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Los iconos búlgaros. (Buitrago del Lozoya).

El fin de año es inminente. Otro ciclo, otra vuelta completa alrededor del sol. Otra ejecución clásica e inevitable de estaciones, sol, frío, lluvia… Otro período en el que ponemos barreras de inicio y fin, y cerramos, como si fuera un archivo en el que guardar las facturas de un período fiscal. Y nos ponemos a hacer estadísticas, recuento de ese ejercicio que ya ha terminado o está a punto de terminar. ¿Estamos en números rojos? ¿Lo hemos estado a lo largo del año? ¿Qué significa estar en números rojos para cada uno de nosotros? Ah, la traducción de la quiebra en términos emocionales es interesante pues cada uno la lleva a un idioma personal.

Guillermo Arroniz López • 26/12/2013

Iglesia Santa María del Castillo

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Los iconos búlgaros. (Buitrago del Lozoya).

El fin de año es inminente. Otro ciclo, otra vuelta completa alrededor del sol. Otra ejecución clásica e inevitable de estaciones, sol, frío, lluvia… Otro período en el que ponemos barreras de inicio y fin, y cerramos, como si fuera un archivo en el que guardar las facturas de un período fiscal. Y nos ponemos a hacer estadísticas, recuento de ese ejercicio que ya ha terminado o está a punto de terminar. ¿Estamos en números rojos? ¿Lo hemos estado a lo largo del año? ¿Qué significa estar en números rojos para cada uno de nosotros? Ah, la traducción de la quiebra en términos emocionales es interesante pues cada uno la lleva a un idioma personal.

En estos doce meses he viajado intensamente, he disfrutado del mundo, de la parte del mundo que más me gusta, la Europa occidental. Sí, soy un europeísta, uno de esos que creen que la civilización nacida en esta parte del orbe sigue siendo vigente, que la experiencia no ha sido en vano y que sigue teniendo mucho que ofrecer, frente a aquellos que piensan que es un territorio devastado desde el que ningún renacimiento será posible y miran a Sudamérica o al gigante asiático (o a los gigantes asiáticos, pues no sólo cuenta el tamaño en cuestiones de magnitud).

Una vez más España, Reino Unido, Italia. Tres puntales de la Historia desde el Renacimiento hasta hoy.

Pero no necesito, lo he dicho muchas veces, ir a lugares de amplio renombre, e inmenso tamaño. Cierto que cuanto mayor patrimonio histórico y artístico mayor suele ser mi “orgasmo supra-sexual” pero basta una ventana con un grácil ajimez, en mitad de un lienzo de muralla para que mi imaginación salte excitada a componer versos por las ruinas y lo que en su día fueron. Los rincones con sabor y poesía de este mundo son, prácticamente infinitos. Conoceré, a lo largo de mi vida, un número infinitesimal del total. Eso, a veces, me angustia, pero también me da la calma de saber la inmensidad de la Belleza, de la Historia, del Arte de la Humanidad. Un legado que será difícil borrar por más que la vulgaridad y la capacidad destructiva del hombre sea cada vez mayor.

Buitrago del Lozoya es un ejemplo de que apenas a unos kilómetros del lugar donde uno vive puede retrocederse en el tiempo, encontrar la calma y el sosiego, soñar con el pasado y juntar las piedras de una muralla con la naturaleza exultante de un río y la vegetación colindante.

El castillo (he aquí un nombre con ecos, como es Mendoza), las murallas –transitables en una gran parte-, el museo de Picasso que es una colección reunida por su barbero, son motivos sobrados para acudir a esta localidad madrileña. Pero yo he de quedarme enredado entre los muros de su iglesia, Santa María del Castillo, de nombre ya más que evocador.

Del edificio original, incendiado en 1936, nos quedan los muros, la portada y la torre mudéjar. Pero es aquí donde la esperanza y la fe en el hombre vienen a sustituir a la Historia y me dan la alegría artística del año: aún es posible el milagro de crear una atmósfera exquisita, cuidada, constructiva, ajena a metacrilatos, aceros, hormigones vistos y sosería de líneas de ladrillos sin creatividad alguna. En esta iglesia se ha obrado magia: el artesonado del Hospital de San Salvador; la sabia combinación en el juego de luces de los vanos, el recogimiento y la esbelta altura se combinan a la perfección con un conjunto decorativo que nace la mano de la pintora búlgara Silvia Borisova: iconos de considerable tamaño que terminan de encajar la cuadratura del círculo. Su obra me resulta inspiradora. Sus colores vivos (recién pintados) me hacen entender el esplendor de los viejos templos visitados hace años en Grecia. Y, sobre todo, me hace creer, una vez más, que el arte figurativo, y los “viejos estilos” no están “superados” como dicen los marchantes de arte “moderno”, que muchas veces me parece una patochada firmada. ¿Cómo va a estar superada la Belleza? ¿Cómo se puede decir que no aportan nada las viejas formas de pintar porque la fotografía ha destruido todo eso? Quienes lo afirman nunca estuvieron frente a las ensoñaciones de Blake, los paisajes de Turner, la carne inmaterial de El Greco (ya llega el año del centenario: preparaos); la pincelada suelta de Velázquez; el misterio de Vermeer; el orgullo de Durero; el envolvimiento fantasmagórico de Burne-Jones; la renovación del mito de Waterhouse; etc. Borisova, con la perfección de su pincelada, con su luminosidad, viene a dar nueva sangre a la forma tradicional del icono. O tal me lo parece. Quizá sea el milagro de la luz que roza las vestiduras de los santos, o la falta de ella en la capilla de la Virgen de las Flores, donde la tenue iluminación vuelve brumosos los colores nuevos en un retablo envolvente, donde uno cree en los milagros, en lo sagrado, en algo que está por encima de nosotros.

En este escalofrío místico y artístico quiero dejar el año, agradeciendo a todos los que han colaborado en la recuperación del templo que hayan devuelto el lugar a la gracia que le corresponde. En el presente, ahora lo sé, también es posible la belleza en términos que pueda comprender, tanto como su renovación, su regreso a la vida con un nombre nuevo, como sucedía en “La historia interminable”.

Gracias a quien me acompañó en todos estos viajes, abriéndome puertas a lugares desconocidos, interpretando para mí la visión de lo que hemos compartido, escuchando mis éxtasis de borbotones poéticos.

Gracias a mis lectores, por estar ahí un año más, por dejarme ver que mis visiones tienen cabida, destino, más allá de mi propio onanismo literario, por revertir vuestras formas de entender aquello que os transmito, por hacer que este año haya seguido creyendo que tengo algo que deciros. ¡Feliz 2014 y que esté lleno de Literatura!

Los iconos búlgaros. (Buitrago del Lozoya).

Pinturas según cánones vetustos,

de temas religiosos milenarios

de cuando se pagaban con denarios

traiciones, besos, túnicas y bustos.

Pigmentos artesanos con que adustos

"atenses"* -monjes sabios solitarios-

unían con fervor nombres contrarios:

Sagrado, terrenal, hombres y Justos.

Los siglos han caído desde entonces;

sus normas son cenizas despreciadas,

por rígidas y viejas olvidadas.

Mas tú les sacas brillos como a bronces

y das nuevo sentido a su creencia:

el Arte es la pasión sobre la ciencia.

*Monjes del monte Atos, en Grecia. Me invento el gentilicio para hacerlo sonar como atenienses.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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