Madrid, Madrid, Madrid.

Madrid, Madrid, Madrid. Siempre hablo de mis viajes a todas partes y parece que me olvide de mi ciudad. Pero no es así. Siempre he tenido una debilidad por la ciudad que me vio nacer, que vio nacer a mis padres, a mis abuelos y bisabuela maternos… Soy de aquellos que al llegar el verano no tenían un pueblo al que regresar y del que, al volver en otoño, todos los compañeros de colegio hablaban sin parar, como si fuese el paraíso perdido donde acontecían todas las hazañas, todos los misterios.

Guillermo Arroniz López • 14/06/2014

Quevedo - Foto: Uso permitido

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Madrid, Madrid, Madrid. Siempre hablo de mis viajes a todas partes y parece que me olvide de mi ciudad. Pero no es así. Siempre he tenido una debilidad por la ciudad que me vio nacer, que vio nacer a mis padres, a mis abuelos y bisabuela maternos… Soy de aquellos que al llegar el verano no tenían un pueblo al que regresar y del que, al volver en otoño, todos los compañeros de colegio hablaban sin parar, como si fuese el paraíso perdido donde acontecían todas las hazañas, todos los misterios.

Yo aprendí a descubrir los miles de rincones maravillosos de esta capital desde bien pronto. La plaza de la villa era el rincón romántico desde donde empezaban los sueños medievales, las fantasías de la gran catedral neogótica que un día planeara el marqués de Cubas; la calle Codo; la antigua cárcel de Corte; la iglesia de Santa Cruz… A partir de ahí, epicentro del terremoto de curiosidad viajera por Madrid, he dado muchos paseos hacia todas direcciones, aprovechando las viejas historias tanto como la el capricho de mis pies como guías.

Hay algo que me fascina de esta ciudad y es su decimonónica pasión por la escultura y los escritores. Como fruto de ese deseo han nacido muchos de los monumentos más significativos de la ciudad. ¿Se le ocurre al lector algún ejemplo?

En Londres, ciudad siempre adorada, los propios lugareños ignoran o desprecian el monumento a Wilde (es cierto, estéticamente es bastante cuestionable), pero tienen también su legendario rincón para Peter Pan en los Kensington Gardens. Madrid puede sacar pecho.

Reto a los lectores de este humilde texto a que me digan si conocen las esculturas a Valle Inclán, a Lope de Vega (al menos conozco dos), a Cervantes (al menos otras dos más un conjunto monumental a su obra), a Emilia Pardo Bazán, a Larra. Monumentos a Galdós, Góngora y los Quintero. El encantador conjunto a Juan Varela (hoy tan olvidado). La escondida escultura a Sor Juana Inés de la Cruz. Y la de Beatriz Galindo, en medio de un tráfico infernal. Estas y otras me encantaría verlas, fotos hechas por ustedes, por vosotros, como ejemplo de lo que decía sobre la belleza de esta ciudad que nos desborda y a la que ignoramos, presos del día a día. Yo tengo la inmensa suerte de pasar, cada mañana, frente a la obra de un escultor cuya sensibilidad me resulta cercana, lenguaje simbólico de formas sinuosas, de fuerza mitológica pero delicadez y equilibrio. Un hombre cuyo nombre ha sido tragado por el negro agujero del olvido para la mayoría de los madrileños, por no decir ya para el mundo. Pocos escultores han saltado a la fama para la Humanidad, frente al listado importante de los pintores. Agustín Querol es el artista al que me refiero y quedan en Madrid (¡Oh, fortuna!) no pocos ejemplos de su talento. El resultado de su arte y de su esfuerzo es este monumento a Quevedo, una de mis escritores favoritos, sino el que más, alto y soberbio en su pedestal, pedestal constituido, más que rodeado, de musas. Mira al horizonte del corazón de Madrid el gran hombre de piedra y descubre una ciudad vibrante que lo ignora, en mármol y en letra. Que habla de él, a veces, pero apenas lo lee. Que ignora casi todo de él, y que pasa sin levantar la vista de sus móviles, sus periódicos (los menos), sus libros electrónicos, sus corbatas, sus cinturones, sus bolsos, sus acompañantes quizá… Un Madrid de gentes que corren a sus trabajos, a sus citas, al del cine o al teatro en el mejor de los casos, pero que no se detiene a mirarlo, tan alto, con esa visión larga y profunda que siempre tuvo. Ahí están sus versos para demostrarlo. Y yo, algunos días, le robo algunos segundos al comienzo de la jornada y lo contemplo: el sol lo convierte en un contraluz llamativo cuando el agua riega el césped a sus pies, fuentes que parecen sábanas ondeantes que dieran vida al movimiento de las musas. O entre las nubes amenazantes de las escasas mañanas tormentosas de la capital, atónito ante el tráfico endiablado ante la caída del vital elemento. Su visión me hace reflexionar, a veces sobre la belleza que nos rodea y nos empeñamos obcecadamente en ignorar. Y en ocasiones en su prosa y en su poesía, tan brillantes, tan pujantes, tan certeras, tan impecables y tajantes, tan definitivas e incontestables. Qué sabios fueron en el siglo XIX, capaces de ver que los grandes vates dejarán palabras, palabras que durarán tanto como los idiomas en que fueron escritas; tanto, me atrevería a decir, como el hombre mismo sobre la faz de esta tierra. Y que rendirles homenaje nos da la oportunidad de recordarlos, de aprender de nosotros mismos, de nuestros compañeros de viaje por la corteza asfaltada de este mundo.

Mira la escultura hacia el cogollo de Madrid, con su barrio de los Austrias (el más cargado de Historia); y su Gran Vía, último grito del buen gusto arquitectónico que se diera en el siglo XX (para mis ojos, cuidado); su paseo de Recoletos, de tantos recuerdos de paseos de aristocracia y majos; su parque del Retiro donde Velázquez Bosco dejara la huella de su asentado aprendizaje de siglos. Y nosotros, ¿nos dejamos guiar por su mirada? ¿Hacia dónde dirigimos nuestros ojos nosotros?

Hoy no publicaré ningún poema mío. Que sea una belleza de Ángel Valente la que levante la voz, en su propia voz, para reivindicar de nuevo este mundo literario para los que quieran explorarlo, y puedan y sepan…

http://phonodia.unive.it/poem/a-don-francisco-de-quevedo-en-piedra/

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Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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