Gran Canaria. Las sorpresas. Segunda Parte. Los grandes encantos de Las Palmas.

Durante la adolescencia y la juventud tuve como costumbre (pocas veces no cumplida) de preparar los viajes como un ritual sagrado. Meses antes, a veces más de un año, decidía mi destino. Y a partir de ahí empezaba a investigar sobre el mismo. Me compraba guías, revistas, tomaba libros de las bibliotecas, acudía a las oficinas de turismo en busca de folletos… y después, cuando apareció internet fundí todas las búsquedas habidas y por haber. Creaba mi propia guía, que después completaba con fotos, postales y anotaciones o incluso dibujos tomados durante el viaje. Era todo un proceso lleno de ilusión, lleno de desplazamientos oníricos –por más que los tuviera despierto- hacia esos lugares. A veces iniciaba tan pronto a recabar información que cuando llegaba el momento de viajar había olvidado la mayor parte de todo lo que había preparado: los sitios por visitar, los horarios, los precios, las direcciones en los mapas. Tenía un cierto punto cómico.

Guillermo Arroniz López • 30/03/2014

Galdós | Foto: Uso permitido

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Aquello sólo era el comienzo. Lo que contaba hace dos semanas sobre Teror y Arucas fue el arranque de lo que vendría después. Ese después era el choque entre lo que me habían contado de Las Palmas y lo que Las Palmas me dijo sobre sí misma.

Durante la adolescencia y la juventud tuve como costumbre (pocas veces no cumplida) de preparar los viajes como un ritual sagrado. Meses antes, a veces más de un año, decidía mi destino. Y a partir de ahí empezaba a investigar sobre el mismo. Me compraba guías, revistas, tomaba libros de las bibliotecas, acudía a las oficinas de turismo en busca de folletos… y después, cuando apareció internet fundí todas las búsquedas habidas y por haber. Creaba mi propia guía, que después completaba con fotos, postales y anotaciones o incluso dibujos tomados durante el viaje. Era todo un proceso lleno de ilusión, lleno de desplazamientos oníricos –por más que los tuviera despierto- hacia esos lugares. A veces iniciaba tan pronto a recabar información que cuando llegaba el momento de viajar había olvidado la mayor parte de todo lo que había preparado: los sitios por visitar, los horarios, los precios, las direcciones en los mapas. Tenía un cierto punto cómico.

Últimamente, en cambio, me dejo sorprender cada vez más por lo que las ciudades tienen que mostrarme cuando llego a ellas o, sobre todo, tengo el placer y el lujo de ser guiado por lugareños o gentes que conocen bien el lugar, con lo que la visita gana en riqueza.

Por eso mismo cuando aterricé en esta isla, sin poder evitar que un recuerdo de Sicilia viniese a mí mente, sólo sabía que aquí estaba la casa de Benito Pérez Galdós, que tenía toda la intención de visitar en el caso de que fuera posible. Así me desperté el domingo, con la idea de dejarme caer por allí y luego seguir la ruta que tuvieran pensado marcarme.

Sin embargo hay cosas que se hacen esperar un poco más de lo previsto. Antes de aparecer en aquel umbral mencionado pasamos a la Plaza de Santa Ana, con sus canes verdes (lo de "eres más raro que", obviamente aquí no aplica), su ayuntamiento, su casa modernista y, por supuesto, su catedral. En el templo, de considerable altura y tamaño en general, me sorprendió el lienzo de un Yacente y la luz haciendo milagros por los muros del templo, mucho más desnudos que otros de similares características en distintas ciudades de España. Pero esa decoración limitada hacía ganar protagonismo a la arquitectura, a las pilastras y líneas generales de la construcción, dando mayor paz que otras grandes edificaciones religiosas. Se salía de allí con el corazón apaciguado, como si recién me hubiera duchado y tuviera la cabeza aún fresca, la mente despejada.

Nos encaminamos a otra parte de la ciudad, imagino que en línea recta hacia la casa de Galdós... pero aunque es casi una senda marcada con escuadra y cartabón, en el medio, hay compases que festejan, círculos concéntricos, hitos insoslayables. El Gran Gabinete Literario está ahí, erigido para mí incredulidad, evocando noches de premios, de excelsas conversaciones sobre la entidad de los personajes o el lenguaje simbólico que subyace a los textos... las discusiones sobre el Realismo o el Surrealismo, el Costumbrismo o quién sabe qué corrientes pasadas y actuales. Su estilo, aún enamorado de esa arquitectura que cree en la belleza, en la decoración, en una medida humana y hedonista de las cosas, tiene la firma del pasado, del maravilloso pasado. Aquí se podrían describir bellas fiestas con aromas de Gran Gatsby, o celebrar reuniones que evocará los desmanes cometidos durante la Ley Seca... y sobre todo soñar con historias escondidas de deseo entre botones avispados y grandes fortunas, o entre camareras de mirada pícara capaces de suscitar invitaciones a desayunar... ignoro cuál es el equivalente de la isla al chocolate con churros de Madrid como fin de velada, lo cual significa que he de volver aquí para comprobarlo (no, no, no sirve que me lo cuenten).

Al lado mismo del Gran Gabinete Literario, al fin de la Alameda de Colón, la encantadora Soledad de la Portería, en su bella Iglesia. Momento privado que invito a todo el mundo a tener...

Y por fin... o por fin, la casa del Maestro: una estrecha fachada donde el sol hacía las delicias a pesar de ser una calle de pocos metros de anchura. Había olvidado en aquel preciso instante el invierno lluvioso que habíamos tenido en Madrid. Daban las doce del mediodía unas campañas cercanas y era domingo. La entrada, por ser primer fin de semana del mes, era gratuita, y justo a las horas en punto. Estaba en la casa natal del genio, pero allí se contenían muebles de sus otras casas (Madrid y Santander), ropas de adulto, libros, fotografías de toda una vida. Las habitaciones mantenían un ambiente, el cartel original de Los Condenados, el retrato que le hiciera Joaquín Sorolla... todo contribuía a que nos situáramos en el tiempo y escucháramos la pluma rasgar las hojas con su caricia tintada. Allí aprendí que el escritor, político, periodista... fue también diseñador y que las librerías, entre otros delicados objetos de la casa, llevaban su firma. ¿Cómo era posible? ¿De dónde había sacado tiempo para escribir tantos episodios nacionales y novelas extraordinarias, para ganar un escaño, para diseñar aquel mobiliario con gusto centroeuropeo o propio del Arts & Crafts, como me hizo notar mi avezado acompañante? Sentía mi propia emoción crecer ante aquellos objetos centenarios y aquellos libros que pertenecieron a D. Benito... al salir de una habitación a otra el sol hacía que la palmera de uno de los dos patios reflejarse su forma como un abanico perfecto y trenzado sobre el muro. Algo casi mágico en su sencillez natural. El grupo reducido de visitantes y el silencio alrededor volvían la atmósfera atemporal. Allí recordé fragmentos de Misericordia, y de Amadeo I, el episodio nacional en el que la Historia es un personaje en sí misma… regresé a la adolescencia cuando descubrí las hojas de este autor y me sentí en deuda… pero sobre todo percibí la necesidad de volver a él, de pagarle tributo, de disfrutar de su magisterio, de la fuerza del universo perfecto de sus palabras, contadoras de grandes historias humanas…

Ese mismo día escribí el segundo sonetillo de mi vida, con admiración:

Casa natal Benito Pérez Galdós.

Dos patios y una palmera,

tintero de Santander,

mobiliario por doquier

diseñado por quien fuera

autor de la serie entera

de episodios del ayer

donde Historia fue mujer

y la palabra bandera.

Papeles tiene este hogar,

ejemplo de lo insular,

donde parió pura gloria

el guardián de la memoria,

copia escribiente de un dios,

Benito Pérez Galdós.

Sin embargo, las sorpresas no habían terminado y el imperio de la Literatura y los regalos de la isla me esperaban, como quien dice, a la vuelta de la esquina…

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Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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