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La ilusión es posible. Barcelona.

Empezaré por desear un buen año a todo el mundo, en este primer artículo de 2014: que los viajes, la Literatura y la ilusión plaguen vuestra vida. Que la llenen hasta constituirla, que sean un virus que se reproduzca a la misma velocidad que la felicidad que provoca. Precisamente de eso, de ilusión, querría hablaros.

Guillermo Arroniz López • 10/01/2014

Sagrada Familia

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Empezaré por desear un buen año a todo el mundo, en este primer artículo de 2014: que los viajes, la Literatura y la ilusión plaguen vuestra vida. Que la llenen hasta constituirla, que sean un virus que se reproduzca a la misma velocidad que la felicidad que provoca. Precisamente de eso, de ilusión, querría hablaros.

Y no, no voy a abordar el tema político, por si alguien lo ha pensado al incluir la ciudad de Barcelona en el título de este artículo..

Allá por 1999 o quizá en el dos mil, hice un viaje en familia de esos que son una locura de maletas y paradas: un trayecto Madrid-Roma en autobús, con pernoctación en Barcelona, Niza, Florencia y Venecia. Incluso se visitaron otras ciudades donde no se durmió: Mónaco o Zaragoza. La cuestión es que me sobraba la energía y las ganas de conocer mundo. Aquel era tan sólo mi cuarto viaje fuera de España. Quizá por eso, tras los primeros seiscientos treinta kilómetros y la parada en Zaragoza, donde la Virgen nos recibió de blanco, lo que la guía identificó como buen augurio, pasando por una cena frugal, animé a algunos compañeros de viaje a tomar un tren de cercanías (estábamos en un estupendo hotel de las afueras) para disfrutar de una nocturna vista, postal inolvidable de la ciudad.

A aquellas horas, por supuesto, ningún museo, parque, o edificio de renombre estaba abierto, listo para recibir a unos viajeros algo noctámbulos y alocados. Sin embargo yo tenía un objetivo.

Soy un apasionado de los interiores, de descubrir las atmósferas de las casas que tienen sabor de otras épocas como por ejemplo la de Lope de Vega en Madrid o las de Cervantes en Alcalá o Valladolid o la de Dickens (en Londres) o la de Ana de Cleves (en Lewes); o los museos especiales como el Lázaro Galdiano o el Cerralbo (ambos en Madrid) que han mantenido en parte la esencia de cómo fueron cuando eran hogares, o el d'Orsay, antigua estación de ferrocarril donde la luz penetra por todas partes haciendo de los cuadros reyes espléndidos bañados por la naturalidad de los rayos solares; o las antiguas iglesias transformadas (o edificios que parece que lo fueron) como el museo Schinkel en Berlín, o el Natural History Museum en Londres, que siempre me pareció una catedral laica. ¡Qué no daría por pasar una noche solo en la capilla de los Medici en Florencia, o en la Ca Dario en Venecia! La magia nocturna con el miedo de la soledad y el encanto de los escenarios... Los interiores son un sagrado, un templo. En ellos, por mucho que se abran las ventanas, queda grabado el tiempo, el estilo de los moradores, sus palabras... O germinan atmósferas únicas, irrepetibles, jamás imaginadas si no se pasa a su interior, como la casa de William Morris a las afueras de Londres o el santuario de S. Thomas Becket en la catedral de Canterbury: inexistente tras la destrucción ordenada por Enrique VIII, y sin embargo aún presente... ¿Y qué decir del Museo de las Ánimas del Purgatorio en la iglesia del Sagrado Corazón del Sufragio, uno de los escasos ejemplos del neogótico en Roma?

Pero, tras este párrafo-lista donde faltan mil ejemplos que espero añadir algún día, también he de decir que pasear por las callejuelas, los barrios históricos de las ciudades es una forma única de conocerlas. Algunas se ofrecen especialmente a seducir al viajero. Florencia es un clásico, pero también otras más pequeñas como Córdoba, Toledo o Pedraza, o más grandes como Roma: la fascinación, los guiños de las Historia con sus restos por todas partes, y las trampas del Arte con mayúsculas a la vuelta de cada esquina, en las ochavas y plazas... y la encantadora artesanía, hacen de los paseos un poema de descubrimientos donde se mezclan consonancias con asonancias, estrofas muy antiguas, casi proto-estrofas con otras ya clásicas, consiguiendo que, por unos instantes, olvidemos el prosaico siglo XXI y nos sumerjamos en momentos pasados, en ese salto temporal que nos deja fascinados y nos permite soñar con las formas, los valores y las dificultades de un mundo que ya no existe pero que nos ha dejado maravillosos testimonios.

Además de ciudades que en su totalidad nos atrapan por su conjunto armónico o sus rincones irrepetibles, hay imágenes que nos queman los ojos, nos dejan tatuadas las pupilas e incluso sobrepasan el terrible defecto del tópico por su fuerza. No importa las veces que uno haya visto el David de Miguel Ángel en fotografía o documentales: su pasión y dignidad rotunda nos robarán el aliento al tenerlo delante. Bastará con fijarse unos instantes y dejar que nos arrasen sus poderosas facultades, para que el tópico salte por los aires echo pedacitos minúsculos, apenas cenizas.

Para eso, es obvio, se precisa un mínimo de sensibilidad, y una chispa, algo que nos guía y nos impulsa como una batería a rebosar de energía nuclear, pero cuyos efectos contaminantes son beneficiosos se mire por donde se mire: la ilusión.

La ilusión es una bola de cañón donde vuela el barón de Munchausen; el dragón de la suerte, Fujur, sobre el que cabalga el cielo Atreyu en la "Historia interminable". La ilusión es un fuego que calienta, que nos llena de motivación y espíritu de lucha. La ilusión nos enseña los cómos, ilumina los caminos, derrite los hielos donde derrapan nuestros deseos, pone puentes entre nuestros medios y nuestros sueños. La ilusión está hecha de una llama primitiva, una telúrica fuerza que nace de la tierra interior. Puede apagarse, pero cuando está en pleno incendio es bien capaz de llegar a cruzar mares o subir rascacielos. La ilusión alimenta la Navidad, llena los regalos y sus envoltorios, sazona las comidas hechas o tomadas con amor, nos hace vibrar cuando tomamos ése, exactamente ese libro o disco o película o jersey del estante donde lo hemos contemplado durante días o semanas al pasar.

Esa misma ilusión es la que guiaba a mí y me convertía en cicerone sin saber casi dónde iba, sin conocer Barcelona y su red de transportes, sin temer los peligros de la noche. Pero he aquí que llegamos a nuestro destino: altas y torneadas las bellas torres nos acogían, reflejadas en el estanque de la plaza Gaudí; las dulces y suaves formas de la esculturas de la fachada del Nacimiento, modernistas por los cuatro costados; la belleza blanca de la iluminada piedra (no tan blanca en realidad) haciéndole cosquillas al oscuro cielo. Oh, he de confesar que aquella imagen, capturada por partida doble: realidad y reflejo en el agua negra, desde aquel punto privilegiado embaucaba la vista, la cincelaba. Y la ilusión se multiplicó, porque la ilusión se expande cuando el objetivo se cumple. Algunos creen que se pierde, que desaparece, pero depende del uso que se haga de ese deseo hecho realidad. Aquel recuerdo ha sido traído a nuestras conversaciones innumerables veces, transformando ya todo nuestro viaje (puro acontecer de descubrimientos) y la ilusión está allí, a los pies del edificio en construcción, siempre llena de luz para animar nuestra vida. Nada más pudimos ver de la ciudad. Corrimos para regresar antes de que saliera el último tren de Cercanías en dirección a nuestro hotel. No había tiempo para más. Pero, ¿acaso había ya espacio para más? Estábamos borrachos ya de la imagen. Incapaces de paladear ningún otro licor de esta ciudad plagada de arquitectura de Gaudí, Puig i Cadafalch, Domenech i Montaner... que le otorgan gran parte de su magia y sabor.

He aquí mi primera llegada a Barcelona. He aquí una de las múltiples veces en las que la ilusión me ha bendecido con su guía, cual cometa.

He aquí el motivo de muchos de mis viajes.

Espero que aquí siga latiendo el de muchos otros que espero comenzar pronto. ¿Seréis mis compañeros y testigos?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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