Londres y la seducción del vampiro.

Llegué a Londres tras el aroma de la Navidad, que allá siempre empieza antes, pero me quedé a medio camino porque Winter Wonderland abría justo la tarde que yo regresaba a Madrid y aunque los escaparates y la iluminación ya estaban completamente preparados para la campaña de Santa, el espíritu no me envolvió como otras veces. La ciudad estaba hermosa con sus decoraciones y sus creativos y carísimos arreglos para las tiendas: auténticas trampas cargadas de imán para los incautos compradores que disfrutamos del gasto y de imaginar los rostros de nuestros seres queridos a los que regalaremos o incluso nuestro propio disfrute al estrenar esta o aquella prenda, o leer el nuevo libro que ha aparecido de nuestro autor favorito. Y sé que la Navidad no es exactamente eso, pero ya forma parte de nuestra vida occidental. Pero de lo que realmente conforma la Navidad… me sentía poco dado a pensar sin dejarme llevar por la emoción y la melancolía.

Guillermo Arroniz López • 01/12/2014

Londres IV | Foto: Uso permitido

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Llegué a Londres tras el aroma de la Navidad, que allá siempre empieza antes, pero me quedé a medio camino porque Winter Wonderland abría justo la tarde que yo regresaba a Madrid y aunque los escaparates y la iluminación ya estaban completamente preparados para la campaña de Santa, el espíritu no me envolvió como otras veces. La ciudad estaba hermosa con sus decoraciones y sus creativos y carísimos arreglos para las tiendas: auténticas trampas cargadas de imán para los incautos compradores que disfrutamos del gasto y de imaginar los rostros de nuestros seres queridos a los que regalaremos o incluso nuestro propio disfrute al estrenar esta o aquella prenda, o leer el nuevo libro que ha aparecido de nuestro autor favorito. Y sé que la Navidad no es exactamente eso, pero ya forma parte de nuestra vida occidental. Pero de lo que realmente conforma la Navidad… me sentía poco dado a pensar sin dejarme llevar por la emoción y la melancolía.

La cuestión era que me encontraba con un cielo encapotado, con ligeras grietas que dejaban ver un azul pálido hermosísimo como las pequeñas flores en los cuadros de Monet, plagados de verde. Grietas tan crueles como la tortura que cesa para volver a empezar al poco tiempo, pues se cerraban con prontitud dejándonos sumidos en una media luz que siempre amenazaba lluvia.

Se hizo de noche muy pronto y pude ver Regent Street desde la ventana de la oficina, elegantemente decorada por pequeñas luces blancas que dibujaban graciosos arabescos para rodear anuncios de películas, supongo que de estreno por Navidad. Las luces habían estado encendidas todo el día, pero con la luz que se escapaba, por los muros de condensación de agua, su intensidad quedaba disimulada, cariacontecida, tímida o pálida como una damisela que tomara vinagre. Con el paso de las horas el edificio se quedó solo y en silencio y las bombillas entraron en fase de sensores. Estando mi mesa algo lejos del sensor más cercano, cada veinte minutos tuve que levantarme para salir de la oscuridad que me envolvía sin avisar. Durante apenas una milésima de segundo se me paraba el corazón. La luz que entraba por los ventanales sólo servía para hacer más patente la oscuridad. Reaccionaba rápido porque la pantalla del ordenador me hacía daño a la vista entre la penumbra, y apenas podía ver el teclado, y sin embargo, durante un instante, algo diminuto y frío como la punta de un alfiler, la respiración se me cortaba.

Al terminar la jornada percibí un gran silencio que mis dedos bailando con las teclas del ordenador y la concentración (y quizá también el sueño contra el que luchaba) me habían impedido apreciar. Las oficinas, dispuestas alrededor de un acristalado patio, estaban vacías, calladas, muertas. Hacía horas que el resto de los trabajadores se había marchado. Yo era el único ser vivo en aquel entramado de acero y metacrilato... dejando de lado las plantas del primer piso. Hasta el movimiento del ascensor parecía brumoso, sospechoso. Pero aquella sensación solitaria duró tan sólo hasta que salí a la calle y, a pesar de la hora, me encontré un Piccadilly Circus de lo más animado, con las luces de siempre dando su carácter a la plaza, más aquellas otras de Navidad; gentes yendo y viniendo hacia Soho y de Leicester Square. Ellas siempre con falda y sin medias, ellos con los vaqueros o los trajes. Algunos llevarían bebiendo pintas desde las cinco. Un arcoíris multicolor de personas que terminaban una fiesta, o sencillamente habían estado de cervezas. A saber si ya habían empezado las cenas de empresa. Caminé hacia Regent’s Park, pero tras unos pasos por la monumental calle sentí el cansancio de un día muy largo y tomé el metro (uno de los últimos, sin duda). Era tan sólo una parada, pero no me vi con fuerzas de seguir por las calles otros veinte minutos.

Salí a la oscuridad del parque. La zona ya no era el mismo centro y la niebla parecía ir despertando, asomándose lentamente por las oscuras ramas de los árboles que dejé pronto atrás para llegar al hotel y olvidarme de todo a través del sueño.

A la hora de la comida del día siguiente decidí darme un sano paseo hasta el British Museum, con la intención de fijarme en alguna pieza que no hubiera “visto” antes, dejándola, como muchas otras, sin prestarle mi atención, en busca de los tesoros más famosos del Partenón o la piedra Rosetta, por citar dos. El edificio me acogió con una engañosa claridad. El cielo parecía querer expulsar a las nubes del día anterior, y no entendí que el anuncio sobre la colección de grabados y obras sobre brujas y esoterismo fuera una señal. Los blancos muros del gran museo y la claridad entrando por el moderno techado de cristal y metal, junto a las decenas y decenas de personas me absorbieron por completo. Por eso mismo no estaba preparado…

Pasé por la sala de la famosa piedra políglota y decidí fijarme en su dorso, allá donde la mano del hombre no dejó grabada su palabra. ¿Quién habría dicho, viendo aquella superficie irregular, el valor de la roca? Me sobrecogió pensar que, de haber estado boca abajo podría no haberse desentrañado nunca la maraña de dibujos y signos del simbólico sistema de escritura jeroglífica que lleva siglos cautivándonos más allá de su significado como obra de un lenguaje complejo y completo.

Al darme la vuelta para retomar el camino de salida, vi aquella figura suave como un gajo de mandarina, tan suave como la portada de un libro nuevo. Blanca y luminosa la piedra daba soporte a un torso delicado, varonil pero dulce como un postre excesivo. Todo en ella era equilibrio, y sin embargo exceso. El racimo de uvas en su mano explicaba el porqué de todas las cosas. Por más que fuera Arte Romano, siguiendo las pautas de algún modelo Griego, quizá, Dionisio siempre era y tenía que ser el dios del vino y, por lo tanto, del exceso y de la pérdida de conciencia… como bien decía el generoso número de frutas sostenido en la mano izquierda pues la derecha (guiños del destino) la había perdido, aunque no así su pequeño sexo y dulces testículos, de un tamaño algo inferior al de las ciruelas y poco mayor que el de las uvas, quizá como lichis o madroños pero lisas como la toca de una novicia en tiempos de La Regenta. La obra no había sufrido ningún ataque de pudibundez ni hipocresía, fanatismo ni miedo, aunque el brazo había caído, quizá fruto del tiempo.

Y entonces le vi. O mejor dicho, le vi mirándome. Fija y claramente, con una sonrisa en los pliegues de la piel en torno al ojo. Una sonrisa malévola, traviesa. Casi pude ver un rastro de color en el iris de sus ojos, tan marmóreos como el resto y, sin embargo, casi palpitantes cuando me miraba. Situado sobre un doble pedestal, su línea de horizonte quedaba por encima de la mía, y por lo tanto su superioridad era patente. Me quedé, un segundo, paralizado, como frente a la oscuridad de la noche anterior. Allí había alguien. Pero no sabía quién. Alguien que tomaba la escultura del dios romano de la embriaguez como supuestamente el alma de los egipcios tomaban los ushebtis para que les sirvieran de cuerpo una vez muertos. Pero este “ushebti”, por su tamaño, por su perfección, daba miedo. Sobre todo porque estaba comprobando que dentro de la piedra algo vibraba, algo delataba vida… o algo similar a la vida. Rodeado de gente como me encontraba en uno de los museos más importantes del mundo, apenas podía sentir nada que no fuera la impresión terrible de ser observado por una esencia camuflada en la piedra. El segundo, que duró como una Biblia leía en voz alto, fue roto cuando bajé mi mirada para posarla en los pies de la estatua. Y cuando volví a levantarla él ya no estaba. Sólo la obra del artista, venerada un día en Libia, en su propio templo.

Salí del templo que es el British Museum, un templo con su peristilo, su tímpano, su arquitrabe y su friso, un templo en cuya naos se veneran la Historia y el Arte, todavía sobrecogido. Quizá había visto alguno de aquellos dioses venerados dos mil años atrás. ¿Qué era exactamente lo que había creído ver? No pude evitar pensar en aquella obrita de Torrente Ballester “El hostal de los dioses amables”, donde los dioses de la Antigüedad seguían vivos gracias sólo a que un hombre seguía creyendo en ellos. ¿Creía yo? Poco a poco la climatología inestable, las calles con su ininterrumpido ajetreo, los edificios maravillosos, apaciguaron la impresión que se fue perdiendo entre decenas de pequeñas obligaciones laborales. La noche trajo, de nuevo, los cortes de luz. La impresión de inquietud aumentó. Intenté engañarme a mí mismo. Dejé la oficina media hora más pronto que el día anterior y traté de convencerme que lo hacía sólo porque el cansancio acumulado ya podía conmigo, dirigiéndome a la misma estación de Oxford Circus que he cogido decenas de veces y que tiene, al menos, seis salidas en la misma plaza y aledaños. Una plaza desde la que se puede ver la iglesia de All Souls, siempre iluminada, con su imponente aguja y sus columnas jónicas, edificio de John Nash, también enigmático personaje. Intenté evitar hacer conexiones absurdas que no eran sino casualidades y bajé las escaleras del metro, tan animado como la noche anterior o incluso más.

No dormí bien y la niebla se levantó conmigo para tapar incluso el edificio de la antigua iglesia que hoy es el recinto para eventos One Marylebone y cuya espalda está justo frente a la salida del hotel en el que me hospedaba.

Aquel Miércoles no pude concentrarme bien. Tuve que hacer las cosas varias veces y aun así cometí varios errores, simplezas que cualquier otro día no habrían entrado en lo posible. Decidí parar seriamente en el almuerzo. El pub The Warwick me recibió con sus exquisitos pasteles de carne y una copa de vino tinto amenizó el hojaldre. Era un poco tarde para los horarios británicos y apenas había media docena de clientes en los que, para ser honesto, no me fijé, extasiado como estaba con mi capricho culinario. En la barra un italiano delgado y con pinta de escocés por el blanco de su piel y lo extraño de su acento, me atendía agradablemente. Miles de botellas me miraban desde las maderas y los cristales del fondo y me preguntaba si realmente habría tantas diferencias de sabor entre ellas. Al salir encaminé mis pasos sin rumbo por calles recorridas muchas veces, pero no por ello menos atractivas, para desembocar en Leicester Square. Puesto que estaba tan cerca de la National Gallery decidí darme un capricho. La Trafalgar Square estaba tan despejada como siempre, con su comandante Nelson en lo alto de la columna, mirando hacia la victoria pasada. Las fuentes corrían y decenas de turistas lo fotografiaban todo. Al fondo el Big Ben y las casas del parlamento. A la derecha el camino hacia el Buckingham Palace y el parque de San Jaime, a la izquierda la iglesia de Saint Martin in the Fields, en cuya cripta comí y merendé varias veces y en cuya nave escuché algunos ensayos de música clásica.

Una vez dentro del museo descubrí, casualmente, que había una sala que sólo habría los miércoles, una especie de almacén con algunas piezas que salían exclusivamente para exposiciones, pero que no estaban habitualmente expuestas. Me picó la curiosidad y bajé a verla. Era prácticamente un sótano. Lo habían construido allá por los años setenta, cuando mi nacimiento, para dar cabida al crecimiento de la colección. Salvo el personal del museo, un hombre que parecía un cruce entre peruano y filipino, asomándose al cómodo balcón de la jubilación, allí no había nadie. Caminé entre cuadros de diversas épocas, países y escuelas. De pronto su mirada, su rostro irreal retratado por Ingres, con algo de maniquí, de ser muerto cuya inexistencia estaba sólo traicionada por el brillo de los ojos. Aquella barba y aquella cabellera imposibles, postizas, sólo acentuaban la suavidad ingrávida de sus facciones. Era él, de nuevo. Y yo no podía moverme. El retrato imposible del duque de Orleans parecía poseído y su busto clavaba en mí su fascinación como se clavan los colmillos del no-muerto en el cuello de la víctima. Acaso era la misma criatura que me había perseguido por todo el centro de la ciudad, de plaza a plaza, de museo en museo. Yo estaba convencido. El silencio acentuaba la sensación de irrealidad y el abrigo empezaba a darme calor. Un paso a mi espalda deshizo el sortilegio como una aguja habría roto un globo lleno de agua. Me quedé empapado y frío. Pero al volver la mirada para atender aquel ruido la conexión con el cuadro se rompió.

Volví a la superficie y caminé por las calles que, siendo céntricas, no recorre nadie, como las que hay a espaldas de los cines Odeon de Leicester Square, como Orange Street. Por allí es muy extraño encontrarse con turistas, y a veces ni siquiera con lugareños. Me fui apaciguando y, poco a poco, dándome cuenta de que el auténtico vampiro que me había seducido era la ciudad misma, y llevé mi mano para tocar las dos huellas inconfundibles manchadas de sangre, pero me encontré con dos cicatrices que habían cerrado ya hace años. El veneno de esta urbe me corre por dentro, soy parte de esa secta de seres que sucumbe ante el poder de atracción de esta capital y que hace por expandir su fama y su sortilegio sobre otros…

Al fin me había dado cuenta.

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Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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