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Guadalupe

Reconozco que hay cierta complacencia en contar los años, en hablar de hace un cuarto de siglo, o decir década y media atrás, palabras que contienen tiempo entre sus letras se deshacen como terrones de azúcar en el paladar de mi pluma. Supongo que porque ello significa que he vivido y que todos estos días que me han sido regalados ya no pueden esfumarse sin dejar un poso, un recuerdo, unas cuantas historias.

Guillermo Arroniz López • 27/12/2018

Guadalupe | Foto: Uso permitido

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Por eso disfruto al decir que hace más de quince años que planeaba viajar a Guadalupe, monasterio importantísimo de nuestra querida península. Más de tres lustros ha que lo planeaba y unos tres mil quinientos cinco días que tenía sueños con el templete mudéjar. Más o menos en 1981, según me dicen, me llevaron a ver este lugar pero no me quedan recuerdos de aquel momento. Pero sí un souvenir de ésos que ya no se hacen y que algún día buscaré entre los queridos juguetes de mi infancia, uno de aquellos visores de minidiapositivas, con forma de televisión o cámara fotográfica, y en este caso simulando una cartera dura con su asa de cuero negro. Aunque hace mucho que no lo tengo en mis manos lo recuerdo perfectamente: era rojo y, con línea blanca, estaba dibujado precisamente el templete sobre el fondo. Curiosamente tenía otros dos (en forma de TV), uno verde y otro rojo, ambos del Cristo del Pardo. Ignoro por qué motivo dos del mismo lugar.

Quizá fue aquella visita de mi niñez lo que enamoró mi alma de la delicadeza decorativa de ese arte tan Español como es el mudéjar, sin que entonces, como ahora, me importase lo más mínimo la pobreza de los materiales.

Se me ocurren lugares que se han levantado con las maderas más lujosas y los dorados más valiosos cuyo conjunto no resulta ni de lejos tan encantador, a veces es presuntuoso y vulgar. Pero como no estamos en fechas de criticar... no diré ninguno. Y si alguien tiene curiosidad que me pregunte...

La historia del monasterio es larga y se remonta a la aparición de una talla de la Virgen a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV. La imagen había sido ocultada porpor llegada de los musulmanes a España y se había olvidado con el paso del tiempo. El lugar, favorecido por reyes, fue creciendo en espacio e importancia. Y luego ya se sabe: desamortización, expulsión de órdenes religiosas... sin que nada haya podido acabar con este templo y su conjunto, actualmente gestionado -como desde 1904- por la Orden Franciscana.

El conjunto monumental de iglesia, hospedería, claustros, museos... es casi, por sí mismo, tan grande como el resto de la población donde se encuentra. He leído por algún sitio que las edificaciones ocupan 22.000 metros cuadrados y no me extrañaría nada que fuera verdad.

Y recorrerlo fue un placer tan grande como contemplar la capacidad de llamada que aún tienen estos muros y está imagen Mariana de precioso Camarín.

No voy a hacer una relación de todos los sitios que alberga este sagrado emplazamiento pero me resulta irremediable hablar de tres rincones.

El primero fue ese claustro con su templete de 1405, obra de Fr. Juan de Sevilla. Ése que había poblado mis sueños de belleza arquitectónica. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al ir desde la Hospedería a la tienda del monasterio lo encontré en mi camino: solos frente a frente, en silencio ambos, diciéndonos tantas cosas. Entre otras que él si se acordaba de mí, aquel niño delgado y de ojos soñadores, aún con pelo, y aún con algún pelo rubio. Su delicada perfección, a pesar de acumular una D y una C romanas, su ligera exquisitez y su decoración profusa pero armoniosa, permanecen intactas y resaltan sobre la plana superficie de las paredes sostenidas por los arcos almohades, arcos túmidos, es decir arcos de herradura apuntados. El templete, de planta cuadrada, como el propio claustro donde está, acaba en un techado original a más no poder, con gabletes y cerámicas que representan motivos geométricos, todo de una gracia preciosa.j

Allí estaba esa construcción sin aparente uso práctico, probablemente de varias toneladas de peso, sin perder su grácil forma, su encanto como el que tienen las miniaturas. Allí, a unos metros, sin que yo pudiera salvarlos y tocarla... Me miraba intensamente como yo la miraba a ella. Centurias después de que yo haya sido olvidado este mágico lugar seguirá encantando al viajero, al peregrino, al amante de la belleza. Y en aquel inmenso espacio, recorrido por tantos monjes de vida contemplativa, para quienes el templete sí tenía una función en sus paseos de reflexión, no me sentía solo, ni pequeño, aunque sí abrumado. Estaba sucediendo al fin. Yo estaba allí. Volvía a estar, aunque yo no recordaba aquella primera vez. Era real y no sólo una imagen en la pantalla del ordenador. Y la magia del sueño cumplido tintineó.

Pero había otro motivo para querer visitar el monasterio: tres cuadros de la mano de El Greco, mi querido Domenikos, mi admirado cretense.

De los tres museos que alberga el actual monumento: de Bordados, de Libros Miniados y de Pinturas y Esculturas es éste último el que contiene, ignoro por qué motivo, obras de Goya, Lucas Jordán y el ya mencionado candiota, entre otros. Obviamente, durante varios siglos -fundamentalmente entre el XIV y el XIX, yo diría- las iglesias fueron importantísimos mecenas de arte, como la propia corona y la nobleza. Y en centros importantes como éste la propia monarquía y la aristocracia se veían involucradas y hacían llegar no pocas obras como presentes para engrandecimiento y belleza del lugar. Sin embargo, teniendo en cuenta que, una vez afincado en Toledo, El Greco apenas salió de la Ciudad Imperial y apenas aceptó encargos fuera de ella, encontrar un conjunto de tres lienzos en el mismo lugar, me sorprende tanto como hallar un Goya. "Coronación de Nuestra Señora" no es un cuadro de grandes dimensiones, es más, a pesar de los siete personajes en el plano terrenal, los tres del celestial y el Espíritu Santo en forma de paloma, resulta recogido, un momento íntimo, sin que por ello se vea afectado el relevante momento.

No soy restaurador pero la impresión -acentuada por los cuadros que lo flanquean, aún cubiertos por capa amarillentas de barniz y tiempo- es que han recuperado maravillosamente sus colores y brillo original.

El lienzo guarda grandes similitudes -pues representa el mismo momento- con el ovalado de Illescas para el que ya escribí un poema:

La Coronación de la Virgen.

Ha. 1597-1599. Hospital de Illescas.

Grandeza primigenia / de blanco nuclear;

anciano creador / de barbas en cascada:

Tu mano poderosa / apenas roza nada

y el cielo brilla todo, / dispuesto a coronar.

Oh Hijo predilecto, / por siempre ya en Tu hogar:

Tu rostro, rosa fresca, / sereno en la alborada;

Tu palma de rocío / tan dulce iluminada;

al lirio más fragante / ya van a coronar.

María, Tú que has visto, / milagros noche y día;

que arcángel recibiste, / como lengua de fuego;

que al Hijo, cuerpo muerto, / lloraste sin sosiego,

para hallarlo en su Gloria, / que al Padre ascendía:

Tu humildad infinita / es sorpresa y blancura,

Te corona un imperio / de dolor y ternura.

Pero también importantísimas diferencias. Empezando por el formato -tradicionalmente rectangular el de Guadalupe. También el grupo de testigos, sustituidos por querubines en la variante de la localidad toledana. El de Extremadura es de época anterior sin duda, la pincelada aún no se ha roto tanto y el dibujo delimita más todo. Parece que este lienzo, el de "San Pedro" y "San Andrés", formaban parte de un retablo -hoy perdido- encargado por la cofradía de Nuestra Señora del Rosario del cacereño pueblo de Talavera la Vieja. Y sí, el conjunto fue encargado en 1591 y se fecha el lienzo entre este año y el siguiente, por lo que la fábrica efectivamente es anterior, al menos en once años, a la de Illescas.

El rostro de Cristo me parece profundamente reflexivo, con unos ojos cansados o tristes y un gesto de los labios de seriedad, pero siempre de inmensa belleza; mientras que el de Dios-Padre es algo más sereno, más enigmático. La Virgen tiene a sus pies la luna creciente y los azules de su manto y rojos de su túnica son intensos, densos, profundos, destacando con el prodigio de blancura de las ropas de Dios-Padre.

Es, sin embargo, la zona terrenal del cuadro la que me cautiva más, si cabe. Siete santos, de izquierda a derecha: S. Francisco, S. Juan Bautista (que da su espalda desnuda al espectador); S. Juan Evangelista, con la copa dorada que significa probablemente el intento de envenenarlo aunque no salga ningún dragón de ella como símbolo tradicional del veneno; S. Sebastián; S. Pablo, de delicadísimas manos donde la luz se posa; S. Antonio Abad; y S. Domingo con el rosario. Todos, salvo S. Sebastián, eran exigencia del contrato. Todos ellos un prodigio de técnica y expresividad, el primero por su bondadosa belleza; los Juanes por el diálogo de opuestos: de espalda-de frente / desnudo-vestido / mayor presencia del cuerpo-mayor presencia del rostro; S. Sebastián con grandes y voluptuosos labios, joven, asaeteado, ensangrentado; S. Pablo mayor, medio calvo, barbudo, con gran pompa en los pliegues de manto y túnica; S. Antonio Abad apenas como un anciano más cerca de ese cielo al que eleva su mirada que de la tierra, un rostro de canosa barba que a pesar de estar cubierto mayoritariamente por ese vello facial es capaz de representar su edad avanzada en cada rasgo; y S. Domingo que parece realmente un retrato de párroco de la época.

"Coronación de Nuestra Señora". El Greco. Monasterio de Guadalupe.

Francisco es el primero, y siempre orante,

las suyas son las manos bendecidas.

San Juan frente a San Juan, almas queridas

por esa Virgen, cándida y triunfante:

espalda de Bautista delirante,

Apóstol de pupilas encendidas.

La densa sangre de crueles heridas*

nos muestra Sebastián, casi un infante.

San Pablo, con su gran manto encarnado,

contrasta con las santas desnudeces.

Barbudo y viejo abad encapuchado,

rezan sus ojos súplicas y preces.

Domingo, blanca luz y su contrario,

nos muestra el buen camino en el rosario.

23.12.18

*Sólo se ve una herida, el plural es una licencia poética.

El lienzo es sobrecogedor... Y sólo la brevedad de la visita me roba la perfección del momento, aunque agoto hasta los últimos instantes.

Los dos apóstoles a los lados -S. Pedro y S. Andrés- son también de gran calidad pero apenas pude otorgarles tiempo y preferí concentrarme en el lienzo central. Un motivo más para volver, por si hiciera falta añadir alguno más a las decenas que ya tengo en el saco.

El tercer gran momento artístico vivido fue la sacristía. Y no es que el Camarín de la Virgen o su Tesoro no sean de excepcional altura y calidad. Pero... ¡qué sala abovedada y cubierta por obras de Zurbarán! Su luminosidad añade fuerza a la impresión general. La amplitud, el espacio diáfano, y el alto techo, otorgan grandiosidad al conjunto.

Ya la antesacristía depara una sorpresa como es el retrato que Juan Carreño de Miranda hiciera de Carlos II, ya adulto y vestido con armadura. Un cuadro que me invita a la reflexión de muchos temas como el destino, el alcance del engaño, la vacuidad de toda pretensión humana -incluidos los más vastos imperios de las más longevas dinastías-, la capacidad para hallar belleza que tiene el artista... Como la visita tiene un ritmo endiabladamente urbano y contemporáneo (es decir, velocidad de la luz) tampoco pude pararme a contemplar esta magnífica obra ni aquella con la que hace pareja, la esposa del rey (María Luisa de Orleans), ni la que se encuentra entre ambas (cardenal Sayo Millini), que representa al mecenas de las tres.

La breve guía que compré describe está sala como "quizá la pieza más armónica del santuario", aunque lo que dice de que la "nave está dividida en cinco bóvedas de medio punto sostenidas por pilastras de orden toscano" no da, para mí, por más que sea verdad, idea de la impresión que se recibe del espacio como un todo, aunque los cuadros, distribuidos por igual número a cada lado, pudieran evidenciar esa composición arquitectónica. Ni qué decir tiene que no tuve tiempo de detenerme a observar la magnífica traza de los lienzos, si bien por la altura a la que se encuentran me habría perdido de cualquier forma muchos detalles y trucos de la pincelada, pero de entre todos me quedé prendado de la "Aparición de Jesucristo a Fr. Andrés de Salmerón" donde la dulzura ilumina la figura de Cristo, todo su cuerpo y ropajes la irradian sin que la espesa barba reduzca esa impresión en un átomo. En algunos de estos lienzos el claroscuro es tan potente que me recuerdan a Ribera (más que a Caravaggio).

Ah... si pudiera observarlos más lentamente y comprender la serie en su conjunto y entender cada uno de los cuadros de forma singular y cómo contribuyen a esa impresión general de la que hablaba y en la que todo cuenta: la antesacristía, la capilla de S. Jerónimo con la que se remata la sacristía y el Tesoro o Relicario que sigue a continuación.

No se me olvida que éste es, ante todo, un centro mariano, y que no estoy haciendo mención al Camarín de la Virgen, y a la sala ochavada con representaciones de importantes mujeres bíblicas. No es caprichoso el hecho. La visita grupal y guiada, las limitaciones de tiempo... impiden, para mí, el recogimiento que la experiencia espiritual requiere. En Montserrat me sucedió algo parecido por la mucha gente y el ruido que producía la multitud. Y aunque en ambos casos tuve la ocasión de besar la talla o una especie de escapulario plateado que colgaba de la imagen, el sobrecogimiento que sí viví en Fátima -en el interior de la blanca basílica, ante la dulce tumba de Francisco Martos-, o ante el solitario Cristo de Cellini en El Escorial, no se produjo.

La visita a la localidad -menos de veinticuatro horas- aún tuvo momentos de intensidad y belleza. Tras la cena me solacé en la lectura de un breve pero magnífico ensayo sobre las Vanguardias de principios del siglo XX. Curiosamente estos movimientos no son -salvo personalísimas excepciones- de mi gusto estético, pero precisamente por eso la maestría del autor del ensayo me hacía entender y acercarme con placer a estas obras que sigo considerando tan lejanas a mí en su mayoría.

La habitación de la hospedería donde hice noche contribuía sin duda a mi buen humor con sus vistas y su carácter, casi salido del siglo XVII en el tipo de mobiliario (no así en comodidad, muy propia del XXI).

A la mañana siguiente me levanté temprano y el horizonte me regaló imágenes impactantes: desde la portada de la iglesia se puede contemplar el fin de Guadalupe y las montañas que la rodean, y el cielo, aún sin clarear del todo, remarcaba cada cosa con tintes oscuros de contraluz. Como casi todo domingo por la mañana de casi cada ciudad o pueblo occidental que conozco, apenas una decena de madrugadores rompían la calma absoluta. Esta tranquilidad, está soledad, siempre me permite acercarme más al recuerdo, a la experiencia que deja huella y me ayuda a reflexionar sobre la grandeza de lo creado y la imposible casualidad de la perfección de dicha creación. También, por supuesto, me hace sentir pequeño e indefenso ante esos tamaños descomunales, ante esa Historia acumulada, ante el inmenso número de hombres y mujeres que han sido antes que yo y que han dejado todos estos grandes monumentos que se conjugan con la naturaleza inabarcable. Pero eso está bien, es una sensación que, sin dejar de conllevar una pequeña dosis de ansiedad, me permite reconciliarme con mi talla real, con mi importancia tan pequeña, con mis limitaciones, tan humanas. Supongo que este tipo de escenarios me es más fácil reconocer los errores y perdonarme por ellos.

Finalmente, en bien conocida compañía, entré en la iglesia, vacía por completo -se crea o no- y pude recorrerla sin interrupciones. La gran verja que separaba el altar de la nave, me impidió acercarme para observar las esculturas del retablo, supuestamente obra -en todo o en parte- de Jorge Manuel, el hijo de El Greco. El espacio del templo parecía al tiempo muy grande y pequeño, muy oscuro y sin embargo luminoso como para apreciar cuadros y detalles, muy frío y sin embargo acogedor. Fue una visita breve y singular, que me dio una visión muy diferente de la que había tenido del mismo lugar visto desde la altura del coro donde había estado la tarde anterior (con una luz dorada llenándolo todo).

Una oración y camino de vuelta a Madrid.

Guadalupe fue mucho más que un exquisito templete en un claustro singular entre los que adornan nuestra geografía. Y me dejó un inmenso deseo de volver y pedir permiso para contemplar, sin prisas, tanta belleza y tesoro artístico y espiritual.

¡Oh, Guadalupe!

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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