muñecas (enteras, magulladas, cercenadas, piernas solas…), anuncios, postales, fotografías placas conmemorativas de regias visitas, lámparas, cheslones, ropas, insignias, juguetes… Un maremágnum absoluto, una locura abigarrada, una superposición de décadas e incluso de siglos en grandes y pequeños objetos que han sobrevivido a sus originarios dueños, a veces ricos, a veces no, y nos han dejado una huella, todavía fresca, de aquellos que los poseyeron, compraron, utilizaron o rompieron incluso.

Muchos de aquellos elementos del totum revolutum frente al que me encontraba eran de una belleza, un exotismo o una originalidad tal, que hubieran dado por sí mismos, cada uno de ellos, para inspirar a los más exigentes escritores. Odas a odaliscas que sedujeron en aquella cama turca –o muchachos persas, quizá, que tentaron a Lord Byron; cajas de marquetería o metal plateado de ricos trabajos, tan vistosas, que su valor podría ser superior al de los tesoros en joyas o monedas para los que habían sido creadas y sobre cuya elaboración se podrían escribir relatos costumbristas; óleos que desprendían un intenso aroma a incienso eclesiástico, con calidades que iban desde las más toscas hasta buenos pinceles del siglo XIX… que podrían dar vida a plumas novelescas en la onda de La Regenta. Me sentí embriagado por tanta historia (con minúscula, historia de las gentes y no de los que toman las decisiones que conforman la Historia) contenida entre aquellos muros, y por la capacidad evocadora y literaria de la misma, aunque ya se sabe que la Realidad supera siempre a la Ficción.

Imposible saber todas las localidades y las fechas de las que provenían aquellas maravillas que se agolpaban frente a mis ojos. Y sin embargo, su mera presencia allí, era un compendio de realidad, de pasado, innegable. Entre los representantes o dueños de las tiendas que exponían, algunos, mayores, casi como venidos de los albores del siglo XX, se ofrecían a explicar procedencias, utilizaciones o rumores sobre este o aquel lienzo o imagen de santo que tenían entre sus mercancías. Otros, más modernos, parecían querer aplicar los nuevos conceptos del rigor y el marketing a este comercio tan especial, tan dado al regateo, a la fluctuación de los precios según esa ley de la oferta y la demanda del sector de la segunda mano y el vintage que todo lo marca. De igual forma que los sellos pueden tener un valor por encima de su coste de producción, las piezas antiguas también constituyen una reserva de riqueza que no sabría muy bien explicarse. Es el afán coleccionista, o el deseo de mantener vivo el pasado, el amor por la Historia, los que dotan a estas piezas de un “precio” superior a su coste en materiales o producción.

En realidad, la Historia nos contemplaba con mil ojos desde mesas y muebles donde se exponían las diez mil y una maravillas en busca de una nueva vida en un nuevo aparador, una nueva casa, una nueva pared, un nuevo cuerpo, un nuevo siglo. Dentro de la variedad de objetos y calidades, la mayoría de lo expuesto, de alguna forma, tenía un marcado carácter español: las botellas de La Casera; las cajas de lata de Cola-Cao; las imágenes de santos; algunos muebles de fábrica castellana o catalana; algunos óleos costumbristas… Se respiraba lo español y era posible ir de una provincia a otra dando saltos de cientos de kilómetros de una mesa a otra, a veces incluso en la misma mesa. De igual manera era posible viajar de mis ochocientos noventa a mil novecientos sesenta, con la misma rapidez, como si el tiempo pudiera, realmente, estirarse como chicle, o mejor dicho, contraerse. Me estaba asomando a casas y museos de otros siglos, de otros lugares, podía imaginar las iglesias donde esos candelabros sostuvieron durante tantas misas las velas encendidas, las lámparas de aceite encendidas y el incienso perfumándolo todo y espiritualizándolo también. Las tardes de juegos con aquellos camiones y muñecas, las mañanas del día de Reyes y las caras de nuestros abuelos al ver los pequeños objetos de su ilusión. Ropas, cuberterías de plata en cajas forradas de tela que se sacaban sólo para las comidas especiales, para las grandes ocasiones. El viaje era tan múltiple que mareaba si uno no sabía controlarse. Era una velocidad excesiva, una cantidad exagerada, unos saltos en el tiempo y el espacio demasiado importantes.

Me pregunté si nuestros objetos cotidianos: jarras de plástico, rotuladores secos, móviles sin funcionamiento, wiis desvencijadas, envases de comida precocinada, podrían exponerse, décadas más tarde, y despertar el interés de los coleccionistas y anticuarios; y me respondí que no. Y no ya sólo porque su multiplicidad, falta de personalidad individual y abundancia vuelven sin valor todas estas cosas que nos rodean, sino porque adolecen de un terrible feísmo, de una falta absoluta de artesanía. El tiempo, la dedicación, está en la tecnología que llevan muchos de ellos, pero en la tecnología es difícil encontrar el amor que se pone en la obra manual, en el diseño delicado, en lo que se ha esculpido o labrado por la fe… en Dios, en el Arte, en la Belleza. ¿Quién querrá coleccionar los platos de ducha –nada que ver con aquellas bañeras exentas, con pies en forma de garra de león, prodigio de la cerámica y las formas cóncavas-; los cubiertos de plástico; los vasos de papel; las play-stations de pantalla apagada, meros pedazos de plástico y microchips?

Sí, sí, soy un nostálgico, un enamorado de la Historia. Y por cada línea del disco LP o del de pizarra, pagaré; por cada postal en blanco y negro; por cada vestigio hermoso del pasado trabajado teniendo en mente la idea de que la ornamentación hace la vida mejor. Porque la belleza también alimenta. Y por eso esta época está hambrienta, y nada la sacia: la mayoría de los objetos que nos rodean serán muy útiles o divertidos, pero hemos extraído de ellos la belleza a patadas.

Así que no os extrañe si me encontráis en la próxima almoneda, quiero seguir siempre viajando a un mundo en el que espíritu se ensanchaba con estas obras del ser humano, ¿os animáis?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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