En tierras de los Borja-Borgia... de nuevo.

Játiva, Valencia, Gandía, San Jeroni de Cotalba, Medina del Campo, Roma, El Vaticano, Ferrara... Pero también Ímola, Forlí, Pésaro, Nápoles, Peñíscola, Chinchilla, Viana, Lombay.

Guillermo Arroniz López • 01/07/2018

Colegiata de Gandía | Foto: Uso permitido

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La primera lista, antes de los puntos suspensivos, es la de localidades relacionadas con la familia Borja-Borgia-Borja que he conseguido visitar hasta este verano del 2018. La segunda la de aquellos otros puntos de las geografías española e italiana que aún están en mi lista de pendientes y que, en mayor o menor medida, también están ligadas a esta familia famosa en los anales de la Historia tanto o más que en los de la Literatura y en los de la Religión. Dos papas, cardenales, obispos, duques, duquesas... y un santo cuenta este árbol genealógico en su haber, rozando su punto más álgido entre 1450 y 1550.

En Medina del Campo, la famosa ciudad de las ferias, en la antigua y austera Castilla, tuve la suerte de dar una conferencia, hace ya años (el 25 de Octubre habrá cumplido una década, nada menos) desmontando las centenarias teorías de la huida de César Borgia del impresionante castillo de la Mota, en cuya torre del homenaje estuvo preso y recibió las más elevadas visitas.

En Valencia, la ciudad de Vicente Blasco Ibáñez y la Malvarrosa, he podido ver los retratos de Alejandro VI y su hijo por Juan de Juanes, las pinturas que los italianos traídos por Rodrigo Borgia antes de ser Papa, dejaron en la catedral, y algunas esculturas y fuentes que rememoran al segundo de los santos padres de la familia, así como un cuadro en el Museo de San Pío V, donde está representado Calixto III.

En Játiva (o Xátiva) la casa natal de Rodrigo Borja (luego Borgia), la Colegiata (magnífico edificio de piedra donde hubo capilla funeraria de esta familia, hoy perdida como también lo está la que dejaron en Santa Maria del Popolo en Roma, frente a la que se encuentran las esculturas en bronce de los dos pontífices -realizadas por Octavio Vicent- y en cuyo museo están el Retablo de Santa Ana o de Calixto III, el Cáliz de Calixto III, o la Custodia Mayor del Corpus, también llamada de Alejandro VI.

Y así en cada uno de estos lugares he ido siguiendo sus huellas (que a veces me han salido al paso como en la Basílica de la Santa Croce, en Roma, donde supuestamente el INRI de la cruz de Cristo fue reencontrado en tiempos de Alejandro VI).

Sin embargo no me extenderé más describiendo este feliz rosario de cuentas borgianas que tan felices momentos me ha deparado... y me centraré en cambio en la tierra que más he visitado de todas las mencionadas: Gandía. Soy muy consciente de que decir Gandía trae a la mente de la mayoría de la gente playa, vacaciones, puerto, verano, sombrillas o incluso despedidas de solteros o fines de curso británicos... Pero no para mí. Decir Gandía es decir Colegiata, es decir IV Duque, es decir Palacio Ducal, es decir María Enríquez, es decir Pedro Luis, Juan Borgia y sobre todo San Francisco de Borja (que es y no es lo mismo que IV Duque, siendo la diferencia algo más que un sutil recurso literario). Y aunque resulte difícil de explicar y puede que aún más difícil de creer siento una emoción muy poderosa cada vez que me acerco a la plaza donde se encuentran los muros de la Colegiata, la fachada principal del Ayuntamiento y la escultura del Duque, después Santo (movida del centro de la plaza a la acera de la fachada del Ayuntamiento, con escaso acierto en mi humilde opinión ya que su pedestal se ve en parte cubierto por los coches aparcados justo delante y la figura pierde perspectiva y protagonismo)... Una emoción casi idéntica a la que me produjo descubrir estos históricos rincones, explorarlos por primera vez.

Libro. | Foto: Uso permitido

Acercarme a esa plaza, bien sea por la diminuta calle que la ciudad dedica a Alejandro VI o por cualquier otra, significa también estar a unos pasos del palacio que vivió casi tres siglos de esplendor y que hoy recibe las visitas turísticas de propios y extraños. ¡Ah! ¡Tantos nombres bailan por mi cabeza y tantos hechos históricos hoy mayormente olvidados! ¡Tanta grandeza y tanta victoria emparejadas a tanto dolor y tristeza! La sutilísima inteligencia de algunos, la pericia política de otros, la flameante fe de casi todos ellos, fervientes devotos de la Virgen, compositores de misas, elevadores a los altares de San Vicente Ferrer. Tiempos de extrema dureza, de gran mortandad, de mezquinas guerras europeas, de cambios hacia la Edad Moderna y el Renacimiento. Tiempos en los que España daba personajes de primer nivel al mundo y decir Castilla, Aragón y Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II era decir nombres que provocaban el respeto y/o el temor... Pero sobre todo el reconocimiento.

Año tras año asomarme por la gran arcada que da acceso al patio del palacio me produce profundas sensaciones. Es cierto que el tiempo y los sucesivos dueños han ido cambiando en gran medida el espacio que ocupara el palacio casi medieval que una vez pisó el Santo y sus abuelos Juan Borgia y María Enríquez, prima de Fernando el Católico. Pero aquí estuvieron todos ellos y aquí dejó su vida secular el santo de la familia.

Palau Ducal 6 | Foto: Uso permitido

Palau Ducal 5 | Foto: Uso permitido

Palau Ducal 4 | Foto: Uso permitido

Palau Ducal 3 | Foto: Uso permitido

Palau Ducal 1 | Foto: Uso permitido

Trato de aprehender esa sensación o esa suma de sensaciones que me produce ya sólo penetrar al patio con su pozo, su gran escudo, su escalinata con los tres arcos de distintas alturas en los que se sostiene, sus ventanas con ajimeces... Es un escalofrío que se multiplica cuando pienso en las cuatro veces que he estado en su interior: la Galería Dorada, el Salón de las Coronas, la Sala de las Águilas, la capilla neogótica o la Santa Capilla -oratorio del IV Duque... Los cuadros, los frescos de los techos, las cerámicas con las dobles coronas y sobre todo el Pavimento de los Cuatro Elementos... Casi nada de todo ello pertenece a la época de los grandes personajes mencionados pero todo se debe a ellos, fundadores de una familia cuya estirpe se extinguió con el undécimo duque... hasta que los jesuitas lo adquirieron a finales del siglo XIX y empezaron los años de restauración.

Tanta Historia... tantas historias... Y como digo trato de apoderarme de esa sensación -como si fuera posible- con fotografías, con libros -casi un centenar de publicaciones sobre los Borja-Borgia-Borja pueblan mi biblioteca-, y con souvenirs de lo más peregrino, desde gorras a maquetas del patio, desde bolsas de plástico con el motivo de la doble corona impreso a copias de bulas, desde portavelas a juegos de mesa... Y siempre paso por la tienda del palacio -y las de los museos o castillos a los que mi anhelo me va llevando- para llevarme ese pedazo de la visita conmigo, ese objeto que poder tocar y a través del cual recordar y revivir esas sensaciones vividas en el Castel Sant'Angelo, en la Escala Santa, en la catedral de Valencia, en Santa María la Mayor (o de los Españoles), en el castillo ferraresco... y, tantas veces, en el Palacio Ducal de Gandía.

Y así sigo acumulando visitas, lecturas, objetos, fotografías... y reencontrándome con los mismos personajes una y otra vez, desde diversas perspectivas (ensayos sesudos, novelas históricas, pertenencias o cartas de su puño y letra...) sin que llegue por un momento a reducirse la intensidad con la que los encuentro cada vez, casi como si los conociera y pudiera sentir sus logros, sus pérdidas, sus muertes, sus momentos de catarsis...

Espero seguir persiguiendo sus huellas, sus imágenes... mientras viva... y que Gandía regrese, cada año, y yo siga sintiendo siempre ese deseo irrefrenable de pisar de nuevo los salones y pasillos de su palacio.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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