Elche y la torre misteriosa.

Elche y la torre del misterio.   Hay ciudades (quizá todas las ciudades) que guardan rincones exquisitos, casi secretos a pesar de su carácter público y su fácil acceso para todos. Quizá se les considera "obras menores" pues no tienen descomunales tamaños ni están formadas por ninguno de los artistas de renombre universal. Pero ello no les impide tener preciosas dosis de encanto. 

Guillermo Arroniz López • 16/08/2016

Torre Calahorra | Foto: Uso permitido

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Ese encanto se acrecienta porque uno no se ha generado expectativas respecto a ellas y porque muchas veces los interiores de monumentos y palacios no son tan fáciles de conocer en la Red. Eso, sin duda, juega a su favor. Tienen el elemento sorpresa en su haber y de esa manera es posible mantener el misterio, el gran aliado de los auténticos viajeros, esos de antes de 1922. Las páginas web de turismo de las ciudades, las guías y los rincones de opinión (por ejemplo las redes sociales) suelen limitarse a uno o dos párrafos y con suerte a una fotografía del exterior de aquellos monumentos que no son los más sobresalientes. De esta forma, los viajeros que deciden aventurarse en su interior, dedicarles el tiempo que quizá no aconsejan los "especialistas" en viajes, tienen todo por descubrir, y para ellos resulta tan virgen el tesoro como lo fuera para Howard Carter la tumba de Tutankamón.

Así que si deseáis hallar por vosotros mismos lo que contiene la Torre de la Calahorra en Elche dejad de leer en este momento, pues me dispongo a describiros mi llegada a este lugar histórico, vestigio de mil pasados. Y si, a pesar de todo (advertencia incluida), estáis dispuestos a seguir leyendo preparaos para volar a través del tiempo y del espacio.

La torre, por fuera, no parece muy grande. En en realidad la suma de dos edificios, una torre árabe del siglo XII o quizá del trece y un edificio añadido para el almacenamiento del grano, mucho tiempo después. Hoy son un único conjunto indivisible de planta rectangular que hace ya décadas y décadas y décadas que dejó atrás su función defensiva en las murallas de la ciudad y que ha pasado por numerosos usos a través de los tiempos.

Uno de ellos fue el de logia masónica, en el siglo XIX. Huellas quedan de dicha circunstancia pues en el "salón de baile", lugar de encuentro de la logia, el erudito local, Pedro Ibarra, pintaba unos frisos de temas egipcios sobre la vida y la muerte... Son pinturas imbuidas de esoterismo, que no responden exactamente a lo que hoy sabemos sobre las esfinges o la deidad de Ptah, pero que resultan evocadoras de un tiempo en que el primer contacto con el mundo faraónico aún era posible setenta años después del viaje de Napoleón por la tierra del Nilo. Es tan fácil dejar volar la imaginación sobre las reuniones secretas que la logia, compuesta inicialmente por lo más granado de la sociedad Ilicitana, mantenía en esta sala. ¿Cuál sería el objeto de estas reuniones clandestinas? ¿Qué rituales seguirían y que temas debatirían? ¿En qué medida les inspirarían las pinturas de su conciudadano? Un buen novelista histórico podría sacar jugo de este entorno tan inspirador… y hermoso.

La torre guarda más estancias que nos atraerán como cantos de sirena: la primera un sótano de paredes irregulares, utilizado en última instancia como bodega, pero también como vía de escape para los masones en caso de emergencia. La luz rojiza con que se ilumina actualmente contribuye a convertirlo en escenario de película de intriga. Tres estancias conforman este sótano que, de ser más grande, tendría todo el embrujo de un laberinto subterráneo pues algo hay en él que invita a perderse.

Una vez de nuevo arriba, tras el vestíbulo, nos aguarda un nuevo rincón o conjunto de rincones con una tercera personalidad. Desde la escalera hasta la última de las habitaciones que nos quedan por descubrir hallaremos un palacete historicista, de hábiles murales pintados para engañar al ojo del hombre con bellísimos trampantojos que nos llevan a la época de dominio árabe o al interior de una capilla que en realidad no existe. El pintor, Agustín Espí Carbonell, bajo la dirección de Pedro Ibarra, inventa ventanas donde no las hay, balcones que nos asoman a desiertos con oasis, arcos de herradura, arcos polilobulados, columnas, decoraciones de yesería... todo lo crea el pincel del artista que nos engaña encantadoramente con grandes cantidades de imaginación y belleza. En este sentido el lugar nos recuerda al maravilloso palacio Laredo de la universitaria ciudad de Alcalá de Henares, aunque no tenga ni el tamaño ni los ricos medios de este último.

En estas salas encontraremos, además, unos cuantos cuadros de diversas épocas, especialmente de estilo “sorollesco”, incluso algún auténtico Sorolla de pequeño y encantador tamaño. A destacar un lienzo moderno que representa uno de los momentos del Misteri, esa gran herencia cultural Ilicitana.

La desnudez de las paredes, la ausencia de mobiliario, la soledad en la que visitamos las estancias y la existencia de alguna sala aún por restaurar vuelven los rincones fantasmales, oníricos, irreales… algo a lo que contribuye una cierta decadencia no alarmante pero imposible de ignorar (a pesar de las restauraciones las pinturas, las lámparas… aparecen desgastadas, como sin brillo). Y si no fuera por los chorros de luz que envuelven el día sería fácil imaginar historias de amores románticos entre el matiz dulce de Bécquer, la nota de falsa Historia de Lugones o los arranques fatales de Larra. Quisiera uno que no acabara la sucesión de habitaciones y seguir descubriendo esta “recreación” fantástica de escenarios neo-árabes, neo-góticos… siempre falta y siempre dotada de dulce atractivo, de dulces formas.

Por último, la terraza del tejado nos permite observar Elche con una perspectiva aérea muy interesante, especialmente siendo el edificio vecino directo de la Basílica de Santa María donde tienen lugar la Vespra y la Festa.

Salir de la torre es un reto. Volver al mundo real de sol a raudales, coches, y gentes en vaqueros, con carros de bebés y móviles en mando cazando bichos virtuales resulta tan difícil… que añoro ya volver a encontrar el siguiente rincón en que pueda viajar a pasados reales e imaginarios escapando de la vulgaridad contemporánea a través de la torre de marfil…

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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