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La Sagrada Familia. Gaudí

En mil novecientos noventa y ocho, si no me fallan los cálculos -ya que la pereza de buscar los billetes de avión, que guardo celosamente hace que hable de memoria- hice mi primer "grand tour" italiano. Ya había estado en Roma, pero en aquel viaje recorrería la bota desde el norte hasta la capital. A día de hoy los viajes de larga distancia en autocar son cada vez menos frecuentes pero aquel lo fue: once días desde Madrid haciendo noche en Barcelona y Niza, y pasando por Zaragoza y Mónaco. Había muchas ofertas similares entonces, lo recuerdo bien por las tantas veces que las estudiaba y hacía números y planificada, soñando con volver a la Ciudad Eterna y seguir los pasos de otros viajeros históricos en la que la Literatura era carta de naturaleza.

Guillermo Arroniz López • 14/04/2017

Baldaquino | Foto: Uso permitido

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Pernoctamos en un hotel Barcelonés bastante bueno, aunque alejado del centro, lo que no nos disuadió de tomar un tren de Cercanías y salir a la superficie justo a los pies de la fachada del Nacimiento de la Basílica de Gaudí. Quizá trasbordamos en alguna estación para tomar el metro, ya no estoy seguro.

Era ya noche cerrada y no habían sido inventadas aún las luces Led, así que sobre la piedra, arquitectura y esculturas, caían cascadas de luminosidad amarillenta que dotaba de cierta pátina adicional de tiempo al edificio.

No es difícil imaginar el inmenso impacto de la visión de tan bellísima obra sobre la retina, encantada con el gran sortilegio de las sombras nocturnas.

Han transcurrido veinte años y ahora se puede entrar al templo, y no sólo a la cripta, aunque aún las obras no se hayan terminado y las grúas continúen haciendo su trabajo aquí y allá. Es el segundo gran templo que he tenido la suerte de ver crecer, pues también asistí de niño a la construcción de la catedral de la Almudena. Pero ésta la vi avanzar visitando el lugar de las obras con cierta frecuencia... hasta ver cómo la culminaban con algunas pinturas y esculturas de dudoso buen gusto que rompen esa elegancia arquitectónica interior, propia del neogótico en que está desarrollada.

La Basílica de la Ciudad Condal, en cambio, la he visto crecer a grandes golpes, transcurriendo varios años entre una y otra visita. Bien es cierto que el ritmo de mis viajes a Barcelona ha aumentado en los últimos ocho años pero no lo es menos que no siempre que viajo a la ciudad puedo pasar por el templo "gaudiniano". La vida marca sus propios caminos y no siempre es preciso o posible cambiarlos a nuestro antojo.

No hace demasiado tiempo que se ha abierto al público. Tengo la impresión de que hace año y medio, la penúltima vez que me dejé caer por allá, ya era posible visitar los interiores de la altísima construcción. El tiempo genera una nebulosa en la que las fechas bailan danzas equívocas que a veces me molesto por aclarar y otras no. Dejemos hoy que esa bruma esparza su encantamiento sobre mí y, ojalá, también sobre los lectores de este texto, y olvidemos las fechas exactas, dejándolas en un pozo oscuro capaz de disolver las matemáticas.

A principios de este 2017 por el que transitamos, llenos de agradecimiento, la excusa para el viaje fue la presentación de mi último libro de poesía en Antinous, la librería LGTB que acaba de cumplir veinte años, la librería llevada por los encantadores hermanos Maria y Josep.

Tras la siempre mágica velada de la presentación en la que uno da a conocer sus escritos a conocidos y desconocidos (en esta ocasión tuve la suerte de encontrarme con algunos desconocidos también) y un sueño algo turbulento cumplimos los planes de acercarnos a la iglesia mundialmente famosa, años antes de que esté terminada.

Y la suerte nos acompañó, una vez más, casi siempre colega de viaje que no ocupa plaza en aviones ni cama en hoteles pero te abre las puertas de lugares cerrados o amplía horarios de forma repentina para que puedas visitar éste o aquel rincón, o te regala un tiempo magnífico, cielo despejado de luz que te permite visitar todo sin incomodidades y apreciando los detalles, siempre los detalles. Ahora nos abría las rejas de acceso al recinto un poco antes fe lo previsto y nos dejaba en primera fila antes de entrar durante unos minutos que nos sirvieron para contemplar detenidamente la fachada del Nacimiento, con sus delicadas esculturas y sus ángeles sin alas, tal y como los concebía Gaudí.

Todo es aquí un canto a la belleza y la dulzura del gran acontecimiento (salvo, claro está, la alusión a los Santos Inocentes).

La luz natural regala toda la historia del nacimiento de Cristo en escenas delicadas pero no dulzonas.

Hay un movimiento de olas en las figuras, algo que me recuerda inevitablemente a las líneas de los balcones de la Pedrera. Por otro lado la verticalidad de las cuatro torres pobladas de campanas eleva mi mirada y casi inevitablemente el espíritu.

Los elementos de la naturaleza surgen de la piedra haciendo un todo del conjunto, fusión de la arquitectura y la escultura en una sola obra que no alcanzaría su plenitud si faltase cualquiera de las dos.

Como si se tratase de una mano de cuatro dedos extendidos (siendo el pulgar invisible), hecha de piedra lunar se presentó ante mí años más tarde y plasmé dicha imagen en mi libro "Al amparo de unos dioses ajenos".

Fuimos de los primeros en entrar al gran espacio interior, luminoso, muy alto y... muy desnudo. Había algo de Gaudí aquí, quizá las líneas, el baldaquino con el Cristo pero... faltaba Gaudí en los detalles. Quizá porque se trate de una obra inacabada y la ornamentación llegue más tarde. Quizá piensan dejar el interior así de desornamentado. Lo que ya parece definitivo son las vidrieras, geométricas, faltas de figuras. Y por lo que he leído de Gaudí dudo mucho que hubiera desaprovechado la oportunidad de las vidrieras para contar historia bíblica. Esto no parece nada en la línea iniciada por el maestro. ¿Se habrá hecho porque salen más baratas así? ¿Se habrá hecho por acelerar el proceso y poder abrir el templo cuanto antes? ¿O sólo porque a la "creativa de turno" le ha parecido más moderno? Una vez más pienso en la falta de respeto al trabajo del artista.

Entiendo que Gaudí innovaba sobre sus planos y diseños o dibujos y será imposible que la obra quede tal como él la habría dejado si hubiera podido terminarla pero, ¿por qué traicionar así la línea de su arte, su estilo más básico?

No es que el espacio sea desagradable a la vista, la inclinación de muros y columnas-palmeras y el original techo con su bóveda única, hacen del interior de la Sagrada Familia un lugar muy singular pero sólo el baldaquino me permite enlazar con la fachada y el resto de los trabajos que dejó tras de sí, desde el palacio episcopal de Astorga al parque Güell o aquel otro baldaquino que elaboró para la catedral de Mallorca y que -¡oh, tristeza!- me dicen que han retirado y ya no se puede contemplar sobre el altar.

En la zona que diseñó para la sacristía puedo ver algunos muebles labrados siguiendo sus dibujos e ideas, y la belleza y la riqueza de símbolos vuelven a mis ojos: hasta las cerraduras se emplean para nombrar a Cristo.

Y entonces llega el momento más temido, mi segundo cara a cara con la fachada de la Pasión. Ya la había contemplado en un viaje anterior, que no durante aquella primera noche llena de belleza poética y claridad ígnea. Y mi rechazo hacia las esculturas de Subirachs había sido total. No porque tenga en mala estima expresionismo alemán con el que me da la impresión de que están emparentadas, pues dicha corriente artística me subyuga, sino por dos motivos mucho más importantes: la primera me parecían una bofetada con toda la mano abierta al estilo de Gaudí: bastaba ver las esculturas de la otra fachada para rechazar aquella obra; la segunda era la falta de fuerza de dichas imágenes. Si bien tenían una deshumanización basada en las formas geométricas y la esquemátización de líneas, también adolecían de la tragedia que una escena como la Pasión de Cristo requería, y ello, entre otras cosas, por la falta de sombras, por la ausencia de claroscuro digno del dramatismo que el momento tiene. Las esculturas son prácticamente planas. Todo me parecía un desastre, una gran oportunidad perdida.

Ésta sería la segunda vez que vería el conjunto más allá de fotografías y televisión. ¿Qué impresión me causaría?

La realidad fue que me dejó frío, totalmente indiferente. Ni siquiera Longinos, en su caballo, la más lograda de las imágenes, tiene la fuerza necesaria. Y las escenas se hunden, de forma separada -como si fueran independientes y no estuviera relacionadas- y ridícula en el fondo arquitectónico, telón de fondo que queda desproporcionado para los grupos de escultura, sin que quede patente la conexión entre ellos y mucho menos integrados con el conjunto de la estructura.

Y fue entonces cuando, leyendo un libro de los que había adquirido en mis viajes, descubrí que parecía no muy desencaminado de la verdad. Y la verdad estaba en un dibujo que Gaudí había dejado para esta portada. ¡Oh, traición a su proyecto!

El dibujo, según parece, fue encontrado en su bolsillo, doblado en cuatro, cuando lo atropelló un tranvía y cualquiera puede verlo en este enlace

https://www.gaudidesigner.com/es/sagraaquida-familia-dibujo-original-de-gaudi-de-la-fachada-de-la-pasion._304.html

Y aunque no soy arquitecto ni escultor me parece clarísimo el inmenso cambio que se he ejecutado en su proyecto. ¡Aquí sí hay dramatismo y claroscuro! El crucificado surge del parteluz de la puerta y por lo tanto es el sostén de todo el resto del edificio, de la portada, Cristo es la columna de la Iglesia, su crucifixión el momento del que surge nuestra fe, su fructífero sacrificio. Aunque las figuras son muy pequeñas nada hace pensar que el estilo que se sugiera sea distinto al de las que se encuentran en la fachada del Nacimiento... A sus pies dos figuras que entiendo serían la Virgen y San Juan, y sobre él, a un lado y a otro, dos grupos de figuras que parecen contemplar la terrible muerte en el monte del calvario. Por encima de eso, justo después del momento de su muerte, todo es oscuridad y tristeza. Una oscuridad es que consecuencia de la sombra de esa especie de toldo que forman esos extraños contrafuertes por entre los cuales se contemplan estas escenas. Como si fuera un gran velo, el velo del templo que se ha rasgado por tres lados...

El impacto del conjunto era inenarrable, bellísimo y lleno de patetismo. La traición al última legado de Gaudí me parece muy grave y muy triste. En ese dibujo contemplo, con el corazón sobrecogido, ese momento en que se da la vida por nosotros como centro de todo, semilla de toda la fe de los cristianos, como el arquitecto era en grado sumo.

Sirva este pequeño artículo para homenajear ese bello proyecto que nos dejó y que explicaba tan bien, en piedra, ese momento que estamos reviviendo ahora, como cada Semana Santa.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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