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El viaje del sueño cumplido

El viaje de la creación es hacia un sueño que nunca llega a cumplirse del todo. Es un viaje que son mil a la vez. Un retorno a uno mismo, como el de Odiseo, y una aventura hacia lo desconocido. Los caminos son múltiples y están llenos de cardos y espinas, pero también de flores llenas de aroma, de fuertes árboles, de ciudades maravillosas y perfectas. Se aprende leyendo; se disfruta, se sufre, se ama leyendo. Y se es creando.

Guillermo Arroniz López • 07/12/2012

Pequeños laberintos masculinos en Londres

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El viaje del sueño cumplido.

Ayer –quiero decir el pasado lunes tres de diciembre- viajaba yo a otra de esas regiones no físicas, que no ocupan un espacio, y que, sin embargo, se pueden sentir físicamente. Ayer –quiero decir el pasado lunes tres de diciembre- presentaba mi libro de relatos ante setenta personas y habría quien diría que había conseguido llegar al final de un camino, al final de un sueño. Sin embargo era más bien el comienzo de un sueño cumplido, una senda que, tras mucho buscarla, se hacía visible entre la maleza. Se ha pasado hasta llegar a ella por la frondosidad de los cientos de páginas escritas, un viaje donde esa maleza ocupa gran parte del camino y hay que aprender a separar el grano del trigo; la flor, de la planta trepadora; el sólido árbol bien estructurado del seto que cualquier viento fuerte podrá arrastrar por su falta de raíz. Esa parte del viaje es como el Guadiana, está ahí siempre pero se ve más o menos claramente. Es importante no ahogarse entre el exceso de ramaje, de papel, de archivos de ordenador, de cuentos, poemas, artículos, novelas, reseñas… Es importante no dispersarse para no acabar siguiendo hacia un horizonte sin definir. Y es que, a veces, los árboles no dejan ver el bosque; pero a veces también es a la inversa. Hay quien me ha contado que, incluso, esta puede llegar a ser una travesía por el desierto. Que por más que uno quiere crear, parir, dar a luz esos setos, árboles, plantas, hojas, tallos, flores, esquejes, ramajes, follajes… no surge nada; una sequía se apodera de la mente, y va secando los músculos del brazo, allanando el paisaje de dunas y arenas, hasta que la mano queda completamente inmóvil y el silencio de la noche queda sólo acallado por el abrasador sol que desde el alto refleja sus rayos en el carácter yermo del suelo. No he pasado nunca por ahí, y mi travesía ha sido mucho más entre la tentación de atender a un gladiolo, o intentar producir un hermoso árbol de Judas. Con las secuoyas, esas grandes obras de quinientas páginas, aún no me he atrevido. Soy demasiado impaciente como para verla crecer y dedicarme por entero a un tronco tan alto, tan largo, tan poderoso… Me he sentido más tentado por las olorosas flores (digamos que son los poemas); y los decorativos setos que sirven de jardín a casas tan importantes (como las reseñas o artículos de viajes); y los árboles de tamaño reducido, como los nanorrelatos o las breves historias de Pequeños laberintos masculinos.

Pero en este camino de vegetación y exuberancia ha habido muchas más cosas. Uno no puede dedicarse a la jardinería ni a la selva, hay pocos privilegiados (o atormentados, bastaría con leer el famoso prólogo de Capote para cuestionárselo) que puedan hacerlo… Bien por el contrario una ha de dedicarse a levantar las piedras que no pueden sortearse. Son piedras, como la de Sísifo: ganarse el pan cada día es una roca que no puede rodearse sin más, hay que tomarla cada jornada para, una vez apartada del camino, poder volver a la ingeniería vegetal, al paisaje lleno de vida y promesas, frutos por morder, tentaciones constantes. También podría decirse que, al despertar, cada mañana, alguien ha puesto una duna llena de granos de arena, que impide ver las vistas de un oasis maravilloso y rico, dátiles y palmeras, rebaños y estanque. Y es necesario, pala a pala, mover esa duna que el aire volverá a mover frente a nosotros al día siguiente. Puede ser una duna que nos guste mover, una pala que dé gloria utilizar, o una actividad que nos estimule, pero cuando el oasis está más allá de esa elevación de tierra, no deja de ser una carga que nos aleja o nos distrae de nuestro objetivo, de nuestro sueño.

En esa travesía de obstáculos y Literatura-jardinería; se aprende y se desaprende cada día. Contemplar los vergeles de otros, los cármenes de otros maestros y aprendices en esta labor de transmitir con la palabra historias, emociones, opiniones, es la auténtica escuela… y lo que es más, el agua que da vida a la semilla de mi inquietud como autor. Visitando estos mundos tan dispares (piénsese en un Quevedo y en un Jonathan Safran Foer, por ejemplo; o en un Eduardo Mendicutti y un Paul Verlaine por poner otro caso) se contemplan ciudades hermosas; perfecciones renacentistas; altares barrocos llenos de increíbles y excesivas flores como las de William Blake, o selvas rocosas y llenas de claroscuros, como las de Terenci Moix. Se acude, con la belleza de lo inmediato, a la emoción de ver nacer la vida, o se sufre con la crueldad humana bien plasmada. Los mundos y los viajes a los que estamos invitados son, casi, infinitos. Es una bendición esa riqueza de la Historia de la Literatura. Ahí, modernos y antiguos, clásicos y vanguardistas, poetas y novelistas, periodistas y cuentistas, biógrafos y ensayistas nos dan lo mejor de sí, nos ofrecen las ventanas al microcosmos que vive en cada uno de nosotros. Cada autor nos abre puertas a campiñas inglesas, a ciudades futuristas, a pasados gloriosos, a las miserias de la ciudad industrial. Los viajes son tan variados, tan enriquecedores… unos son lentos y detallistas como los mercados de Zola; otros son ágiles, psicológicos y extravagantes, como el Japón de Amélie Nothomb. Con su personalidad, nos ayudan a tener la nuestra propia, a dibujar y perfilar con tijeras, nuestras ciudades de plantas únicas. En sus fuentes de aguas creadoras bebemos y sus líquidos nos transforman por dentro para poder dar nuestra propia realidad con letra clara y bien formada.

El viaje es tanto mejor cuanto más largo, aunque la impaciencia por llegar a veces lo vuelve tortuoso. Ver transformadas las palabras imaginadas en ese objeto de culto que es el libro, con su portada en color (o en blanco y negro), puede considerarse un prodigio de la alquimia, y uno puede sufrir alteraciones graves como Goethe a su llegada a Florencia.

Pero cuando se llega a la puerta del Baptisterio y, venciendo todo cuanto se ha dicho, y todas las imágenes que ya han llegado a nosotros, experimenta por primera vez las Puertas de Paraíso se da cuenta de que ahora, esa gran emoción, esta excitación tremenda, es la invitación a un nuevo misterio, que es el interior mismo, lo que nos espera tras las puertas. Aquí comienza un nuevo viaje. El reto es olvidar el anterior, prepararse para un nuevo periplo donde uno no ha de dejar de ser quien es, pero debe estar dispuesto a abordar el nuevo paisaje… el lector y el deseo así lo imponen. La travesía está a punto de comenzar.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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