Las Palmas. III. Las sorpresas íntimas.

La ciudad, fresca, mitad al sol mitad a la sombra celeste de las nubes, seguía abriendo sus entrañas para mí, como si de un cofre de tesoros se tratara, un cofre con doble fondo, como el de los magos. Y todo aquello que el niño desea está allí: un conejo para acariciar, algo brillante e inesperado, una capa que te hace invisible. Todo aquello que prueba que la fantasía existe, todo lo que hace que la ilusión tenga sentido, el mundo de lo ilógico, lo que escapa a la tenaz y aburrida (aunque necesaria) razón.

Guillermo Arroniz López • 21/04/2014

Las Palmas | Foto: Uso permitido

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Y aunque adore los conejos y me llenen de ternura, la gran caja de joyas de Las Palmas tenía otros presentes para mí. Los que yo más podía desear, como aquellos eran los objetos de los sueños de cualquier niño... Al menos de hace unos años. Ahora, por supuesto, serán una tablet y una X-Box o similar.

Buscando, en la misma calle de la casa natal de Benito Pérez Galdós (calle Cano), la librería del Cabildo, una calle, a mano derecha anunciaba el Museo de Domingo Rivero. Un escritor del que no había oído hablar. Un escritor nacido a mediados del siglo XIX, con una reducida e íntima obra que estaba aún por descubrir. La curiosidad ya me picaba sin saber aún ni su fecha de nacimiento ni la calidad de su obra. Pero el corazón me latía sin conocer aquellos datos tan atractivos para mí. Como era domingo la librería estaba cerrada... pero mis anfitriones tuvieron la atención de volver a bajarme a la ciudad al día siguiente. Y mi compañía, siempre providencial, encontró lo impensable: un libro de Domingo Rivero. El libro, por sí solo, era una dádiva de dioses literarios. Mis tres colores favoritos estaban allí: rojo, negro, blanco. La portada me mostraba al autor, fotografiado durante su visita a Londres, con una larga chaqueta y una atractiva barba, muy cuidada. Ojos perdidos en la distancia, en la melancolía de un lejano mañana. Un lazo de buen tamaño al cuello, la mano derecha sobre el pecho, oculta por la chaqueta tras la que se encontraba. Nariz recia, tez impoluta: tenía entonces el poeta veintiún años. Y según parece aún no sabía que era vate. El aire del último cuarto del XIX, culmen artístico de la sociedad occidental en tantos aspectos según mi opinión, salía de aquella portada clamando, bramando... pero suavemente, elegantemente, con el saber estar de un caballero.

Domingo Rivero tiene tres grandes lecciones para mí. La primera la ausencia del ansia por la gloria. Sus versos se escribieron no para triunfar ni para ganar dinero o renombre, sino por deseo íntimo, interior y honesto. La razón por la que su pluma volaba sobre el papel dejando caer la tinta del verso, no era sino la Poesía en sí misma y su consuelo. Libre de ataduras ajenas el escritor se sincera. No busca aprobaciones ni ventas. Sólo el consuelo, el pálpito, la sangre, la vida de su Arte.

En segundo lugar la paciencia. Como otros grandes autores, Domingo no empezó a escribir hasta una edad ya madura. Él no fue el adolescente lleno de furor amoroso o el joven desbordado por el impulso y la ambición. La bendición de la Literatura y su astro lo movieron a escribir en la edad de la conciencia y la reflexión.

Y lo más importante: a través de sus versos me enseñó que ciertamente no importa hablar de un objeto como una silla, la Poesía está dentro de nosotros... y dentro de la silla. Si un soneto sobre un mueble cotidiano puede rompernos el corazón es porque el autor capta su mensaje más profundo y lo vierte sobre nosotros. O bien que llena a ese asiento de un contenido que a los que corremos por la vida nos pasa mudo, desapercibido, a pesar de su relevancia. Domingo Rivero tenía el alma infectada de amor por las cosas pequeñas de la vida, y por el afecto familiar. Y sus virus lo convierten en un poeta que llega directamente a las entrañas, a la parte más sensible de nuestra existencia.

Su libro sigue en mi mesilla casi dos meses después. No me siento con fuerzas ni ganas para dejarlo entre los demás, por mucho que vaya a tener grandes compañías, pues mi biblioteca está plagada de ejemplares que me embriagan de Literatura.

No visité aquel museo... pero me quedó pendiente. Me dejé "olvidado" aquella joya para excusar mi regreso a aquella casa de mar y arte. Dos palabras que deberían escribirse con mayúsculas iniciales, siempre.

Con el libro en la mano, callejeamos hasta Mayor de Triana, calle que no he de olvidar. En ella encontré no sólo una gran vida canaria (no es una de esas calles meramente turísticas, sino que realmente es parte de la ciudad en movimiento) sino una arquitectura donde algún balcón tradicional, como los de Teror, hablaban de la historia de esta isla; y donde el Modernismo tenía un protagonismo inesperado. ¡Belleza de las formas sinuosas y los adornos arquitectónicos para solaz de la vista! No imaginaba que en estas islas, como en Mallorca, el Modernismo había dejado huella... hasta el punto de atreverme a decir que configura el perfil de esta calle de limitada altura pero casi ilimitados encantos.

Como postre... La belleza final. Una estampa de otro tiempo en cuerpo contemporáneo. Casi al final de esta vía un joven de pantalón corto despertaba en las cuerdas de un violín las notas del compositor Vittorio Monti, que debo reconocer no reconocí por sí mismas sino en la piel de la canción pop "Alejandro", de Lady Gaga. Lo cual prueba que soy hijo de mi época, pero también la ambición musical de la cantante y su complejo mundo de referencias. El violinista, en aquella calle, no podía ver el mar, pero yo sentía el hechizo de su presencia al igual que el embrujo de aquellas notas oscuras como la piedra de Arucas. Me hubiera quedado allí integrando la imagen de la juventud con los acordes atemporales y la lejana nana olorosa de las olas. Y sin embargo ni siquiera le eché una moneda por las prisas... Todavía me arrepiento de no haberlo hecho.

El violín canario.

Rodeado de mar, pero en secreto,

al pie de bellas casas centenarias,

robabas al violín las notas varias

y al hombre admiraciones y respeto.

Al ritmo de tus dedos me someto,

sus danzas aprendidas, mas corsarias,

lanzaban unas chispas incendiarias

prendiendo la raíz de este soneto.

Con ansia devoraban mis oídos,

la fiebre que a tu máquina endiablada,

le daba la explosión de tus sentidos.

Muchacho, tu violín, como una espada,

partía el corazón con sus quejidos.

Brotaba negra sangre enamorada.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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