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Mi ciudad de El Greco.

No es precisa mucha cultura ni es necesario conocerme en demasía para saber que, con el título que lleva este artículo, no puede tratarse más que de la imperial Toledo. ¿Otra vez? Sí, otra vez.

Guillermo Arroniz López • 18/02/2019

Poema | Foto: Uso permitido

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No es precisa mucha cultura ni es necesario conocerme en demasía para saber que, con el título que lleva este artículo, no puede tratarse más que de la imperial Toledo.

¿Otra vez?

Sí, otra vez.

Ignorando Madrid, en la que ya vivo, y Jerusalén, donde tantas ganas tengo de regresar, pero en la que he estado sólo una vez, hay tres ciudades en el mundo a las que siempre deseo volver: Londres, Roma y Toledo (en estricto orden alfabético).

Debe hacer un lustro que me doy el capricho de pernoctar justo antes de mi cumpleaños en esta última, bordeada por el Tajo, elevada sobre una meseta, siempre hermosa, siempre soberbia y castellana, siempre inolvidable.

Y en Enero, como manda la tradición, allá que retorné.

Y no ha sido para ver ninguno de los rincones que aún no he visitado de la ciudad como las Cuevas de Hércules, ni el Museo de la España Mágica (que creo que tiene un emplazamiento envidiable, no sólo por estar en la calle Cardenal Cisneros, frente a la catedral, sino porque su interior es cueva del siglo X), ni el castillo de San Servando (según tengo entendido hoy convertido en albergue), ni la exposición de los Templarios en la calle de San Clemente...

Y tampoco he hecho parada en otros lugares por los que hace tiempo no he conseguido pasar: el museo de los Concilios y la Cultura Visigoda, la iglesia del Salvador, la mezquita del Cristo de la Luz, Santa María la Blanca...

El patrimonio de la ciudad es inabarcable en una semana. ¡Qué digo una semana! Una semana puede uno dedicarla a la catedral, su sacristía, su claustro y su tesoro con la custodia de Arfe. Toledo, esa ciudad por la que los madrileños pasamos un sábado por la mañana y nos quedamos a comer, y por la que los autobuses de turistas pasan como una exhalación, va mucho más allá de la catedral, el Alcázar y Zocodover.

Pero, cada dieciséis de Enero, doy una vuelta por las calles sobre las que ha caído la temprana oscuridad del invierno, aprovechando, especialmente cuando coincide entre semana, la tranquilidad y el silencio que el frío otorga a las cuestas y los recodos.

Y cada diecisiete, como si cumpliera una promesa, camino por las salas del museo del pintor cretense, con la misma fascinación de la primera vez, haciendo posiblemente idénticas fotos una y otra vez, año tras año. Deteniéndome en las pinceladas prodigiosas del San Bernardino o en la auténtica belleza de los rostros de Santiago o Tomás, en ese apostolado de cuellos tan imposibles como verosímiles y ojos brillantes, una de las únicas tres completas colecciones de los trece lienzos que hay en todo el mundo. Y cada año, la sorpresa de una pieza invitada: este año uno de mis momentos preferidos del Nuevo Testamento:

La oración en el huerto. Santa María la Mayor de Andújar (Jaén). 1.600-1.607.

Estuve en este monte de dolor,

de rocas y de olivos venerados.

Pedí perdón por todos mis pecados.

Sentí la Huella inmensa del Señor.

Aquí no estuvo nunca el buen pintor

que estuvo sin embargo en todos lados

y al mundo regaló Crucificados

que hablan del perdón y del Amor.

Santiago sí que estuvo y se dormía,

cansado por el sol y los caminos.

El Greco lo pintó con dulce hombría

ajeno al amargor de los destinos.

La luz de Dios se posa en su mejilla

y el alma enamorada en calma brilla.

Guillermo Arróniz López.

09.02.19.

Me parece que era Milan Kundera quien decía que la felicidad es el deseo de repetir, y aunque no niego que pueda haber un tanto de obsesión en mi ansia por volver a los mismos lienzos, a los mismos autores, a los mismos rincones de las mismas ciudades, creo que sobre todo se debe al anhelo de repetir momentos de intensa belleza y bienestar interior.

¿Cómo podría no ser así en una ciudad en la que algunas de sus calles parecen congeladas en el siglo XIX, y si obviáramos los cables eléctricos incluso en el siglo XVI? Calles, como la de Santo Tomé, en la que un Crucificado a la intemperie nos recuerda su entrega por nosotros. Calles donde una minúscula capilla mariana suscita tanta devoción (Alfileritos) o donde se pueden leer versos que llevan al ensueño (Arco de la Sangre, en el arranque de la calle Cervantes*). Toledo es mucho más que la arquitectura de tantos genios como Covarrubias o Guas. Toledo es mucho más que el encanto mudéjar de la Puerta del Sol o la mezquita del Cristo de la Luz (Bab al-Mardum). Toledo es mucho más que la historia doliente de las cadenas que aún cuelgan del imponente San Juan de los Reyes. Es la suma de cada uno de esos elementos y la suma de leyendas y viejas tradiciones, y la belleza de uno de los mayores tesoros de la Cristiandad recorriendo los engalanados paseos durante el Corpus Christi.

¿Cómo podría no tener el intenso deseo de retornar siempre? La magia sigue aquí, el tiempo detenido. Me resulta imposible no querer estar de nuevo en el edificio bellísimo (su patio, su escalera, sus elevadísimos techos, sus vistas interiores desde la primera planta...) del Museo de Santa Cruz. ¿Cuántas horas felices no he pasado aquí durante las dos exposiciones del Cuarto Centenario de 2014 o el pasado año en el día de los Museos cumpliendo el sueño de recitar versos frente a los cuadros de mi pintor favorito? Algo más que mi pintor favorito, yo diría. Una especie de guía espiritual o de antorcha que ilumina el camino a la reflexión. Los cuadros de Domenikos son el broche perfecto para la colección de obras, entre ellas unas trescientas que hace ya cuatro años se organizaron para formar "La España de los Austrias", una magnífica oportunidad para conocer, profundizar y entender aquel complejo momento de nuestra Historia cuando el dominio político y militar -y artístico- del mundo le correspondió a este territorio que llamamos Península Ibérica (no hay que olvidar que durante tres reinados Portugal y España estuvieron bajo la misma corona).

Museo de Santa Cruz. Enrique y Antón Egas; escalera de Alonso de Covarrubias.

Dedicado a Fernando Luis Fontes Blanco, director del Museo.

Has sido muchas cosas en la vida:

convento y residencia palaciega,

ermita para quien humilde ruega,

basílica en grandeza concebida.

Tu piedra por Mendoza convertida

en hospital que a huérfanos les llega,

en hospital de amor y de fe ciega,

a nombres muy sonados es debida.

Fachada tienes de las más hermosas,

con cruces de ciudad lejana y santa.

Tu patio en armonía siempre canta

silencios que florecen en las losas.

Y al cielo, ¡de tan bella!, pareciera

que quiere dirigirse tu escalera.

Guillermo Arróniz López.

36.01.19.

¿Cómo es posible que un hombre nacido en una isla del Mediterráneo, tan lejos, educado en el renacimiento italiano durante algunos años, y asentado finalmente en la judería de Toledo, encarnará mejor que nadie la espiritualidad desbordante de su época, el carácter orgulloso y austero del caballero castellano? Quizá sus ojos -a los que tantos acusaron de padecer astigmatismo o alguna dolencia similar- que venían de fuera, podían ver mejor que aquellos que se habían educado dentro de la cultura del país.

Aquí o en el Expolio en la catedral, o en Santo Tomé o, por supuesto, en el museo que lleva su nombre y representa su casa aunque nunca lo fuera, su pincel siempre me sorprende, siempre me anonada. La perfección técnica puede que se llame Velázquez, o Vermeer o Rembrandt; la magia de la pintura se llama Theotokópoulos y no hay más que ver uno de sus cuadros para entender que la materia puede contener -y de hecho contiene- al espíritu y que las veladoras consiguen lo imposible: hacer tangible el aire mismo.

Vuelvo a Toledo. Y espero volver cada año mientras viva y tenga fuerzas para caminar o "escalar" estos rincones donde la belleza te golpea continuamente, hasta volver del paseo con tantos dulces cardenales en el alma que es, durante días, imposible dejar de sonreír. Aquí se entiende al Greco mejor que en ninguna parte.

Aquí, en Toledo, mi ciudad de El Greco.

*de M.C. Rubio

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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