Londres bajo el encantamiento de Virginia Woolf.

Hoy mi artículo de viajes es más bien un homenaje a la escritora que escribió "Al faro" u "Orlando", por citar dos de sus novelas. En forma de relato, y con las voces interiores de dos personajes bien diferentes, doy un paseo por el Londres de Septiembre de 2014. Espero que os guste.

Guillermo Arroniz López • 05/09/2014

Virginia Woolf en la National Portrait | Foto: Uso permitido

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El sueño acumulado la noche anterior hacía todo un poco irreal, como visto a través de una niebla mental fina sólo en apariencia. La llegada desde el aeropuerto a la oficina, el tren, el metro… pasaba desapercibida porque su atención estaba centrada en la lectura o el trabajo en el ordenador. El cansancio le exigía una voluntad extraordinaria para organizar las ideas y poder avanzar a un ritmo normal. Durante el aterrizaje del avión, ya despierto, había leído las primeras páginas de aquel relato de Virginia Woolf en el que un caracol avanzaba por la hierba de los Kew Gardens entre las frases y los pensamientos de los visitantes de los jardines. Intentó comparar la traducción con el original y el ejercicio fue como una bomba para su cerebro agotado por la falta de descanso. Lo que estaba claro es que la prosa de la famosa autora no era fácil de traducir. Y la traductora, con todos los respetos, no era lo que se dice un as del poético y acrobático ejercicio de pasar textos de un idioma a otro. Se sentía mal pensando aquellas cosas. ¿Quién era él para juzgar el trabajo de alguien que habría estudiado para ello y se habría esforzado? ¿Acaso se creía él mejor, con más capacidad para hacerlo, si lo intentara? Se sintió ruin, pero no podía evitar que los pensamientos le llegaran uno tras otro, condenando aquel trabajo por no saber dar fluidez a un texto que ya de por sí resultaba muy intimista y lento como para complicarlo con una traslación poco lúcida.

Sabía que comer en Balans, aquel restaurante en mitad de Soho, con camareros muy llamativos, tenía como objetivo evitar lugares nuevos y, sobre todo, volver a comer un British pie, uno de esos pasteles de carne tan tradicionales que no debía tomar dado el alto contenido en hidratos de la masa, al que se sumaría la carga, nada inocente, del puré de patata. Pero la sorpresa lo cogió de lleno cuando comprobó que ni en la carta ni en el especial del día se incluía aquel plato. Lo habían eliminado del menú. Quizá resultaba en exceso tradicional para un restaurante en el barrio queer de la ciudad. Ya se sabe que lo queer es siempre la esencia de la modernidad, el último grito, la revolución de la revolución y la originalidad de la originalidad. O quizá no, su experiencia era que los nacionales del país amaban su Historia, incluso sus tradiciones culinarias o los materiales de las ventanas en los edificios antiguos, aunque ello supusiera un coste adicional en calefacción y mantenimiento.

A su lado izquierdo otro hombre joven comía solitariamente. El local no estaba muy lleno, pero el ruido era tan exagerado como lo recordaba. Por el día o por la noche el restaurante generaba un eco que, sin duda, respondería a las mismas leyes que los griegos ya habían estudiado para sus teatros pero que resultaban tan contraproducentes y tan inquietantes a la hora de comer. El volumen alto alteraba su percepción de las cosas, su estado nervioso. Pero siempre regresaba allí. Aunque hubiera otros muchos lugares donde comer British pie. Ese hombre joven que comía a su lado, en una mesa separada por treinta o cuarenta centímetros, no conseguía captar su atención, que estaba absorbida por dos parejas muy distintas, amas situadas siempre al lado del corazón, una en continuo movimiento, la otra en permanente descanso. La primera estaba formada por una camarera de origen posiblemente polaco, con más de cuarenta años a sus espaldas, sonrisa exagerada y delgadez histriónica y un camarero mulato, pelo muy corto, ojos oscuros, de baja estatura y característica timidez o quizá torpeza. Ella le informó que estaban en pleno proceso de formación, lo cual sin duda ninguna explicaría el estado algo ajeno del joven que la acompañaba: estaría memorizando los pasos a dar, las preguntas a hacer, el orden de las cosas, el tratamiento a los clientes… más que centrado en el servicio en sí. Recordó que una vez había sido aprendiz, pero su impaciencia le impedía prestar mucha atención. Y su orgullo. Creía que lo sabía todo. Lo creía de forma natural, sin pensar en ello. Iba aplicando su criterio una vez asumía que había aprendido lo básico. Eso le hacía olvidar cosas. Pero le daba lo mismo. Era joven entonces. Estaba jugando a trabajar y a ganar dinero y no le iba mal. Ni le iba bien. Ganaba dinero como para pagar una habitación minúscula y hacer viajes muy económicos por los alrededores. De momento no le pedía más a la vida. Las cosas habían cambiado.

El joven siguió atendiéndole bajo la mirada atenta, pero algo más distante de la camarera. Pero sus ojos no se habían posado en él, sólo en el plato y en su siguiente encargo. Era incapaz de ver lo que hacía, sólo se dedicaba a hacerlo. Ella intentaba dar naturalidad a una situación que quedaba rocambolesca sobre todo por su hincapié en exagerar las sonrisas y el trato de excelencia. Otros camareros lo habían interiorizado como algo que exigía el restaurante pero que cumplían sin reverencia. El hecho de que le hubieran encargado a ella la formación del principiante daba a entender, sin embargo, que al dueño o encargado le gustaba aquel estilo remarcado, exagerado.

Londres quedaba fuera, a su lado derecho, al que no prestaba atención. Londres inmenso como siempre, entelequia del Imperio y la ciudad lluviosa, símbolo de la vida cultural y del turisteo más masificado del mundo. No tenía tiempo de atenderlo. Debía comer y regresar a la oficina para continuar su trabajo. Pero Virginia no salía de su cabeza y se preguntaba si podría llegar a ver la exposición anunciada, pensaba… sin llegar a ninguna conclusión porque su mirada seguía el baile de pasos ágiles y torpes de la pareja de camareros y los mínimos gestos de la segunda pareja que había captado su atención, también a su izquierda, hasta eliminar el resto del local de su mente e incluso de su mirada.

El camarero joven apenas susurró si la comida estaba bien. Cumplía con un protocolo, estaba inquieto por irse, su mirada pululaba ya por otra mesa como mariposa inquieta.

- Sí, gracias. Todo está perfecto.

Y se notó tan extraordinariamente forzado como aquella mujer, haciendo un esfuerzo por ser muy agradable y transmitir confianza al muchacho, a quien no parecía importarle en absoluto. ¿Era pegadiza aquella impostada amabilidad, contagiosa como un virus? Al menos no se podía morir de ello, ¿o quizá sí, quizá las arrugas de expresión y de sonrisa exagerada podían llegar a transmitir un tic y una ansiedad que dejara su cerebro frito a base de repetirse? Desechó el pensamiento mientras el camarero se acordó de su madre, en Sudáfrica, repitiéndole una y otra vez que no conseguiría nada bueno en Londres, que no era lo suficientemente guapo como para cazar algún hombre con dinero. Para su suerte la monitora lo llamó y desintegró sus pensamientos… o mejor dicho los dispersó, aunque él sabía que volverían a reunirse para hacer de estrofa machacona en su cabeza.

La segunda pareja parecía un clásico con tantos años como la civilización, aunque muy ajado y estropeado, como una flor verde en el ojal que llevara ya dos días luciendo sus colores, cada vez menos vivos y refrescantes. El corpulento -¿por qué pensaba opulento?, en realidad era sencillamente gordo- hombre tenía la cara colorada y su traje gris no ayudaba a disimular el peso mal controlado. No tenía mucho pelo, y el que le quedaba era más blanco que gris. Pero lo conservaba con dignidad, sin productos que lo sujetaran ni una longitud que llamara la atención. No tenía aspecto alegre. Parecía molesto, como descontento con el servicio o preparado para quejarse a la menor ocasión. El joven tampoco parecía contento. Su mirada se perdía en la pared. Se esforzaba por no fijar su atención en ninguno de los atractivos camareros o en cualquier detalle que hubiese podido molestar más aún a su acompañante. Había algo francés en su rostro, un gesto de morritos algo orgulloso, una calidad de la piel, un pelo rubio, como normando o algo así. El color era producto de un tinte aplicado en peluquería cara, en realidad, intenso, aunque no lo suficiente como para rivalizar con el blanco de su fino jersey. Apenas había comunicación entre ambos miembros de la desigual pareja. Podrían haber sido padre o hijo, pero la falta de similitudes físicas hacía pensar en otro tipo de parentesco, relacionado también con la sangre y sus pulsiones, pero no unido por el ADN. Si el francés de gesto autosuficiente era un acompañante, una pareja erótica, no cumplía sus funciones con profesionalidad. No transmitía erotismo, seducción… ni siquiera atención a su cliente. Quizá el cliente no pagaba bien. O quizá le acababa de montar una absurda escena de celos antes de entrar al restaurante. Se le ocurrían al menos dos o tres explicaciones más. La diferencia de edad rondaría los treinta y cinco años. Pensó de nuevo que podrían ser padre e hijo. ¿Por qué se empeñaba en imaginar lo contrario? Por un momento se hizo una confesión honesta y disfrutó con la sordidez del asunto y la belleza puesta a disposición del poder y el dinero. Los envidiaba a ambos. A uno por poseer ese don de la atracción física en plena floración de la juventud y al otro por su poder para disfrutarla, aunque fuera momentáneamente. Esa belleza arrogante no quería admitir su dependencia, su pereza, su exceso de orgullo pero eran evidentes, imposibles de ignorar.

¿Habría un después de aquella comida? ¿Un servicio completo? A veces era básico y vulgar. Pero intentaría ocultarlo como hacía la mayoría del mundo conocido.

Pidió la cuenta y se internó en el nublado mediodía inglés con la cabeza ya centrada en su trabajo. Se lo vio avanzar por Soho hasta que su figura se perdió por las calles estrechas del barrio. Ningún caracol atravesaba el asfalto, pero él lo llevaba consigo y aparecería en cualquier momento entre sus pensamientos, quizá subido al bastón de Virginia Woolf que esperaba ver pronto.

Aún pasaron dos días hasta que pudo llevar a cabo su plan. Perdió la mejor jornada, con un sol de Septiembre lleno de vigor, pero encontró el momento bajo un cielo mucho más propio de la fama de la ciudad. Avanzó por las calles sin prestar atención a teléfonos o libros, algo que era ajeno a su costumbre. Le dolían los riñones e intentaba ignorar el cansancio generalizado que aumentaba con cada paso. Llegó al delicioso edificio de la National Portrait Gallery un poco antes de que la abrieran al público y aprovechó para cruzar la Trafalgar Square, aún vacía, como un patio de butacas antes de empezar la función, camino de una gran librería de tres plantas donde le informaron que ya no existía la sección "Gay and lesbian". No supo si alegrarse o echarse a llorar. La segunda opción habría cobrado fuerza al salir de la tienda sin ningún libro bajo el brazo de no haber sido porque en su mente ya estaba la exposición sobre la escritora de formas rompedoras.

Al salir se cruzó con Lauren McMahon, joven recepcionista de una oficina del West End. Nunca se conocerían, aquel sería el único momento de sus vidas en el que se cruzarían, pero ninguno de los dos sabría quién era el otro ni en qué mundos se movían.

Entraba a la librería buscando desesperadamente un buen libro de jardinería para su madre, cuya fiesta de cumpleaños se celebraría aquel mismo fin de semana. Había demorado demasiado el tema del regalo pero los esfuerzos por encontrar de un nuevo empleo centraban todo su tiempo libre. Sentía cómo la veían los entrevistadores: una niña cool, pero no una prometedora trabajadora. Y ella buscaba algo más. Responsabilidades, retos. Un nuevo paso. Quizá convertirse en Office Manager. Sacrificó su estilo: pestañas postizas muy largas, uñas artificiales decoradas, tacones muy altos. Era de baja estatura por lo que siempre había abusado de la altura de los zaptatos, pero a la mierda con los complejos. Si tres o cuatro centímetros la separaban de una imagen muy tonta o muy prostituible los sacrificaría. La habían hecho un par de ofertas pero eran más de lo mismo. Se dirigió derecha a la tercera planta, donde ya había estado algunas veces. Si era rápida tendría tiempo para un sandwich antes de volver a la oficina. Un libro muy grande acabaría en la estantería, sin uso, por la incomodidad de manejarlo. Conocía a su madre. Un libro sin fotos la aburriría y se quedaría dormida en salón con la última serie de la BBC en pantalla y las lentes puestas. Un libro muy divulgativo no encontraría credibilidad suficiente y acabaría en Oxfam. Su madre no era sentimental, precisamente. Salvo con sus flores. Eligió rápidamente tres volúmenes, echó un rápido vistazo, leyó un párrafo al azar de cada uno para comprobar si el estilo era rebuscado y tomó una decisión rápida. Pasó por caja y vio numerosos libros sobre la ciudad alrededor. Era lo que tenía trabajar en pleno centro, todo estaba dirigido al turismo. Al abrir su bolso, demasiado caro para su sueldo, pensó sin poder evitarlo, sus ojos se cruzaron con un estante lleno de obras de Virginia Woolf. Recordó entonces que al pasar por delante del edificio unos minutos antes, había visto que en el museo había una exposición sobre ella. Los anuncios le había hecho rememorar, a su vez, que en la prensa se publicaron algunos artículos sobre el evento cultural y que habían incluido, entre otras piezas, el bastón que usaba la escritora. Nunca se había sentido tentada por la obra de su compatriota. Ella no era lesbiana y no entendía muy bien aquello de un hombre que se transformaba en mujer y que vivía a través de los tiempos, algo que le hicieron estudiar no hacía muchos años, en Literatura Inglesa. Como para olvidar al dichoso Orlando. También había visto una fotografía en blanco y negro de la casa bombardeada del matrimonio literario. Eso había llamado su atención con más fuerza. Su abuelo había estado, de muy joven, en la Segunda Guerra Mundial, y aquella imagen lo había devuelto a su mente.

La distracción que le produjo aquella concatenación de pensamientos hizo que su bolso cayera al suelo y se desparramaran un pintalabios, una pequeña agenda y un tubo minúsculo de maquillaje para urgencias. Lo recogió todo con diligencia y pagó olvidando la exposición y dejando que el río de los hechos volviera a fluir. No tenía tiempo para sentimentalismos inexplicables.

Su oficina estaba cerca pero no tanto. Tendría que andar deprisa y concentrarse en los tacones para poder hacerlo sin caer. Las calles del centro siempre estaban en obras. Algo poco práctico. Pero por algún motivo, quizá el inusual buen tiempo del día anterior, el tráfico era una pesadilla y habría tardado más tiempo si hubiera tomado un taxi. Por otro lado el bolso, el libro y los viajes para las entrevistas de trabajo habían supuesto un extra en los gastos del mes y no debía excederse. A pesar de las nubes hacía calor. Supo que desaparecerían pronto. Conocía bien el tiempo de la ciudad. La gente aceptaba sin más la variabilidad londinense, la inestabilidad lluviosa y recalcitrante. Ella los había estudiado y sabía cuando una nube estropearía unos tacones malos y cuando una tarde abriría para poder disfrutar del aire libre sin miedo. Esas cosas eran importantes, no sabía cómo la gente podía dejarse ir sin más, ignorando asuntos tan útiles. Aquella tarde volvería a brillar el sol y tomar el metro sería muy complicado. Pero no podría salir pronto porque había gastado casi todo su tiempo para el almuerzo. Paró en un Pret y salió dando el primer mordisco a su sándwich. Tenía que centrarse en la bolsa con el libro, el bolso, los tacones y la comida. Pero si no daba con ningún patoso llegaría a tiempo. Estaba teniendo suerte ya que nadie de la oficina había llamado aún consultando nada o pidiendo algún trabajo especial que sus compañeras, más inexpertas, no hubieran aprendido todavía. Había terminado su comida antes de llegar a la oficina donde pasar por el baño fue fundamental.

Se miró al espejo, y se serenó. Todo estaba bajo control. Empezaba a sentirse sudorosa y si no controlaba el ritmo esa sensación traspasaría la ropa. No era admisible, así que se miró, respiró hondo y se preparó para el resto de la tarde. Todo estaba bajo control, se repitió. Por algún extraño y divertido motivo un pequeño caracol cruzó su mente, sudoroso, baboso más bien. A saber qué lo habría hecho aparecer. Quizá –se dijo- he visto alguno al hojear los libros sin que me haya dado cuenta. Y sonrió, exageradamente para guardar algo del gesto cuando llegara a la recepción.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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