Gran Canaria. Las sopresas. Primera Parte.

Hace muchos muchos años había una vez un chiquillo inquieto, de pelo alborotado (con rizos) que había oído que las Canarias era un conjunto de islas en el que sólo se podía descansar al sol en sus playas (de temperatura constante y paradisíaca) y comer plátanos entre cientos de turistas ingleses que se pasaban el día cantando himnos a la cerveza. Afortunadamente ese chiquillo creció y fue escuchando otras realidades sobre las islas que conquistaran los Reyes Católicos... aunque nunca habría podido imaginar los secretos que Gran Canaria tenía para sorprenderlo. Y eso porque cierto prejuicio lo mantenía lejos de informarse sobre la verdad.

Guillermo Arroniz López • 14/03/2014

Arucas. "Catedral". II

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Hace muchos muchos años había una vez un chiquillo inquieto, de pelo alborotado (con rizos) que había oído que las Canarias era un conjunto de islas en el que sólo se podía descansar al sol en sus playas (de temperatura constante y paradisíaca) y comer plátanos entre cientos de turistas ingleses que se pasaban el día cantando himnos a la cerveza.

Afortunadamente ese chiquillo creció y fue escuchando otras realidades sobre las islas que conquistaran los Reyes Católicos... aunque nunca habría podido imaginar los secretos que Gran Canaria tenía para sorprenderlo. Y eso porque cierto prejuicio lo mantenía lejos de informarse sobre la verdad. Una dosis de prejuicio y otra de falta de tiempo que lo dirigía siempre a explorar otros confines del mundo, grandes ciudades, antiguas capitales de imperios centenarios.

Sí, sí, por si alguien lo duda, lo diré claramente: ese chiquillo era yo. Y poco queda ya de mocedades por este cuerpo y cada vez menos (espero) de prejuicios y opiniones basadas en cuatro anuncios promocionales turísticos y visitas ajenas, condicionadas por los gustos e intereses de cada uno.

La vida, por suerte, ha acabado llevándome este marzo a Gran Canaria (la vida, la gala drag del carnaval y, sobre todo, la existencia de unos amigos canarios que me han abierto las puertas de las "salas del tesoro" de esta isla que me recuerda a una ostra, una ostra que hace de sus arenas múltiples perlas).

Hace ya más de quince años que, al escribir mi primer intento de novela empecé a leer sobre dos realidades por las que no tenía mucho aprecio, con la finalidad de llegar a apreciarlas. Una fue El Bosco y su obra; la otra esta isla. Pero todo se limitó a una lectura enciclopédica y fría donde aprendí las diferencias climatológicas entre el norte y el sur de la isla. Incluso esto había olvidado cuando pisaba tierras volcánicas hace tan sólo unos días.

Mi primera lección, al poco de aterrizar, tras un recomiendo cálido y sabroso: dos pequeñas localidades, Teror y Arucas. El mero camino hacia ellas me reveló la orografía bella y compleja de la isla: las carreteras transcurrían entre elevaciones rocosas y verdes vegetaciones de pino canario, palmeras, capas de la reina y otras mil plantas, algunas reliquias autóctonas, que hacían del viaje una delicia para la vista. El primer destino me revelaba algo muy pintoresco y característico: los balcones de madera de la antiguas casas, conservados de forma soberbia, y con mil variaciones, más o menos adornados, de maderas más o menos oscuras... eran artesanías muy hermosas que hablaban de otros tiempos y otras formas de construir.

Al final de aquella calle peatonal de casas con sabores antiguos una gran explanada con un inmenso árbol frente a la fachada de la basílica de Nuestra Señora del Pino, lugar de peregrinación insular. De gran tamaño y altura, con una arquitectura muy notable, el templo, de principios del XVIII me encandiló especialmente por sus vidrieras, obras de gran calidad, del primer cuarto del siglo pasado. Sus colores fuertes, su diseño claro y bien planteado nos hablan de los estertores del Arte, justo antes de que Europa entrara en una espiral de carácter prosaico hasta desembocar en lo abstracto y la falta de referencias y símbolos reconocibles.

Se respiraba una tranquilidad muy suave, un estar en calma, un aire fresco pero dulce. Fuera, las originales gárgolas de piedra amarilla, con su gran tamaño y su nacimiento fuera del medievo o del siglo XIX, resultan tan originales como inesperadas. El paisaje, con la verde elevación del terreno a espaldas de la basílica, terminaba de redondear una visita breve, pero intensa, como si nos hubiéramos retrotraído unas cuantas décadas en el tiempo, como si la isla absorbiera todo lo que el reloj le imponía, capaz de demoler los principios de las agujas y los péndulos.

Pero, ¡ah, sorpresa!, nos esperaba otra visita que aún me impactará más. La isla empezaba a embrujarme y lo hacía con todo su "armamento pesado". Empezaba a transformar me en todo un "converso".

Arucas me fascinó como una cortesana de la Venecia del XVI: con una imagen impactante, inolvidable y un anochecer mágico.

La Iglesia Matriz de San Juan Bautista, conocida como la catedral de Arucas me robó la respiración. Esto se iba a convertir en una costumbre de aquí en adelante. Su construcción, iniciada en la primera década del siglo XX, se terminaría, nada menos que en el año de mi nacimiento, casi setenta años más tarde. Sus fachadas, magnífico trabajo neogótico, tienen el color grisáceo oscuro de la cantera lugareña. Pero parecen brillar, como si hubiesen sido piedras arrancadas al fondo del mar y la sal lanzase sus destellos desde dentro de los propios bloques rocosos. Su imagen, en lo alto de una colina, embrujaba por su volumen. Ninguna construcción nublaba la vista a su derecha según se mira, y así se convertía en protagonista absoluta.

¡Cuál no sería mi asombro al llegar a esta fachada sobrecogedora, casa perfecta de un ser de la noche, cuando me di cuenta de que estaba viendo una fachada del transepto, y la principal me esperaba a la vuelta! Aunque con una visión limitada por lo estrecho de la calle, la fachada de la nave principal, eje principal del templo, también era soberbia, y el transepto y las vidrieras de su interior no lo eran menos. Entramos de día, cuando aún la tarde cantaba melodías, y salimos ya con una primera sábana de noche, que a los veinte minutos sería manto. El incienso en las naves y el embrujo de este diseño neogótico me habían robado los sentidos y ahora el cielo se oscurecía como la propia piedra de la iglesia. De vuelta al automóvil en el que volveríamos a Las Palmas, pasamos por un jardín que evocaba los poemas de Manuel Machado, creo que era Otoño, que empezaba así:

En el parque, yo solo...

Han cerrado

y, olvidado

en el parque viejo, solo

me han dejado.

[…]

El simbolismo salía a nuestro paso, pues justo en las aceras que limitaban el parque pequeños parterres ostentaban unas plantas bajas de grandes hojas. Mi anfitriona me aleccionó indicándome que se trataba de “Capas de la Reina”, y añadió que las pintaba mucho Néstor Martín-Fernández de la Torre, artista canario que había vivido en Madrid (como lo hiciera Benito Pérez Galdós). Otro hallazgo…

Algunas casas de finales del XIX o principios del XX seguían embelleciendo el paseo, ya nocturno, justo antes de recogernos para contemplar, desde lo alto, la ciudad encendida, celebrando el carnaval, con el mar en el horizonte. Mi entrada había sido por la puerta grande.

“Catedral” de Arucas.

Piedra oscura de Arucas, tu misterio

es albergar la Luz, sol tan humano

que su divinidad es un arcano

áureo vencedor del cementerio.

Tú llevas en el rostro tu sahumerio,

manto de noche que brilla pagano,

roca de alto volcán, magma lejano,

huella de un natural puro imperio.

Sortilegios de pálpito encantado,

¿quién diría tu edad impunemente?

Tráeme a ti, sin razón, el Hado,

y yo me postro fiel, loco creyente:

eres negro ciclópleo incensario,

templo- joyero, pálpito canario.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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