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Londres. Museos inesperados. Adioses a una época.

Siempre vuelvo aquí… aunque sea para unos días. Por trabajo o por placer. Esta ciudad puede ser muy dura y fría y solitaria para vivir… pero un mundo de cultura y sensaciones por visitar. Hoy empiezo por un museo Petrie, una de las mayores colecciones de arte arqueológico egipcio y sudanés. ¿Cómo es posible que un enfebrecido por la historia del Egipto faraónico, como he sido yo, no haya conocido antes este lugar?

Guillermo Arroniz López • 15/03/2013

Dios Min. Petrie Museum

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Si empre vuelvo aquí… aunque sea para unos días. Por trabajo o por placer.

Esta ciudad puede ser muy dura y fría y solitaria para vivir… pero un mundo de cultura y sensaciones por visitar. Hoy empiezo por un museo Petrie, una de las mayores colecciones de arte arqueológico egipcio y sudanés. ¿Cómo es posible que un enfebrecido por la historia del Egipto faraónico, como he sido yo, no haya conocido antes este lugar?

Su localización es bien céntrica, entre Euston Station y Tottemham Court Road. Por lo tanto la pregunta anterior cobra aún más sentido. ¿Por qué?

Los británicos, además, padres de los estadounidenses, son excelentes publicistas, gente capaz de hacer marketing del peor producto, o del más visto y usado de la Historia. Y sin embargo, ¿quién ha oído hablar de este museo?

Bien, es hora de dar respuestas a las preguntas. En primer lugar Londres ofrece tantos museos magníficos, colecciones soberbias, imposibles de abarcar, que en las breves visitas de los turistas es difícil que este tipo de rincones salte a su paso. Salvo que uno las busque concretamente, claro. En segundo lugar el museo es céntrico, pero se encuentra en el centro de un pequeño laberinto encajonado entre una serie de instituciones de estudios (numerosos estudiantes vienen y van con su juventud y su descaro, su audacia temeraria y su insensatez por estas callejuelas) que no hacen nada visible un pequeño edificio de ladrillo. Edificio que bie podría pasar por una casa privada, no muy lujosa.

La colección, además, que es soberbia, no cuenta con ninguna de esas piezas que atraen la atención del público general: una gran escultura de tamaño sorprendente (no cabría); un tesoro notable de una tumba; una momia de la dinastía XVIII. Y sin embargo bien vale una visita. La tranquilidad del lugar, unida a las vitrinas de madera y cristal, con carteles escritos con antiguas máquinas de escribir vuelven la atmósfera atemporal... O al menos con un siglo de antigüedad, como si se hubiera quedado a principios del siglo XX. Aquí huele a Howard Carter, podría uno decir.

Vengo aquí por unas visitas guiadas que se han estado realizando en febrero sobre Egipto y la homosexualidad, cuyos ecos me han llegado… Y aunque no puedo disfrutar de ellas, sí contemplar un magnífico relieve del dios Min, con su falo enhiesto y sus líneas de momia coronada, que encara a un faraón bellísimo, relieve impecable de tamaño considerable. También puedo ver algunos retratos funerarios de la época romana, sobre tabla, de gran talento artístico y gran calidez, como si aún desprendieran el calor humano de sus dueños… Una considerable colección de cerámicas, relieves, retratos, utensilios… que desbordan una única planta en la que sólo encuentro a una trabajadora voluntaria que me vende unas postales con una gran sonrisa y unas gafas muy gruesas, como de haber leído mucho mucho mucho a lo largo de sus cincuenta o sesenta años.

Dejó atrás el mundo de la cultura para hablar de mi frustrada visita a un museo que, en cambio, es bien conocido: la Tate Britain. Turner, los prerrafaelitas… nos esperan allí en una colección que va cambiando sus formas expositivas, como si los lienzos danzaran cada noche y a la mañana siguiente, al abrir las puertas, se quedaran allí donde su baile les hubiera dejado justo en el momento de ser descubiertos nuevamente por el público sediento de esa Ofelia de Millais que guarda tantos secretos; o de esas Escaleras doradas que son tan simbólicas… Las horas no coincidían y el jueves, que yo había imaginado escuchando música gótica o electrónica frente a alguna obra de Blake, tuve que renunciar a tamaña herejía friki. Pero vino la providencia a verme y me trajo a las manos el horario de la National Portrait Gallery. Pensé, una vez más, en rendir pleitesía a la reina María I y a su madre, la devota esposa y grata madre Catalina de Aragón. Así lo hice. Reciben aún a sus admiradores los jueves hasta las nueve de la noche. Considero que es gran generosidad por su parte pues, estando siempre expuestas a las más variadas miradas (tantas aún de protestantes que no han perdonado a María por su inquebrantable fe y su exceso de celo, tan sangriento como fuera el ansia de poder de su padre, Enrique VIII) de diez a seis, además conceden tres horas de su descanso al curioso y plebeyo público el cuarto día de la semana.

Estas iniciativas culturales británicas son dignas de loa. Encuentro, nada más entrar, una magnífica tienda con una selección de productos, libros, naipes, grabaciones de música, postales, imanes para la nevera e incluso dulces, que satisfarán los gustos del más exigente… y después una serie de actividades gratuitas como la actuación de un DJ, o una visita guiada por la galería Tudor. Para mi asombro y alegría, en la parte “digital” del museo, un espacio con varios ordenadores donde realizar investigación, un número elevado de jóvenes charlan de arte rodeados por esa música “pinchada”, actual pero no estridente, electrónica, pero muy new age.

Ellas están tan regias como siempre, Catalina, además, ha recibido un tratamiento que ha devuelto su antiguo esplendor al retrato y al marco donde está contenida, que vuelve a tener los colores originales. María, mira, casi de frente, a su madre, a la que no quiere perder de vista tras verse alejada de ella durante algunos años por su tiránico y egoísta padre, a quien, no obstante, ambas amaron. Su hombro izquierdo aún conserva la tersura con que el maestro John la retrató… blanca piel, inmaculada y pura a sus veintiocho años. Sus labios parecen cerrarse para no llorar, para mantener una dignidad muy bien enseñada… Sus manos, creo, quieren ocultarme algo. Quizá una carta de su madre, quizá la primera confesión de un amor ilícito, quizá sólo una plegaria. Aquí la Literatura entra con fuerza y elucubro historias. Era una época de grandes maquinaciones y planes, con grandes secretos de Estado. Puede que sencillamente pose una mano sobre otra, teniendo como soporte final la falda… Puede.

Y termino por donde empecé. Pues fue el lunes, cuando al empezar mi viaje, me encontré con la triste noticia del fin de una época. O lo que para mí significa el fin de una época… En el HMV de Picadilly Circus enormes carteles anunciaban el cierre de la tienda y, por consiguiente, notables ofertas y gangas.

El HMV es una tienda de discos, dvds, camisetas musicales y últimamente también vídeo-juegos, más algunos libros de música, cómic o excedentes de imprenta… El HMV era para mí un mundo que recorrer. Desde la primera vez que aterricé en estas tierras de más allá del Canal de la Mancha. Aquí compraba los singles de dos canciones (formato CD) que costaban 2 libras. De Sugarbabes a Blue pasando por Madonna o Christina Aguilera. Aquí he comprado libros del director de cine Tim Burton o camisetas de Lady Gaga. Aquí he traído a desembocar las noches de mis viajes de trabajo pues la tienda, ésta en concreto, cerraba a medianoche. Otras había en la ciudad, incluso en la estación Victoria o en los aeropuertos de Heathrow y Gatwick. Pero me confirma uno de los dependientes que la empresa está en venta y están desmantelando, uno a uno, todos los comercios. Parece que los cds y los dvds están muriendo como formato de ocio. Las nuevas generaciones prefieren usar soportes informáticos desde donde descargarse las canciones. Ah, echaré de menos los trabajos de los fotógrafos para los discos y las portadas, las letras de las canciones, los agradecimientos de los cantantes, incluso la caja de plástico, a veces tan difícil de abrir, con ese plástico que no hay forma de sacar a la primera… El aroma de lo que lo que está muerto aunque aún sigue andando llega a mis nada sensibles narices. Los gustos cambian, la crisis y las nuevas tecnologías arrasarán con el soporte material de la música y las películas… que resistirán de momento a través de la venta por internet. Ya no habrá ese placer de ir a buscar el disco recién aparecido, o de rebuscar entre filas y filas de cajas, alguna que nos atraiga o seduzca. Es como la desaparición de Madrid Rock, en Madrid, frente a la salida de metro de Gran Vía. Habrá ya muchos que ni hayan oído hablar de esa tienda… Me voy con una tristeza sostenida. ¿Qué será de mis noches ahora sin un mundo cultural y de compras donde acudir? Mis veladas londinenses no volverán a ser lo mismo sin buscar los regalos que tanto me gustaba encontrar. El mundo ya es otro, y quizá yo no me he dado cuenta.

Me pregunto qué me ofrecerá la ciudad ahora para las horas oscuras. Sin duda algo habrá, Londres siempre tiene algo que ofertar y con lo que sorprender… Pero no será lo mismo. Mi juventud se va con los cierres de esta tienda y los cds…

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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