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El anfitrión juega al escondite. Los atractivos hombres que me miran y me susurran. Contubernio italiano.

Hace unas semanas hablaba del aquel cuadro de Caravaggio que escapaba a mi vista, cedido a una exposición fuera de la Colección que es, habitualmente, su casa, en Milán. Me quedaba así sin ver en directo la segunda versión de “Los discípulos de Emaús”. Sin embargo, unas semanas más tarde el azar me hacía pisar tierras londinenses (lo de tierras no es un decir pues así lo hice en The Mall camino de la magnífica exposición sobre el vestuario de la corte en las épocas Tudor y Estuardo de la monarquía inglesa) donde el calor me acogió con los brazos desplegados, ardientes, sofocantes, húmedos de sudor y de río. El verano más caluroso desde 2003, año que también viví en aquella isla mágica.

Guillermo Arroniz López • 16/08/2013

Retratos italianos

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El anfitrión juega al escondite. Los atractivos hombres que me miran y me susurran. Contubernio italiano.

Hace unas semanas hablaba del aquel cuadro de Caravaggio que escapaba a mi vista, cedido a una exposición fuera de la Colección que es, habitualmente, su casa, en Milán. Me quedaba así sin ver en directo la segunda versión de “Los discípulos de Emaús”.

Sin embargo, unas semanas más tarde el azar me hacía pisar tierras londinenses (lo de tierras no es un decir pues así lo hice en The Mall camino de la magnífica exposición sobre el vestuario de la corte en las épocas Tudor y Estuardo de la monarquía inglesa) donde el calor me acogió con los brazos desplegados, ardientes, sofocantes, húmedos de sudor y de río. El verano más caluroso desde 2003, año que también viví en aquella isla mágica. Unos aparatos de aire acondicionado no acostumbrados a trabajar a aquel ritmo acabaron por colapsarse y mis horarios fueron de lo más extraños, aunque también de lo más productivos, especialmente a las primeras horas del día y a las últimas. Hay que subrayar, en honor a la verdad, que el centro de la capital, a las seis de la mañana, está vacío. Vacío como la botella de vino tras la fiesta. Se pueden cruzar Oxford Street y Regent Street sin mirar, que es tanto como decir que se pueden cruzar la Gran Vía y la calle Alcalá sin prestar atención al tráfico. No es posible, sin embargo, afirmar lo mismo de la noche londinense. Soho parecía un hervidero a las once y a la medianoche y los gatos eran pardos… y blancos como las piedras de Albión: en esta zona de la ciudad hay un reducto de luces que contrasta con la soledad y la oscuridad (casi medieval) del área que rodea a la Casa de la Joya, por ejemplo, único reducto del palacio de Westminster que resiste a espaldas de la famosa abadía. En ninguno de ambos lugares hacía fresco o brisa alguna, pero los lugareños y los turistas parecían haberse hartado de refugiarse en casas, restaurantes u hoteles.

La cuestión es que durante las primeras horas de la tarde lo mejor era refugiarse en cafeterías, tiendas o museos con buen sistema de refrigeración. Puestos a elegir acabé en la National Gallery, por ejemplo, donde caminé sin rumbo fijo, dejándome llevar por la belleza que me rodeaba y el instinto, sin evitar la visita al supuesto César Borgia “encerrado” o contenido en el protagonista de Altobello Melone en “Cristo camino de Emaús”. Entonces, en la sala magnífica donde se encuentra este lienzo ignorado por la gran Historia, empecé a sentirme observado. Se trata de una hermosa sala de paredes forradas de tela adamascada, y con un buen número de cuadros renacentistas italianos. Hay, de hecho, dos filas de lienzos una encima de la otra a lo largo de las cuatro paredes. Y normalmente un público que, sin ser tumultuoso, es abundante. A saber si alguien me observaba y por qué.

La sensación, a pesar de todo, no desaparecía. Mi nuca parecía un alfiletero de ojos puntiagudos. La gente iba y venía por lo que era difícil saber si alguien en concreto estaba espiándome por cualquier razón o si sólo era víctima de una paranoia. Había algo mágico en aquello, algo tenebrosamente bello. Algo antiguo, de sabores pasados y realidades presentes. Perfumes evaporados siglos antes llegaron a mi olfato y eran profundos, pesados, notorios. Intentaban maquillar unas costumbres de aseo menos frecuentes que las del siglo XXI. Empecé también a escuchar crujidos y roces de telas que nada tenían que ver con las cómodas, ligeras y flexibles urdimbres, incuso plásticas, que llevamos hoy en día. Y empecé a comprender.

El suelo emitía pequeños quejidos de madera y las paredes exudaban un frío de piedra desnuda. Aquella sala de museo se había convertido en el salón de espera de un palacio italiano por arte de magia (y sugestión auto-inducida, que es el poder de la Literatura más vigorosa y enfermiza). Había allí un sastre y un joven soñador de mirada perdida en una techumbre a la que sus ojos no llegaban nunca, posiblemente un poeta de buena familia esperando a un mecenas que lo patrocinara, no por su dinero, sino a través de su prestigio y contactos en la corte de artistas; y juraría que estaba viendo a Ludovico Martinengo, de una noble familia de Brescia, vestido con una capa roja y un precioso bonete, no exentos de riqueza ostentosa. Todos compartían la belleza de la juventud, aunque el sastre era ya un hombre de mirada fuerte, de masculinidad evidente y poderoso vello facial. Y todos me miraban. Sabían que yo estaba allí como yo sabía que ellos lo estaban. Mientras mis contemporáneos pasaban admirando sus ropas o las técnicas de los artistas, yo los veía vivos, atrapados en el tiempo desde hacía casi quinientos años para poder observar el paso de los mismos, uno tras otro, de forma implacable y mortal. Había entre ellos un secreto que compartían, algo que quizá hubieran querido guardar para sí, pero que se veían impulsados a contarme.

De una sala no lejana me empezó a llegar la voz de un maestro bien querido, era, sin duda, Ariosto, retratado por Palma Vecchio, recitando su Orlando Furioso. Sin duda agradecía con su voz que hubiese ido a visitar su casa en Ferrara, visita obligada y sorprendente por la escasez de huellas del maestro... Había algo de nostalgia en su declamación épica, lo que le restaba el carácter heroico quizá pero le dotaba de una musicalidad narrativa que te inducía a soñar. Vi entonces, por otra de las puertas de la sala, a un hombre joven de arrogante gesto (su traje negro parecía indicar un ascendente español). Sostenía el libro que probablemente recitaba de memoria Ludovico. El iris de su ojo izquierdo, escorado hacia la izquierda de forma notable, no conseguía romper la belleza de sus labios, el toque elevado de su nariz, la elegancia segura de su pose. Bronzino había dejado su impronta en el retrato. El dedo índice del altivo y seguro muchacho, quien me miraba con deseo no disimulado, atrapado u ocupado en señalar la página por la que iba recordando versos Ariosto, no pudo mandar callar al Caballero de Tintoretto que, desde los talleres, oculto en los subterráneos del museo y bajo capas de barniz que oscurecían su rostro y le hacían perder detalles, empezó a susurrarme un mensaje.

“Él está aquí. Corre, Él está aquí”.

Los otros: sastre, bello soñador y noble bresciano, tampoco pudieron evitarlo. En el fondo querían que yo lo supiera, aunque fingieran lo contrario. Sus deseos tomaban forma en mí pues, al verlos, al saberlos allí y haberles preguntado yo inconscientemente podían por fin liberarse de las cadenas de su aparente silencio de óleo fijado en la tela. Pero, ¿no se mueve acaso el óleo? ¿No son los pigmentos una reacción química en permanente cambio? Nunca he dudado que sus ojos, sus pintados ojos, por el mismo motivo, pueden vernos, vernos mejor que nosotros a ellos; que sus oídos nos escuchan atentamente; y que sus bocas nos critican o nos alaban a voz en grito aunque nosotros, sordos con la cabeza taponada por el pesado líquido de la impertinente realidad de nuestros días, no sepamos atender a sus voces.

Sí, yo les había preguntado… o al menos les había contado mi desafortunada cita en Milán, a pesar del silencio de mis labios. ¿Acaso podía pensar en otra cosa en una pinacoteca?. Y ellos, generosos en su aristocracia natural, a pesar de separarnos siglos de distancia, querían ayudarme.

“¿Quién sois vos y por qué me habláis?”, respondí a aquella voz del caballero oculto entre telarañas de polvo atrapado por finas sábanas de barnices. “Vuestras delicadas manos y atentos ojos me hablan de vuestra bondad pero nada me revelan de vuestra procedencia o linaje”.

“Mi origen es un secreto. Incluso mi edad lo es. El estado deteriorado de los pigmentos hace imposible averiguarlo. Las damas no son las únicas en usar tretas para ocultar la cantidad de sus primaveras. El amplio abrigo me ayuda también a pasar desapercibido. Vivo llevando mensajes de la forma más discreta. Soy la contrapartida humana de Mercurio. Y no os miento. Él está aquí y os espera”.

Agradecí sus palabras con una leve inclinación y puse camino hacia mi anfitrión al que tanto parecían gustarle los juegos. Yo sabía a quién se refería el misterioso personaje que me había hablado desde los sótanos del museo y puse rumbo a las salas del barroco mientras sentía los ojos de los seis galantes caballeros siguiendo mis pasos. Incluso el poeta o filósofo que reflexionaba bajó disimuladamente la dirección de su mirada para estudiar mis movimientos.

Él no estaba lejos. La primera versión de “Los discípulos de Emaús”, con su luz prodigiosa me recibía. Cristo bendice el pan mientras su rostro, aniñado, libre de toda barba o señal de su pasión, recibe a su vez la bendición de la luz. Los discípulos, gente del pueblo, asisten abrumados a la escena que les revela quién es su acompañante. No hay fondos que distraigan la atención, aunque sí un magnífico bodegón pintado con alarde técnico y un cuarto personaje, el posadero, que ignora lo que está sucediendo ante él como las personas que me rodeaban ignoraban la emoción de encontrarme con esta versión del polémico y virtuoso pintor italiano. Los seis caballeros, desde sus respectivas salas y sótanos, me escoltaban, hacían coro y silencio y oración. Sus bellos rostros, manos y cuerpos eran el marco perfecto para este encuentro del que fui privado en Milán.

La emoción me dominaba. Hasta Ariosto había enmudecido. Aún pasaron algunos instantes hasta que se rompió el encantamiento.

The Tailor ('Il Tagliapanni') 1565-70, Giovanni Battista Moroni

Portrait of a Young Man about 1540-5, Moretto da Brescia

Lodovico Martinengo 1530, Bartolomeo Veneto

Fuera de la sala:

Portrait of a Poet about 1516, Palma Vecchio

Portrait of a Young Man probably 1550-5, Bronzino

Portrait of a Gentleman about 1590-1600, Domenico Tintoretto (?)

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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