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El salto del pastor y la sangre del Drago.

Quien piense que Gran Canaria se agota en las playas o en las fiestas de Carnaval o en la preciosa ciudad de Las Palmas se equivoca terriblemente. Ya el año pasado rendí homenaje a esta tierra insular con cuatro artículos que permitían penetrar ligeramente alguno de los bellos tesoros de la isla. Vuelvo hoy a hablar de este lugar maravilloso al descubrir parajes que me llevan a otros mundos y otros tiempos.

Guillermo Arroniz López • 17/02/2015

El Teide desde el Roque Nublo | Foto: Uso permitido

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No sé cuántos metros de ascensión son, ni cuantos de camino, pero la irregularidad del paseo y la cercanía de los pinares canarios, así como la vista de los barrancos a uno y otro lado hacían el tiempo muy maleable, hasta esos límites que su propia condición le permite, pues uno no puede evitar pararse a contemplas las abruptas y bellísimas vistas de verdes y ocres, de valles y montañas, al tiempo que cuida de dónde pone manos y pies para poder avanzar.El Monumento Rural de Roque Nublo es una extensión pedregosa que asciende hasta casi dos mil metros por encima del nivel del mar y está coronado por un roque inmenso, una roca de ochenta metros cuya base es más pequeña que la parte más alta, lo cual lo vuelve aún más sorprendente, más sensacional su vista.Hasta llegar a tocar esa roca volcánica, como toda la isla, la senda es algo tortuosa y desigual, pero senda al fin y al cabo, y no precisa de capacidades o habilidades de alpinista (de lo contrario no habría podido acceder).El rocoso espacio de sendero complicado descansa en un amplio repecho desde donde el caminante suele parar parar para tomar resuello en alguna de las grandes rocas dispersas que pueden servir de asiento... pero cuando se acerca finalmente al Roque... ¡la sorpresa del Teide en el horizonte, por encima de un mar de nubes que envuelven la cumbre y que cubren el mar lo deja totalmente impactado! ¡Quién no diría que, con una lanza lo suficientemente larga no se podría llegar a esa otra isla del volcán, usando del salto del pastor! Un salto de dimensiones kilométricas, y sin embargo... tan imaginable. Tradición ancestral de estas islas, y no sólo de Gran Canaria, los antiguos habitantes solían utilizar un palo largo de punta quemada para saltar de lo alto de las rocas al suelo y poder continuar su camino sin sotear tortuosa y lentamente, paso a paso siempre incierto y a veces arriesgado, un conjunto escarpado u otro. Lo aprendo de viva voz de un practicante de esta costumbre al que veo saltar allí mismo para entretenimiento de mis ojos, aprendiendo que esto no es un deporte ni existe competitividad alguna entre los que se esfuerzan por mantener viva esta historia canaria que ha llegado hasta nosotros gracias a los pastores y que hoy sólo se practica de forma lúdica. En medio de este paraje de vistas que alcanzan kilómetros y kilómetros, rodeado de piedras que parecen quemadas por atreverse a estar por encima de las nubes, y viendo estos saltos el reloj parece haber girado hacia atrás años y años, más allá de cinco siglos... cuando la población autóctona recibió la conquista peninsular... o incluso doce o trece millones de años cuando la isla surgió de entre las aguas adoptando esta orografía abrupta y desafiante al equilibrio humano. Esa sensación de tiempo sobrehumano, de paisaje entre lunar y abrasado, rodeado por el verdor de los bosques en esos valles donde se diseminan pueblos llenos de encanto y terrazas de cultivos, trastorna mi percepción del mundo y olvido el concepto de ciudad.Algo que se acentúa cuando escucho tocar el bucio. Esto no deja de ser contradictorio pues sólo el hombre es el que hace uso de esas grandes caracolas adornadas para avisar sobre la llegada de piratas o enemigos... pero el sonido es tan cónico, tan profundo y previo al concepto de música humana que me retrotrae a momentos en que sólo los vegetales poblaban la tierra y los primeros peces y moluscos empezaban a surcar los mares... mucho antes aún de que estas islas surgieran de esas mismas aguas, quizá. Escuchar ese sonido lleno de mar y de conchas en este paraje en ajena nuestros sentidos y el tiempo, otra vez el tiempo, se detiene y se hace eterno.Llegar a los pies del gran Roque implica haber visto en el camino aquel otro que tiene forma de Monje con hábito y capucha, imagen que nuestro cerebro reconoce en las líneas puntiagudas de esta elevación rocosa y que nos traslada a una imaginada Edad Media en la que la religión ocupaba el gran espacio en la vida del hombre... o al menos así lo creemos. Pero justo frente a ese Roque Nublo hay otro que parece adoptar las hechuras de una rana o sapo, incluido su ojo derecho saltón. ¿Acaso canta en silencio ese sapo al gran Roque en espera de una respuesta de amor? ¿Acaso mira a que de ese gran bloque salte otra rana oculta en su parte alta? Es imposible saberlo. El misterio del mineral y sus formas nos encanta y nos sigue alejando de nuestra vida diaria. Aquí todo es silencio, misterio, naturaleza ajena del hombre... incluso a pesar de la llegada del mismo. Apenas unos pasos nos separan de el último mirador, a los pies mismos de esa roca sin pies, toneladas y toneladas que parecen en equilibrio desafiante. La sombra del Roque hace que el aire parezca más frío y la pendiente provoca un vértigo mayor que cualquier otro punto del recorrido. Es el final del camino. Ya sólo queda regresar... A la ciudad, al bullicio y al hombre. Al tiempo real en que vivimos, si es que el tiempo existe, si es que algo es real.

Comemos en Cruz de Tejeda, y avanzamos hacia el atardecer pasando por las cuestas de Tejeda, un pueblecito lleno de encanto donde el sol bendice los nichos del pequeño cementerio. Entre la vegetación autóctona vemos el pino de tres acículas, que se quema por fuera pero no por dentro, por lo que el fuego no acaba con la vida y los brotes de ese árbol que parece el equivalente vegetal del ave fénix, la flor de mayo o la violeta del Roque Nublo, la frondosa palmera canaria o el verode, una planta de hoja/flor muy gruesa que aparece en techos y rincones en cuanto la humedad se lo permite, como un musgo sobredesarrollado. Pero no vemos el famoso drago ni encontramos su resina, esa sangre de supuestos beneficios medicinales, esa savia que se vuelve roja al contacto con el aire. Quizá dejamos alguno atrás y no soy capaz de fijarme en él... pero no puedo evitar pensar que habría sido mágico ver elevarse el humo de la resina del drago, y oler sus aroma característico en lo alto de esa subida, en el repecho anterior al Roque Nublo, como si hubiéramos practicado un rito milenario de veneración a lo que no se ve o no puede explicarse: la sangre del dragón que es árbol y es metáfora, en un espacio abrasado por el sol, entre las formas de equilibrios que desafían aparentemente a la gravedad y, aunque sujetas al tiempo, lo trascienden y lo ponen en tela de juicio. Oh, Gran Canaria, tu enigma no se agota.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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