La generosidad de Madrid

Madrid es una ciudad dadivosa por naturaleza. Y es algo que parece estar en su código genético: pasan los tiempos, nuevas generaciones llegan cargadas de novedades, cierran las tiendas más tradicionales y abren las más improbables llenas de imposibles y objetos totalmente inútiles veinte años atrás, otras culturas aterrizan y las viejas tradiciones se adelgazan hasta casi desaparecer... y sin embargo ese carácter de urbe que acoge con brazos abiertos se mantiene. 

Guillermo Arroniz López • 10/09/2016

Vistas de Madrid | Foto: Uso permitido

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Y no sólo me refiero a la generosidad con los inmigrantes, con los que vienen de otros países, que reciben aquí oportunidades de vida y muchas veces una sonrisa (desgraciadamente no todos, no soy idealista ni ciego). Más allá de la acogida a las personas nuestra antigua Magerit siempre está ofreciendo también a sus hijos, todo tipo de bienes y servicios. Y casi a todas horas. Y lo hace con la mano abierta, sin trucos de magia ni sortilegios. Y es quizá esa forma natural de dar lo que resta importancia y visibilidad a su permanente gesto de entrega. Es como el niño que siempre saca buenas notas: ya nadie hace caso a que ha obtenido un nueve en su última redacción. Así Madrid se entrega y se entrega con un ánimo desprendido propio de una musa que trae ideas a la mente del artista, y lo hace (casi siempre) sin pedir nada a cambio.

¿Que uno se levanta un sábado sin saber qué hacer en este laberinto de calles desde la cuesta de la Vega a la Castellana, del pasado árabe a la posmodernidad de los rascacielos de cristal? Las posibilidades que la ciudad pone a nuestra disposición son infinitas. O casi infinitas. Uno cae en un pozo negro, pero a la inversa, lleno de materia entre la que elegir: sesiones matutinas de cine en versión original y paseos por el parque del Retiro; visitas al museo de San Isidro, colecciones de trofeos deportivos en nuestra estadio de fútbol como el Bernabeu, o salas de una casa palaciegas congeladas en 1920 como son las del museo Cerralbo; vistas de vértigo desde lo alto de la montaña rusa en la Casa de Campo y recogimiento neo-románico en la cripta de la Almudena; misas en latín, conferencias sobre ateísmo, clases magistrales sobre arte, o incluso mítines políticos; cafeterías de lo más cool y tascas con olor a aperitivo desde primera hora de la mañana; piscinas y bibliotecas; iglesias abiertas las veinticuatro horas y supermercados igualmente dispuestos en cada momento para las compras.

Por eso puede uno encaminarse, sin un rumbo claro, desde la Glorieta de Bilbao hacia la Plaza de Colón para encontrarse con ese majestuoso edificio que alberga la Biblioteca Nacional, cofre de los mayores tesoros de las Letras Españolas, y ver que hasta cuatro exposiciones se nos ponen al alcance, de forma totalmente gratuita: Camilo José Cela, Shakespeare traducido a las lenguas Españolas, Ceán Bermúdez (coleccionista de arte) y libros móviles. Y así uno pasa de unos mundos a otros, de la imagen y lo visual a las letras y sus legados; de los cuadros a los teatros de papel tan solo caminando unos metros de una sala a otra de la planta baja y la planta sótano de la Biblioteca. ¿Y qué hay más mágico que recordar la infancia con aquellos libros móviles con los que uno jugaba para ver cómo los personajes bailaban o saltaban cuando nosotros tirábamos de una solapa, o aparecían sorpresas o barcos enteros o castillos se levantaban de entre las páginas en un alarde de tridimensionalidad y arte de la papiroflexia más colorida?

¿Y qué hay más hermoso que poder ver de cerca trabajos de artistas como Goya o grabados de Durero en la sala Hipóstila del edificio?

Por no hablar de la emoción de tener a unos centímetros tan sólo algunas antiguas ediciones de Shakespeare, en papeles ya viejos, acosados por el tiempo, pero aún resistentes a desaparecer como el eco de los versos del bardo.

Y después uno sale para encontrarse con el sol de Agosto y el cielo azul madrileño y seguir paseando, camino de la plaza de Cibeles, famosa por la fuente de Ventura Rodríguez aunque podría serlo igualmente por los cuatro edificios que conforman su circunferencia: el bellísimo Banco de España de Adaro; el elegante y singular Palacio de Telecomunicaciones de Antonio Palacios; el suntuoso y misterioso palacio de Linares y el inmenso palacio de Buenavista, cuya fachada se oculta entre árboles escapando de las miradas indiscretas de los viandantes. Acaso ya uno esté en un museo de arquitectura, un museo al aire libre que resuma lo más granado de Madrid, desde el siglo XVIII hasta el arranque del XX.

Pero la ciudad aún se rendirá desde aquí a nuestros pies si accedemos, por tan sólo 2 euros, al mirador del segundo de los tres edificios mencionados. Porque sus alturas nos permitirán observar todo el centro de la urbe, desde el parque del Retiro hasta San Francisco el Grande; desde la calle Alcalá hasta los cuatro rascacielos que ponen broche al paseo de la Castellana. Uno se queda sin resuello. Puede que ésta no sea la ciudad de las cúpulas, ni de los tejados de pizarra. Puede que el río que la baña no tenga el empaque de un Támesis o un Sena, pero las vistas son hermosas… al mismo tiempo que acogedoras. Porque vuelve Madrid a ese carácter suyo de ciudad que abre los brazos, que parece familiar, que nos ofrece sin grandes cosas sin que sus dimensiones nos anulen. Y desde aquí pueden hacerse muchos planes para seguir descubriendo el laberinto de callejuelas que forma el Madrid de los Austrias, o para encontrar las tumbas de un rey y una reina eternamente enamorados en las Salesas…

¿Quién puede sustraerse a este encanto desbordante, a esta naturaleza dadivosa? Esta capital regala y yo tomo, a manos llenas, sus obsequios.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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