Manila... la herencia española, el deseo en el aire.

Hablo hoy ya desde el recuerdo. Pero, ¿quién lo no hace? El presente ya no está, se fue en lo que escribía la palabra, en el mismo instante en que pulsaba la tecla de la letra p con la que empieza ya estaba lejos de nosotros, tan imposible de alcanzar como la luna con la mano. Sin embargo, cuando digo que hablo ya desde el recuerdo me refiero a que el viaje está finiquitado, y en el aire el avión avanza para recorrer los cinco mil seiscientos cincuenta kilómetros que constituyen la ruta invisible que seguiremos y que une Dubái con Madrid o a la inversa, a ambas a la vez. Lo cual significa que la frescura de mis anotaciones ya no es la que fuera durante los primeros párrafos de este texto… eso le restará espontaneidad y detalles, por supuesto, pero supongo que le dará una visión más asentada de lo que han sido estos tres días y medio en la capital de Filipinas.

Guillermo Arroniz López • 08/08/2014

Manila. Green Belt | Foto: Uso permitido

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Hablo hoy ya desde el recuerdo. Pero, ¿quién lo no hace? El presente ya no está, se fue en lo que escribía la palabra, en el mismo instante en que pulsaba la tecla de la letra p con la que empieza ya estaba lejos de nosotros, tan imposible de alcanzar como la luna con la mano. Sin embargo, cuando digo que hablo ya desde el recuerdo me refiero a que el viaje está finiquitado, y en el aire el avión avanza para recorrer los cinco mil seiscientos cincuenta kilómetros que constituyen la ruta invisible que seguiremos y que une Dubái con Madrid o a la inversa, a ambas a la vez. Lo cual significa que la frescura de mis anotaciones ya no es la que fuera durante los primeros párrafos de este texto… eso le restará espontaneidad y detalles, por supuesto, pero supongo que le dará una visión más asentada de lo que han sido estos tres días y medio en la capital de Filipinas.

Nuestro avión aterrizó tras el vuelo desde Kuala Lumpur justo al mismo tiempo en que las primeras gotas tropicales empezaban a caer de unas nubes inmensas, oscuras, aparentemente indestructibles, inseparables, llegadas para quedarse. Pronto el diluvio universal convirtió la carretera en un pequeño arroyo. Habíamos llegado bajo el dominio de la tormenta, el monzón que no nos sucedió en India parecía a punto de materializarse y todo indicaba que las palabras de uno de mis acompañantes en el previo viaje, Yousef, serían metereológicamente más sabias que mi fe inquebrantable en ver en sol en estas tierras llamadas así en honor y eco del más poderoso de todos los reyes de todos los tiempos: Felipe II. Sí, en su reino nunca se ponía el sol pero, ¿saldría para mí? ¿O serían sus rayos sólo dones del pasado, como aquel imperio que abarcaba todo el globo y del que ya sólo quedan los nombres?

Nada me importó. Apenas hube pisado la moqueta de la inmensa habitación de grandiosas vistas pondría pies en polvorosa. Desde el piso quince podía ver todo el puerto, los barcos a unas millas de la costa, los enormes edificios, y la populosa ciudad a mis pies, incluyendo el templo taoísta, de vivos colores, que se encontraba justo frente al hotel. Pero ahora no tenía tiempo para eso. Tenía que huir de la seguridad de mi habitación inmensa y confortable y ponerme en marcha. Tenía que cumplir una promesa, una de las dos que me había hecho. Todo dependía del tiempo, y el tiempo me era dado pues me quedaban noventa minutos hábiles para cumplir mi objetivo. Mi destino no era el más popular en la isla. Una tienda me aguardaba, pero su dirección no era muy conocida, ni siquiera para los conductores del hotel. Aun así subí a uno de sus coches y emprendimos viaje. Me di perfecta cuenta, desde el principio, de que el conductor podía conocer más o menos la zona en la que se encontraba la calle adonde yo me dirigía, pero no dominaba el área. No debía ser un destino muy común entre los apoderados clientes del lujoso hotel.

Con la lluvia, que continuaba cada vez más fuerte, las calles eran ya riachuelos. La población, a pie, en coche, en bicicletas, con paraguas, con impermeables, sin protección alguna contra la lluvia e incluso sin camiseta ni sandalias, continuaban su vida. Cientos de filipinos esperaban medios de transporte en las calles que se iban inundando. En algunas zonas donde se producían pequeñas hondonadas en el asfalto, el agua llegaba a sobrepasar la mitad de la circunferencia de las ruedas de las bicicletas que avanzaban lentamente, con el evidente esfuerzo de sus conductores, obligados a impulsar su avance contra el peso y la fuerza del agua, por no hablar de la dificultad añadida de mantener el equilibrio cuando pequeñas olas y la propia corriente de algunas cuestas, empujaban su vehículo. En algunas casas empezaba a entrar la pertinaz lluvia, la potente lluvia. En un par de ellas, a través de ventanas enrejadas en lo alto de grandes puertas de garajes mal pintadas pude encontrarme con las miradas de los habitantes, quizá temerosos de que siguiera subiendo el nivel del agua, capaz podría anegarlo todo. Pero, ¿acaso no pasa esto todos los años? Posiblemente la pobreza impedía hacer cualquier reforma eficiente contra la subida súbita del elemento, que seguía imparable, indiferente, tumultuoso.

Desde el mismo momento en que dejé el hotel la realidad de la miseria filipina vino a mí. Las calles eran pobres, estaban sucias, y llenas de gentes sin futuro ni destino más allá de la mendicidad. Niños, ancianos, madres solas con su progenie… Aun así, la zona del hotel no era, en absoluto, un suburbio. Algunos rascacielos dominaban la zona: bloques de oficinas modernas, hoteles y viviendas de lujo… Pero a medida que nos adentrábamos en la zona no turística de la capital, la Manila real, por así decirlo, las casas precarias iban siendo la norma, los bloques de hormigón de los setenta y los ochenta las más privilegiadas. Con todo la belleza de los habitantes de la isla se hacía tan presente, tan patente, que me daba mi primera descarga eléctrica en mitad de una lluvia que no cesaba.

Ver salir aquellos pies desnudos del agua me lanzó una imagen poderosa.

La belleza de Manila.

Las nubes trajeron lagos;

las calles fueron los ríos,

ríos sucios del asfalto.

Lluvia gris que está manchada

y que anega todo tanto.

Esta ruta está marcada

por el agua del espanto:

flota, como cansada,

la basura en todos lados,

los plásticos y las latas,

las vómitos de los gatos.

En este puré de babas

la ciudad es plato ingrato,

una laguna olvidada

por su Creador Magnánimo.

¡Oh, tú, perla conquistada,

¿dónde está tu brillo innato?,

dinos, no guardes nada,

¿qué fue de tu puro encanto?,

¿qué ha sido de tu gran fama

como joya del reinado,

como tierra afortunada?

Me responde con recato,

con una gran quietud falsa:

escondido de los rayos

mirando por la ventana

de este lujoso auto,

veo salir de las aguas,

ese pie, puro espectáculo,

pie desnudo del alma

ese pie virgen y santo,

donde la belleza exclama,

¡explota, brama, gritando!

dejando caer el agua

por sus dedos enmarcados.

Y los cristales resbalan,

brillantes, dichosos, largos,

gotas tan afortunadas,

que esa piel van añorando.

¡Beberos quiero con ansia

vuestro sabor degustando,

sabor de carne salada

sabor del hombre tostado!

Mi boca se desencaja

esperando esperaros.

Pie que destila gloria,

amo de mi memoria.

La isla luce su Historia

de belleza perentoria.

Pie que destila gloria…

¡no abandones mi memoria!

Vuelvo de acometer la primera de mis promesas con un sabor agridulce, pero más dulce que agrio. Manila se muestra más occidental, más amigable que Mumbai. Miro la ciudad con el cielo ya negro. La lluvia parece haber cesado, pero cuento con recibirla mañana. Lo que tenga que ser, será.

***

Me despierto con sueño, pero listo para mi viaje a la Manila colonial. ¡No puedo esperar! La ducha me reconcilia con el mundo de la vigilia, como siempre, me devuelve a la vida, me despierta. Tengo la iglesia más antigua de la isla en la cabeza y el desayuno es apenas un suspiro. Desde la planta vigésimo primera el restaurante ofrece unas vistas aún un poco más espléndidas que los generosos ventanales de mi habitación. No hay grandes diferencias, sin embargo, sólo una línea de horizonte un poco mayor, una perspectiva más amplia. La belleza, en cualquier caso, es la misma: el mar, los rascacielos, la ciudad inquieta.

El cielo se está despejando, se puede intuir el azul entre las nubes. Sí. Sí. Sí. Hoy el Hacedor nos regalará, una vez más, la luz. La vida es generosa conmigo. Hoy mi destino, en el barrio “Intramuros”, es sobradamente conocido por todo el mundo. La Manila colonial es un tesoro para los nativos y para los turistas. San Agustín, con más de cuatrocientos años, está declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sus muros de piedra han resistido todo tipo de inclemencias. Es un templo espacioso, de curiosas mezclas como los perros chinos que guardan la entrada, a los pies de los santos posiblemente de la misma piedra que los caninos orientales. Uno de ellos tiene rota la mandíbula y ríe permanentemente, con ese sonido grave y pintoresco del perro de los “Autos Locos”, aquella antigua serie de dibujos animados que apenas recuerdo. No podré visitar el museo de esta iglesia por razones de horario pero a las seis y veinte de la mañana las puertas del lugar sagrado están abiertas para mí y puedo “penetrar” su misterio. Manila se despierta muy temprano y se acuesta tarde. Se levanta muy temprano con fervorosa fe y se acuesta tarde con apasionado pecado. Las misas se celebran a las cinco y media y a las seis de la mañana, como tendré tiempo de comprobar. Ahora San Agustín se prepara para la ceremonia y aún hay pocos feligreses. Recorro las capillas laterales. No hay mucha riqueza joven aquí, ni siquiera está recientemente restaurado, pero el edificio impresiona por su resistencia, por su edad, por su testimonio. Es un gran templo en el que tengo mi primer encuentro con el Santo Niño, el Niño Jesús de Cebú. El original se encuentra en la ciudad del mismo nombre, y fue donado por Magallanes en 1519, cuando los españoles pusieron por primera vez sus pies sobre las islas. Lo que contemplo aquí es una copia, pero ya me da una cierta idea de su magnetismo. Es como si la figura hubiera absorbido la “orientalidad” del país y de sus habitantes, como si se hubiera “desoccidentalizado”. Algo en él me advierte de que estoy en otro mundo y aquí todo se transforma. Cuando regreso al coche de hotel el conductor me sugiere que aproveche para visitar la Catedral, “la número uno” de Manila. Miro mi reloj y calculo, confiando en mi permanente buena estrella. Le digo que sí. Y la decisión se muestra acertada: la sede del obispo está a unos pasos de la iglesia que acabo de visitar.

Pero algo chirría aquí. Es un templo muy extraño. Sus puertas de metal esculpido recuerdan, de alguna manera, a las de la muy moderna catedral de La Almudena, en Madrid. Y los arcos del templo, limpios, impolutos, tienen un no sé qué de neo-románicos que no coincide en nada con la supuesta antigüedad del lugar. Estoy muy desconcertado. Las copias de La Piedad de Miguel Ángel (la de El Vaticano); y la escultura de S. Pedro… las vidrieras de grandes trazos geométricos… me confunden. ¿Será una catedral de reciente ejecución? Si hubiera leído el cartel que hay en uno de los pilares de su fachada sabría que el lugar fue destruido siete veces y vuelto a construir otras tantas por la inquebrantable fe del hombre. Desastres naturales, guerras… todo tipo de calamidades asolaron esta catedral hasta llegar a su actual erección a mediados del siglo XX. Además, posteriormente, me dan noticia de que acaba de terminar su restauración. Ahora todo empieza a encajar con la precisión de la maquinaria suiza… Este templo, dedicado a la Inmaculada, y a tan sólo unas decenas de metros de San Agustín, ha sufrido todas las calamidades posibles. ¿Qué extraño hado ha salvado férreamente la iglesia de donde vengo y ha castigado continuamente estos muros? ¿Acaso las construcciones del XVI eran más férreas ante los terremotos que las del XVII o XVIII? Frente a la catedral un pequeño parque con una plaza en la que se ha levantado una escultura al rey Carlos IV por haber traído las vacunas a Filipinas, salvando la vida de miles de habitantes. Quién lo habría dicho, que un monarca con tan escaso crédito, fue capaz de hacer llegar los últimos avances médicos a sus dominios. Esto vuelve a reconciliarme con la Historia. Imagino que la imagen la hicieron levantar los gobernadores de las islas, los gobernadores españoles, por lo que la espontaneidad del gesto y el valor del monumento (peloteo puro al “Jefe”) podrían verse muy agrietados pero en cualquier caso el hecho es que el rey se preocupó por enviar los medios para cuidar de la población. Un hecho que, como tantos otros, habrá quedado en el olvido. Un hecho que parece hablarnos de otro mundo más complejo. De un día a día de miles de decisiones regias, y del gabinete del rey, en busca de mejoras y aciertos. Algo de lo que apenas queda nada cuando, al resumir un reinado, en dos párrafos, todo se reduce en la triste gestión de la sucesión dinástica y la falta de capacidad para responder a Napoleón y su poder, un legado triste, pobre, de pérdida de lo poco que al imperio español le quedaba desde el punto de vista político y territorial. Sin embargo, Filipinas aún seguiría siendo española otros noventa y seis años.

No hay tiempo para más. Mis obligaciones me reclaman y, sin embargo… la tarde nos deparará la ocasión para volver. Para volver, todos juntos, andando, para gran sorpresa de los lugareños que no se plantean este paseo de cuarenta y cinco minutos. Anoche, con la lluvia, el tráfico sufrió atascos de varias horas y mis compañeros no quieren ni oír hablar de tomar un coche para llegar al barrio de Intramuros. Para entonces el sol ya es de justicia y las palmeras de la primera fase del paseo, frente al mar, con los rascacielos de fondo, hacen de la foto algo alejado de la realidad de pobreza que nos rodea en las callejas que circundan el hotel.

Iniciamos el camino hacia la zona colonial de la ciudad, y para ellos recorremos parte del paseo marítimo, por llamarlo de alguna manera, pasando por delante de la embajada estadounidense, disfrutando de un sol espléndido que parece tan indestructible e inmenso como las nubes hace tan sólo veinticuatro horas. También una ligera brisa del mar nos acompaña, pero pronto tengo que atarme la camisa a la cintura, quedando sólo la camiseta de manga corta para hacer frente a esta oleada de calor beatífico que, tras algunos minutos, empieza a hacerme sudar.

A mitad de camino nos encontraremos, de forma inesperada, con la escultura de Agustín Querol en honor a Legazpi. ¡Y uno así mi lugar de residencia y trabajo, con una obra suya –la efigie de Quevedo en la glorieta que lleva su nombre con este otro rincón del mundo que una vez fuera parte de la corona española! Ni que decir tiene que su belleza y su ejecución son notables, obra sin duda de su mano. Casi doce mil kilómetros unidos también por un legado artístico. La peana de este monumento es quizá menos original, menos sinuosa y viva, pero su elegancia es similar. A pesar de todo, los filipinos han mantenido la escultura del conquistador.

En la misma zona también descubro un monumento estadounidense con símbolos masones, efigies de los “libertadores” sudamericanos… toda una explanada despejada, sin edificios, donde se suceden los homenajes a la Historia. A lo largo de este caminar veremos, de lejos, el fortín, cuyos campos circundantes han sido convertidos en un campo de golf, y pasaré por una tienda de artículos de papel y madera, y otra de artículos típicos de la cultura local: desde trabajos con conchas hasta muebles y jabones. Y también encontraré una publicidad de una marca de ropa interior masculina de la zona. El sol me dora, me torna encarnado, me castiga, y me encanta. Estoy cansado pero siento una afinidad cada vez mayor por el lugar. Aquí sí es posible caminar, las aceras y la tranquilidad permiten avanzar y explorar la ciudad, los templos están abiertos para visitantes calzados. La tienda en la que trabajan el papel y la madera es un gran descubrimiento. Regentada por dos oriundos afables, jóvenes, y en camiseta de tirantes, ofrece una gran variedad de objetos trabajados a mano. Uno de los dos está, de hecho, elaborando un nuevo carromato de madera y papel frente a nosotros. Su habilidad es asombrosa. Me emociona ver cómo se ejecuta la artesanía en directo y prolongo mi visita a la tienda mientras ojeo cómo sus dedos transforman los pedazos de madera en ruedas, o cómo las tiras de papel cubren las puertas del carromato. Abanicos de papel, pero no paipáis, sino abanicos con varillas de madera y papel en lugar de tela o encaje; pequeñas esculturas reproduciendo los tipos de la isla; gallos; monederos; cubre-pasaportes; calendarios; marcapáginas; imanes de nevera y complicadísimas obras de origami. Todo en una pequeña tienda que es como el cofre de los tesoros…

Cuando vuelvo, ya de noche, al hotel tengo un sentimiento encontrado, pero no hay resquicios de repugnancia ni miedo en mí. Manila es pobre, y mucha de su gente lucha por sobrevivir cada día, pues cada uno de ellos es el último, o puede serlo, pero también tiene una cara más amable, más cercana. Dan ganas de ayudarlos a salir de esta situación, de ponerse manos a la obra no sólo para recaudar fondos, sino para trabajar con ellos, codo con codo, para verlos florecer, salir de su destino desesperanzado. Su continua sonrisa, su cortesía intensa para todo lo que hago: comprar en tiendas, entrar al hotel, pedir un café, preguntar por una dirección… para todo son colaboradores, y tienen una media luna inmediata que se pinta en su rostro, iluminándolos. Aún tengo encima el terrible sabor de lo que he visto en Mumbai, que no se ha suavizado por el espectáculo de la miseria a pie de calle que nos rodea, pero se diluye entre una actitud de humanidad o de forma de humanidad que puedo comprender mejor. No estoy diciendo que en la India no sean colaboradores o que, por el contrario, sean agresivos, sólo que el carácter filipino suaviza, calma, mi corazón en el que las esquirlas se remueven de vez en cuando. Cruzando una plaza, ignoro cuál, veo ropa tendida en la verja que rodea la escultura que ocupa el centro. La gente vive en los alrededores, sin más techo que los árboles, y sin embargo, en sus miradas no hay gestos de amenaza, ni de odio. Ni siquiera de envidia. Sólo veo curiosidad. Si les sonríes, tu sonrisa queda pronto eclipsada.

La noche llega y yo mañana voy a cumplir una segunda promesa.

***

Hacía mucho tiempo. Mucho mucho tiempo. Pero la hora estaba marcada. Y tenía que ser aquí. Aquí, a miles y miles de kilómetros de mi hogar. Después de haber atravesado un mercado inmenso en uno de los barrios más pobres de la ciudad, Binondo, donde el amanecer es una bendición y una crueldad por haber sobrevivido un día más, por tener que sobrevivir un día más. Como cualquier mercado de abastos las frutas y verduras van y vienen, como estos vehículos mitad bicicleta, mitad carricoches que avanzan merced al motor humano… pero además aquí, cada diez o veinte metros, se levanta una montaña literal de basura, volcanes sin lava de entre medio metro y un metro de altura. Algunos duermen (ya a plena luz del día), en los portales, en el suelo, sobre sus carricoches, en los rincones, al lado de las montañas de residuos. Es posible ver sus pechos semidesnudos, a través de las finas camisetas de tirantes; sus pies que toman el aire y el sol libres, sus rostros, acostumbrados a ignorar la luz para poder conciliar el sueño. Es un mercado inmenso, larguísimo, sobre el que mis acompañantes no se ponen de acuerdo. Uno opina que lleva abierto toda la noche y cerrarán en breve. Mientras que otra cree que se abrió por la mañana, muy temprano, en la madrugada, en realidad. No sé quién de los dos tiene razón, pero el gentío no es tanto, no son cientos de personas andando o comprando lo que entorpece nuestro avance, sino los pequeños carricoches, los pagak, especie de triciclo muy usado por la población, así como los jeepneys, hechos en gran medida a mano, unos “minibuses” muy populares y coloristas… es un tráfico imposible pues las montañas de basura y los puestos de comida dejan apenas un carril por donde transitamos todos en doble dirección. Sorprendentemente, conseguimos pasar. Antes de llegar al destino nos detenemos frente a la iglesia de San Lorenzo Ruiz, primer santo filipino. Su piedra oscura y su importancia contrastan con el lugar hacia el que me encamino, escondido entre el entramado de calles pequeñas, sin un campanario visible, sin una fachada de estilo alguno reconocible.

La parroquia que vengo a ver es un pequeño reducto de espiritualidad en este barrio de pobreza. Ni siquiera los lugareños saben dónde está. Cuesta preguntar al menos media docena de veces por ella y está, como decía, en una calle estrecha, apenas ancha como para que quepan dos coches, con aceras minúsculas, adecuadas para el avance de pájaros, serpientes o ratones, pues apenas cabe en ellas el pie humano. O quizá no hay aceras, y mi recuerdo inexistente o tramposo las inventa para explicar la posibilidad de contener tráfico rodado al mismo tiempo que a los peatones. Son las seis y diez de la mañana y la misa ha empezado ya. La fachada del edificio, especie de garaje grande, está abierta completamente: no hay muro aquí donde levantar puertas de bronce ni columnas dóricas. El muro lateral, que da a otro tipo de garaje almacén, también aparece abierto, dejando de ver en él sillas, viejos utensilios de desconocida y dudosa utilidad, fotos de campañas de promoción de la actividad de la parroquia, trozos de madera... Los ventiladores están puestos a ambos lados, pero aun así hace calor. No como en S. Agustín o en la catedral, donde la humedad se vuelve terrible y es fácil sentirse pronto mareado, pero suficientemente notable como para ignorarlo. Todos los bancos están llenos, pero mis acompañantes toman unas sillas de plástico (de esas de terraza de verano) amontonadas en un rincón para que pueda sentarme. Los asistentes a la misa lo impiden. Nos ceden el último banco de la derecha y ellos toman las sillas. No puedo negarme a su hospitalidad pero me siento abrumado. Esta gente que ha madrugado más que yo, que habrá venido andando, y que no tiene más que eso, su sitio en la iglesia, me lo cede sonriendo y sin falsas modestias ni intenciones de pedir nada a cambio. Algunas asistentes llevan polos azules con una imagen de la Virgen de la Soledad en la pechera y un versículo bíblico que la memoria se niega a devolverme. Esa imagen que llevan, sin embargo, no reproduce la que tienen en la iglesia, sino una escultura vestidera, con su corona plateada y su manto negro, al estilo de las españolas. A la derecha, en ese almacén que mencionaba se encuentra un cartel grande, de más de un metro por metro y medio en el que aparecen fotografiados un joven con dos tiras de colores pintadas en las mejillas, como los niños que posan con él. Sonríe el joven, que no tendrá más de veinticinco años y que… ¡se parece sorprendentemente al cura que celebra la misa! Es él, sin duda, en algún tipo de campaña para llamar a los niños a la parroquia y alejarlos de los peligros circundantes.

La sonrisa de ese cura falsamente ubicuo se mantiene durante todo el sermón, que es en tagalo, por lo que sólo puedo entender Jesús, María, Dios (Diyos, creo), vocablos que repite incesantemente durante un rápido discurso alegre y positivo. Es como si estuviera regando a sus feligreses con el alimento interno para hacer frente al hambre del día. Algunos parroquianos se vuelven para mirarme. Voy trajeado de arriba abajo y soy un notable punto discordante. No hay maldad ni sorna en sus ojos, curiosidad y sonrisa sólo. La ceremonia se extiende y se extiende con cánticos que todos parecen saber a la perfección. Son rápidos, vivaces la mayoría de las veces. La letra de esas composiciones se puede leer un una pantalla de televisor a mi izquierda, perfectamente cronometrada, o dirigida por alguien a distancia, alguien a quien no consigo identificar. Es impensable que la misa esté medida con tal precisión pero, ¿desde dónde se activa esa televisión que sirve de guía para cantos y respuestas durante la ceremonia? Es curioso que un tempo tan humilde cuente con esta tecnología. De hecho la iglesia, aunque pequeña y sencilla, está cuidada, y en su altar mayor la pared pintada y la capilla que enmarca la imagen de la Soledad, son muy bonitas. La Virgen está contenida, pintada, en un pequeño cuadro, rodeada por un metal blanco, plata quizá, y enmarcada, lo suficientemente alta en el muro como para que no pueda verla en detalle. No importa. Estoy aquí, disfrutando de una misa como hacía años que no lo hacía, libre de culpa. No debería estarlo, por supuesto, pero me siento en paz, contagiado por esta gente que, al terminar la ceremonia canta algo con alegría desbordante y aplaude de forma espontánea. La ceremonia se prolonga durante sesenta minutos y, sin embargo, no puedo decir que se haga larga en absoluto. Tampoco es que me deje llevar, ni siquiera puedo cantar o entender lo que se dice, pero la pequeña iglesia está llena, y el padre transmite una energía blanca y juvenil que parece extender un encantamiento sobre los feligreses.

Es costumbre acercarse al párroco al terminar. Le das la mano y él acerca, aún cogido a ti, el dorso de la suya a tu frente mientras tú, agradecido y respetuoso, te inclinas. Cuál no será mi sorpresa al ver que el sacerdote aparato en los dientes, lo cual aniña más aún su expresión, y que se sonroja cuando le pido permiso para hacer una fotografía del altar. Es un hombre guapo, joven, y con timidez notable, a pesar de todo, a pesar de guiar espiritualmente a su “pequeño pueblo” en su “hermoso redil”. La bondad que irradia excede su belleza.

La gente sale dichosa. Y yo quisiera retener este momento para aquellos otros en los que pierdo el rumbo.

Frente a esa experiencia el descubrimiento del rico barrio de Macati, con sus rascacielos, sus centros comerciales a la occidental, sus calles limpias, sus Starbucks, sus tiendas de lujo y su comida estupenda es una anécdota agradable, pero superficial. Los compañeros de trabajo compartimos opiniones y puntos de vista y sigo aprendiendo en un viaje en el que no dejé de hacerlo desde mucho antes de su comienzo. El Green Belt es una extensión de riqueza y modernidad occidental. Aquí no hay chabolas ni gente viviendo en la calle. Todo resulta limpio, ordenado, aséptico, cristal y hormigón, acero y metacrilato, una isla de palmeras en el centro del cinturón de edificios, algunos restaurantes en varias plantas, y muchas, muchas tiendas. Tiendas de nombres conocidos en todo el mundo, y alguna local, aunque las menos. Hay filipinos aquí, pero también una concentración de gente de paso: turistas, hombres de negocios, asiáticos ricos de compras… La relativamente escasa afluencia de foráneos se concentra entre estos edificios, refugio frente a la auténtica Manila, que está ahí fuera, pobre, católica, colonial, española y dulce. Aquí no hay más religión que la que se profesa a la tarjeta de crédito. Ni más carácter cultural que el que imponen las marcas de moda en todo el mundo. No lo critico, pero esto no es Filipinas, no es lo que yo he sentido como Filipinas esta mañana, con su idiosincrasia feliz y humilde, sencilla y entregada. Alegre. Esto no es sino un “consulado” occidental; un país del capitalismo dentro del país. Insisto, no lo estoy juzgando, sólo constato que esto no es territorio filipino… O no me lo parece.

Me retiro pronto. Quiero descansar. Mañana será el último día en la ciudad. Me espera el amor de mi vida, nuestra casa, la oficina también... Me espera el día a día que estoy deseando abrazar. El camino al hotel, sin embargo, resulta oscuramente pintoresco. Tomo, por primera vez, un taxi, el primero que pasa, y no un coche del hotel. Los asientos están adornados con una piel que imita el blanco y negro de las cebras. Es de un hortera superior. El conductor, un hombre con más años que Matusalén y Marujita Díaz juntos, chapurrea el inglés sin parar desde el segundo en el que me siento:

- ¿Vamos a otro bar?

- No, vamos al hotel, quiero descansar.

- ¿Por qué? Es pronto… aquí cerca hay más bares.

- Gracias, pero estoy cansado y mañana trabajo. Vamos al hotel Pan Pacific.

- Ah, cerca de ese hotel también hay buenos bares.

- Quizá otro día.

- ¿Quieres ver chicas? Te puedo enseñar el catálogo de mis chicas…

Y para mi asombro, el taxista saca de debajo de su asiento una especie de revista o amasijo de fotos bastante manoseadas y arrugadas de chicas con poca ropa. Ni siquiera lo cojo. Le repito que estoy cansado y que sólo quiero volver al hotel. No resulta tan fácil, el depredador no quiere dejar escapar a su “presa” (que soy yo) y me entrega una tarjeta plastificada (están acostumbrados a las lluvias, está claro) donde se presenta como Relaciones Públicas. ¡El taxista es un gancho para alguna o algunas casas de chicas, bailarinas de striptease! La mezcolanza de sentimientos es notable. Siento lástima por estas jóvenes a las que no se les habrá dado otra salida, seguramente, que mostrar su cuerpo o incluso venderlo, a saber. Puede que una cosa no excluya la otra. Y una actividad que me parecería perfectamente neutra si se ejerciese libremente, me resulta terriblemente dolorosa cuando constituye la única salida en un rincón del mundo donde comer, para algunos, es un lujo que no puede asegurarse cada día.

He dudado largamente sobre si debería haber suprimido esta anécdota de mis notas de viaje, por no dar una imagen negativa de Filipinas, como un destino de turismo sexual, por no degradarla… pero después me he mirado a mí mismo y he visto la viga en el propio ojo. ¿Acaso no existe la prostitución en Europa? ¿No son acaso los turistas ávidos los que cimentan la proliferación de estos empleos? No quiero ir de puritano. Ver bailar a un hombre desnudo, o verlo hacer acrobacias en una barra no sólo me excita, también me parece de una suprema belleza. No sé si los heterosexuales que acuden a espectáculos de striptease son tan “finos” y hacen mil disquisiciones sobre la armonía de la creación cuando ven dos tetas en movimiento pero, ¿por qué no? Conozco hombres que se dedican a este tipo de trabajo por puro placer. Un placer que hace el mío. Lo que quiero decir es que no deseo convertirme en un hipócrita, pero que el sabor de la experiencia tiene tintes amargos, tristes… e innegablemente humanos. Durante el camino el conductor ha respetado mi silencio la mayor parte del tiempo, e incluso ha puesto música de mi agrado, música de baile, haciéndome descubrir que también hay divas de la canción en Filipinas, pero cuando llego al hotel aún insiste en que le llame. Obviamente no me molesto en decirle que esta será mi última noche en la ciudad. No sé si debería haberme bajado del coche tan pronto me enseñó esa revista indescriptible de mujeres locales. Probablemente el siguiente taxi me habría proporcionado una experiencia similar.

Insisto en creer que Filipinas es un gran país católico: reza por la mañana temprano, y se arrepiente, pero se acuesta en los brazos del demonio del placer.

***

Apenas tendré tiempo para unas compras de última hora, muy satisfactorias. Hay acaso cien metros entre el Pan Pacific y un centro comercial llamado Robinson donde se pueden encontrar marcas internacionales, espectáculos de música… y una pequeña tienda de suvenir donde tengo la oportunidad de adquirir, entre otras cosas, una camiseta –tradición algo tonta que me gusta cumplir en todos los países donde voy. Por el camino, sin embargo, tengo una extraña sensación que no parece que esté relacionada con los nervios de saber que me quedan menos de tres horas antes de salir del hotel hacia el aeropuerto. Según me acerco al centro comercial, que me han recomendado los propios recepcionistas del hotel, observo a varios hombres parados, apoyados en los muros de las fachadas, en los troncos de las palmeras… o andando por el centro comercial. Me miran bastante fijamente, de una forma que me hace desviar la mirada. Son jóvenes, y sus camisetas de manga corta o de tirantes, dejan ver o presentir sus delgados, firmes y lisos pechos. No he visto mucho musculado de gimnasio por aquí, oda la belleza parece producto de un ejercicio natural, y el resultado es más armonioso para mi gusto. Da la sensación de que estuvieran esperando alguna señal mía. Recuerdo lo que un conocido me dijo sobre un comentario de Jaime Gil de Biedma, algo así como que todos los filipinos eran gays. Por primera vez desde que estoy en la isla, y a plena luz del día, noto una cierta tensión sexual en el ambiente. A mi regreso investigaré en los textos del poeta a ver si encuentro algún pasaje que descubra la noche de Manila que yo no he tenido ocasión de explorar por mí mismo.

La maleta está preparada. Me mira desde la cama a punto de explotar, haciendo maravillas de la capacidad espacial. Me quedo con la inquietud de haber podido profundizar más en la herencia colonial, en la geografía natural, en la natural ternura de los lugareños, en su belleza exótica de ojos de caprichosas curvas. Quizá algún día.

El tesoro que me llevo de aquí es la perla de la paz, el deseo de ayudar, la sorpresa por la generosidad de una ciudad que no pensé que podría casi pisar y que sin embargo me ha regalado tres días de sol desde mi posición privilegiada, cercana al paraíso material. Ahora tengo el apetito abierto por volver y por investigar más sobre este país lejano.

Mis emociones se van apagando, el sueño me puede. Cuando despierte la ensoñación del viaje se habrá evaporado… pero habrá dejado su ardiente alcohol dentro de mí.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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