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Las Palmas de Gran Canaria IV. Sorpresas callejeras y (gran) sorpresa final.

Vuelvo a Las Palmas una vez más para paladear el sabor que dejó en mis sentidos esta isla privilegiada a la que espero regresar más pronto que tarde. Retomando el primer día que bajé a la ciudad, he de decir que llegué a pisar el Pueblo Canario, donde compré un recuerdo (un souvenir, pues yo soy muy amante de ellos) que me trae recuerdos de las casas tradicionales cada vez que me lo cruzo en la pared, junto al espejo. Es en ese mismo Pueblo Canario donde se encuentra el Museo de Néstor Martín-Fernández de la Torre. Sin embargo el reloj no pudo dar más de sí, y sus manecillas, aunque voluntariosas, no fueron capaces de detenerse para permitirnos entrar en el universo de este pintor simbolista tan olvidado por la mayoría de los españoles.

Guillermo Arroniz López • 19/05/2014

Museo Néstor | Foto: Uso permitido

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Vuelvo a Las Palmas una vez más para paladear el sabor que dejó en mis sentidos esta isla privilegiada a la que espero regresar más pronto que tarde. Retomando el primer día que bajé a la ciudad, he de decir que llegué a pisar el Pueblo Canario, donde compré un recuerdo (un souvenir, pues yo soy muy amante de ellos) que me trae recuerdos de las casas tradicionales cada vez que me lo cruzo en la pared, junto al espejo. Es en ese mismo Pueblo Canario donde se encuentra el Museo de Néstor Martín-Fernández de la Torre. Sin embargo el reloj no pudo dar más de sí, y sus manecillas, aunque voluntariosas, no fueron capaces de detenerse para permitirnos entrar en el universo de este pintor simbolista tan olvidado por la mayoría de los españoles. Lamentable e injustamente olvidado, he de decir. Y no sólo por su interés artístico, sino por su dedicación, en los últimos años de su vida, a la “recuperación” de su isla, al cultivo del “tipismo” y labor por el desarrollo del incipiente negocio del turismo que, como bien adivinó, tanto bien económico habría de traer a su tierra.

Como me sucediera con el museo de Domingo Rivero se queda como un motivo más para iniciar otro viaje a la ciudad y a la ínsula que la contiene donde ni siquiera mojé mis pies en el mar, aunque llegué a tener una panorámica de la playa de Maspalomas, con sus características dunas desérticas y misteriosas… no exentas de erotismo y libertad.

Fue sin embargo el paseo por otra de las playas de Gran Canaria donde la sorpresa callejera vino a darme lo que el tiempo me había robado… La vida es así, caprichosamente justa a veces, aunque no sepamos o no queramos verlo. En Las Canteras, por el paseo marítimo, un inmenso muro, demostró lo que una buena idea cultural y unos artistas urbanos pueden traer de bueno: reproducciones de “El poema del Atlántico” o “Poema del mar”, la más famosa de las obras de Néstor (dentro de su inconcluso “Poema de los elementos”, la más reputada), salían a nuestro paso. Sus colores vivos y la fuerza de sus inmensos peces atrapaban desde una magia nueva, no vista antes. Faltaba la androginia que tan bien practicara en su obra, cuerpos femeninos hipermusculados que me recordaran una versión decadente de las mujeres desnudas de Miguel Ángel, pero el Néstor más potente había venido a nosotros (de la mano de otros, es verdad) ya que nosotros no habíamos ido a verlo a él en su propia casa. Pero, en definitiva, ¿no es acaso toda la isla su casa? El hallazgo… aunque fueran las pinturas las que nos hallaran a nosotros y no al revés, daba la clave cultural y tranquilamente emocionante que nos esperaba.

El camino se llenaría de símbolos, aunque este había sido el primero. Una gran tienda de recuerdos nos trajo máscaras, imágenes y figuras de diversas culturas y religiones… y entre todas ellas una de esas máquinas como la que concedía su deseo al niño en “Big”, autómata de aspecto gitano (gitana en este caso) que conocí por primera vez muchos muchos años atrás. Ese pequeño que tan pocas veces dejo salir, y que llevo muy dentro, como oculto entre capas de profesionalidad, ambición y barnices de cultura botaba dentro de mí como un balón inquieto, guardado demasiado tiempo en el desván. Creí en la magia y decidí interpretar a mi manera el mensaje que la tarjeta que el autómata había imprimido para mí.

Al final del paseo el auditorio Alfredo Kraus con sus vistas al mar. Debe ser algo grandioso escuchar aquí ciertas composiciones viendo al Atlántico enfurecido. Algo así como si la música llamase a la ira del elemento. Para siempre mirando al mar una gran cabeza salía del muro del edificio. Era una cabeza cuyos cabellos parecían tentáculos de pulpo. Según tengo entendido es una Medusa alegórica. A mí me sugirió ese poema:

Hermano de Medusa. (Escultura en el auditorio Alfredo Kraus).

¿Quién eres tú, hermano de Medusa?

Miras con dolor ese mar canario,

calmo Atlántico, máscara y osario,

cruel asesino, lar, anciana y musa.

¿Quién fue tu Jasón? ¿Cuál era su excusa

para arrancar tu rostro legendario?

-Héroe feroz, mito libertario,

diana de carne de tu ira inconclusa.

Brazos de pulpo, pero no serpientes,

son tus cabellos bravos enojados.

Labios, tan voluptuosos como fuentes,

lanzas al viento, pérfidos, cerrados:

Guardas en ellos maldición de cieno,

último pálpito de tu veneno.

Nuestro paseo, bajo un cielo algo nublado, con las espléndidas vistas que alcanzaban todo el abrazo de la playa, había llegado a su final, a su punto más álgido… La isla y sus habitantes, mis anfitriones, no dejaban de sorprenderme, de regalarme, de hacerme sentir cuánta belleza se oculta tras cada esquina…

La sorpresa final llegaría aquella misma noche. Por fin. La noche de la preselección de la gala Drag. La noche de disfrazarnos de carnaval y disfrutar de uno de los más famosos acontecimientos mundiales de esta fiesta centenaria que celebra la vida y las máscaras a partes iguales. La noche en la que el antifaz nos permite ser quienes soñamos ser, o quienes somos en realidad y no nos atrevemos a mostrar.

He hablado muchas veces el universo de los/las drags y su inmenso talento y no quiero repetirme, pero sólo diré que, a diferencia de lo que suele suceder, aquello que tanto se ha deseado, no sólo no defraudó sino que superó toda expectativa. El derroche de talento, ingenio, humor, vestuario, arte, flexibilidad, coordinación y extravagancia era casi inaudito. Treinta y siete actuaciones llenaron de luz, música y color, y sobre todo imaginación a raudales, el Parque de Santa Catalina. Y el mundo se olvidó, por unas horas de los géneros y las normas, del día a día, de las obligaciones, de la realidad del siglo XXI, de la tristeza, de la parte oscura del hombre, de las caras largas y las preocupaciones porque la fantasía más desbordante, desobediente, desesperada, desenfrenada y descarada tomó el escenario y nos hizo soñar con otros mundos, mundos que existen en las mentes privilegiadas de estos artistas capaces de la transformación y el asombro. Las Palmas se despedía con un espectáculo de fuego sin fuego. Y me dejaba con ese fuego una marca en los ojos y en la piel. No había dolido, pero dolería dejar la ciudad atrás… Habremos de volver. Otros misterios de la isla aún nos esperan…

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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