Mumbai... un extraño ¿paraíso?

A punto estoy de cumplir veinticuatro horas en la India, y qué extraña me parece ya esta ciudad de Mumbai… aunque, ahora que lo pienso bien, ¿qué no diría la ciudad de mí y de mi “rareza” si se detuviera a dedicarme un momento, cosa que no hará, volcada en sus catorce millones de habitantes y en los miles y miles de visitantes que pasan por ella en este fin de semana de Junio de dos mil catorce para los occidentales?

Guillermo Arroniz López • 02/07/2014

Estación Victoria | Foto: Uso permitido

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A punto estoy de cumplir veinticuatro horas en la India, y qué extraña me parece ya esta ciudad de Mumbai… aunque, ahora que lo pienso bien, ¿qué no diría la ciudad de mí y de mi “rareza” si se detuviera a dedicarme un momento, cosa que no hará, volcada en sus catorce millones de habitantes y en los miles y miles de visitantes que pasan por ella en este fin de semana de Junio de dos mil catorce para los occidentales? Sólo he visto la ciudad a través de los cristales de dos coches, cuya marca coreana he olvidado ya. El lugar me parece una fusión de otros, una amalgama a la que no acabo de encontrar su carácter propio. Pero, ¿qué sabré yo? Salir del aeropuerto y encontrarme con las chabolas y las casas más precarias de un ladrillo cocido y lamido y relamido por la lengua voraz del tiempo fue todo uno. El tráfico, como ya lo esperaba por los muchos programas televisivos, documentales y formatos de viajes, es endiablado: miles de diferentes vehículos de edades sospechosas se mezclan en un batiburrillo que a veces respeta los semáforos y a veces, en pleno cruce de cuatro direcciones no los encuentra en absoluto.

El desplazamiento al hotel fue breve y entre los edificios, en su mayoría muy pobres, había un buen número de ellos dedicado a la venta de mármoles, algo así como esas carreteras a las salidas de algunas ciudades y pueblos españoles donde se concentran las fábricas para cementerios o casas de semi-lujo en las que se enriquecieron tantas empresas de la construcción. Pero cuidado, sin la limpieza y simetría de las hispanas, mucho más irregulares y presas del tránsito constante que las rodea. Una de ellas llama mi atención por el gran cartel de letras azules en las que reza: “Marbello”, no por ser el hermano siamés de la ciudad peninsular, sino en atención al producto que vende. Sí, las grafías occidentales se compaginan continuamente con los hermosos caracteres en el idioma local: en las autopistas, en las tiendas, en los hoteles. Es una doble naturaleza de la zona donde los ingleses dejaron una profunda huella que puede notarse en muchos aspectos, y no sólo en los edificios coloniales, sino también en los detalles más modernos como en las vallas publicitarias de las calles y las carreteras, de corte tremendamente British.

Decía que no acabo de encontrar una naturaleza clara… o quizá debería decir única, a este conglomerado de casas, chabolas, rascacielos… que circunda una playa inmensa y gris, sucia, en cuyo paseo marítimo se acumulan los miles de indios conversando, mirando al agua o al constante pasar de los coches casi por igual. Hasta llegar aquí, desde nuestro hotel, se ha tardado una hora y media y al cruzar la ciudad he visto un puente de hormigón muy moderno que cierra la laguna de la ciudad, al lado de miles de edificios en ruinas, ¿soportados? por unos andamios aparentemente ridículos, de madera, quizá de bambú, cuyo aspecto parece tan frágil como una copa de cristal. Edificios que se han quedado en los sesenta o setenta del boom europeo: feos, tristes, exentos de toda concesión a la ornamentación o la belleza, oscuros, sucios ya. Muchos de ellos, como en otras ciudades del mundo que dan al mar, acumulan salitre y humedad y la pintura o incluso los materiales compositivos se han ido cayendo. Es como si el Milán industrial que rodea al encantador centro lo hubieran dejado ir muriendo, congelado en el tiempo de los primeros rascacielos con ínfulas de modernidad.

Y, sin embargo, aún queda alguna concesión a lo que el viajero quizá viene a buscar: en mitad de una calle, en la acera de la derecha, una pequeña capilla de Ganesha. Como una casa de muñecas, rosa chicle, me recuerda aquellas otras que encontrábamos en un viaje, hace ya nueve años, en Atenas y también en la carretera que une a la capital con la mítica Delfos, el ombligo del mundo. Salvando las terribles distancias y el religión que las origina (hinduismo a la una, y cristianismo ortodoxo a la otra) me parecen muestras del mismo fervor popular que surge para recordar al hombre su inefable conexión con la espiritualidad, con la creencia de una Esencia Superior que nos explica a través de su propia existencia, que nos da contenido y significado.

No quiero ponerme profundo, o al menos no todavía, por lo que dejaré este tema para –espero- ocasión más propicia.

Esta decadencia de la ciudad se “mezcla” con los edificios coloniales: los más famosos: la Puerta de India (que vi ayer desde los cristales del coche que me transportaba y a través de la ventana del restaurante donde cené); el Taj Mahal Palace Hotel… y otros que no vi como la Estación Victoria (ya no se llama así) o la Fuente de la Primavera. Así como iglesias anglicanas y colegios de estilo tan británico que no cabe posibilidad de error alguno. Y aunque hay un claro intento por “nacionalizar” todo y darle un sabor ajeno al inglés, cambiando nombres como el de la propia ciudad, conocida hasta no hace mucho como Bombay, no deja de tener un perfume claramente inglés. Quizá porque fueron los primeros es hacer de este conjunto de islas un puerto de primera magnitud, los primeros que le dieron una entidad, una estructura, un sentido. Y tras décadas de dominio muy activo, la cultura del marketing, por ejemplo, se ha asentado mucho en los “huesos” indios.

Aprovecho haber mencionado el tema del nombre de Mumbai hace tan sólo unas líneas para comentar el intrincado y siempre interesante asunto del origen de las palabras. Parece que etimológicamente no ha quedado claro el sentido de Bombay o la procedencia de “Bombay”, y hay incluso más de una teoría al respecto. Pero en cualquier caso ahora la ciudad luce con su nombre más autóctono: el de la diosa por la que así se llama: Mumbadevi. Su leyenda es un mito lleno de color, de lucha, de reconocimiento por parte del vencedor… Pero me reservo esta parte para mañana pues me hará falta. Lo que no deja de sorprenderme es la formación de las palabras, el sentido último de los nombres con que se bautizan las ciudades, a veces de forma casual, espontánea, y otras de forma política, histórica. No es inocente el nombre de Las Filipinas; como no lo es el de ciertas ciudades españolas como La Carolina. Los nombres tienen su propia magia, su poder de evocación; su sonoridad publicitaria. Por eso la decisión de su cambio lleva detrás mucho más que la sustitución de unas letras por otras… pero, ¿hacia dónde nos lleva? Eso ni siquiera el que impone la variación podría imaginarlo.

El día, para mayor confusión por mi parte viene a terminar con una cena en uno de esos edificios coloniales, el Taj Mahal Palace Hotel, donde degusto las exquisiteces del restaurante chino “The Golden Dragon”, es decir, “El Dragón Dorado”. Otro motivo para el despiste: muchos turistas, en busca de las experiencias asiáticas, pero algo temerosos, o quizá ya escaldados, de los sabores picantes de la cocina india, demandan platos típicos chinos, encontrando este tipo de restaurantes en los hoteles de lujo que visito en la zona norte y en la zona sur de la ciudad. Detrás de mí queda, a través de un cristal grueso y brillante, la Puerta de India, especie de arco de triunfo que mira al mar, y que conmemoró la visita del rey Jorge V en 1811. Curiosamente fue el lugar de donde partieron las últimas tropas inglesas cuando el país se independizó de la metrópoli. ¿Qué sentirán los británicos, tan amantes de la Historia, cuando miran ese monumento de piedra y se dan cuenta de lo que fue y ya no es, de la puerta por la que se escapó el imperio? Yo ya no me doy cuenta de nada, tengo tal sueño que ni el tráfico nocturno con su ruido y las muchedumbres que se agolpan en el paseo marítimo, mirando a la sucia playa y al mar, albores de la noche de sábado en Mumbai, consiguen levantar mi consciencia. El día ha sido muy largo y mi cerebro es una salsa caldosa, viscosa e incapaz de hacer nada que no sea ir a la deriva.

***

Ah... Pero he aquí el segundo día... el segundo día la "bestia" despertó. O yo desperté de mi sueño de coches y ventanillas y horizontes de rascacielos y me vi inmerso en mitad del corazón de la India. Lo que siempre había visto en los documentales y más. Mucho más. O quizá era lo mismo pero multiplicado por la impresión del olor y la realidad que no era capaz de asumir.

No iba solo, sin embargo, sino entre un grupo de conocidos occidentales u occidentalizados. No sé si habría sido capaz de llegar a mi objetivo si me hubiese encontrado frente a frente, y sin el colchón de la gente, con aquel exceso de realidad. Exceso, sí. Exceso de gente, exceso de pobreza, exceso de color, exceso de olores, exceso de mezcolanzas, exceso de basuras, exceso de putrefacción, exceso de productos ofrecidos -en el suelo, en las tiendas, sobre tenderetes, en carromatos- exceso de belleza, exceso de humedad, exceso de calor, exceso de humanidad, exceso de ruido, exceso de densidad, exceso de ruinas, exceso de precariedad, exceso de indiferencia.

Sí, he escrito exceso de indiferencia. Soy consciente de que eso se debe a mi ignorancia del país. He leído muchas veces de gente que conoce bien el lugar, que aquí la gente es feliz porque acepta su destino de forma natural, porque no tienen el exceso de aspiraciones burguesas occidentales y sin embargo... Yo veo que esa resignación se ha convertido en indiferencia, en incapacidad para dar peso a cruzar la calle entre un tráfico imposible y mortal, indiferencia en el objetivo de sus pasos. Parece que van hacia un lado como podrían ir hacia el contrario. Muchos chicos jóvenes avanzan en parejas, cogidos del brazo. Son meros amigos. Es domingo y es posible que estén pasando su día libre paseando por su barrio, o alrededor del templo... Y, sin embargo, en la lentitud de sus pasos, en sus miradas apagadas, hay una dejadez, una luz que se fue, una falta de motivación, una incapacidad para el horror o la novedad. Lo más terrible es que esa novedad puede que no se produzca nunca. Nunca. Abocados muchos de ellos a vender el mismo producto, la misma fruta de forma itinerante, con su carromato: su tesoro o su maná, su forma de vida, su única pertenencia.

Hoy, tras horas y horas de trabajo, he tenido la ocasión de acercarme al templo de la diosa que da nombre a la ciudad, como comentaba hace unas líneas. Está en el corazón mismo del pueblecito de pescadores que un día fue lo que hoy llamamos Mumbai, y que en realidad es un sueño conquistador del hombre, un robo al mar, a base de prolongar lenguas de tierra que unieron las cinco islas que forman esta población tan amalgamada, tan inexistente como ciudad. Recuerdo otro pueblo de pescadores: Brighton. Su corazón, The Lane, se ha convertido en un barrio muy cool, trampa para turistas, con las casas muy arregladas y “modernizadas” intentando guardar algo del sabor de las calles estrechas y las viviendas de uno o dos pisos. Aquí, en cambio, no se ha tocado nada. Todo sigue como hace muchos, muchos años. Y la decadencia cae sobre la pobreza, y la suciedad sobre la costra acumulada de años y años. El olor sobre el que había leído se concentra como una bofetada nauseabunda de fondo dulzón y máscara de intensa acidez. El conductor nos avisa, de camino al templo, que él no puede acceder a esa parte de la ciudad: es un vecindario peatonal. Hay un paseo de veinte o treinta minutos hasta el templo. Me asaltan las dudas: ¿acaso habrá algún tipo de cartel indicativo? ¿Será lo bastante importante el lugar sagrado para que la gente sepa indicarnos? ¿Hablará todo el mundo inglés como se dice de la población de este país? ¿Nos perderemos? No leí en ninguna guía ni página web que el acceso al recinto fuera tan complejo e intrincado.

Sí, son preguntas de inquietud. O, dicho de otro modo, de miedo. Es cierto que nadie me ha hecho nada como para tener estas aprensiones pero la realidad, nada ordenada, tan distinta de la europea, me provoca abismos. Veo que el conductor tiene que preguntar a un policía sobre el mejor acceso al barrio del templo. ¿Acaso no será tan importante? ¿O nuestro conductor será Jainista, o Budista, o Católico, o Parsi, o Judío, o Musulmán, o Anglicano, o Adventista del Séptimo Escalón e ignora la existencia del templo más allá de su nombre y la zona aproximada? Algo de esto tiene que haber porque veo, para mi alivio, que desde donde aparca el coche se puede identificar la cúpula del templo. No hay más de tres minutos de paseo. Es imposible perderse. Pero esos tres minutos son los más terribles y sucios que haya vivido nunca. Es la vida sobre un estercolero: grandes plastas, ¿de vaca?; concentraciones de suciedad innombrable en medio de la calle, puestos de tela sobre el suelo en el que se vende de todo, carromatos con comida, e hileras e hileras irregulares y movientes de personas que van, que vienen, que hace círculos, que se paran y siguen, que avanzan, que vuelven, que retroceden, que llevan un camino que soy incapaz de identificar y que no es, desde luego, de losetas amarillas.

Justo antes de llegar al edificio que venimos buscando alcanzo a ver la espalda de un muchacho que lleva apenas unos vaqueros y una camiseta de tirantes con cinco o seis agujeros notables a la altura del omóplato izquierdo, completamente raída, pero blanca, limpia. Pelo muy negro y brillante, piel muy tostada. Cuando paso a su lado, mucho más que su cuerpo delgado, su rostro de belleza insultante, inconsciente de sí misma, me encoge el alma. ¿A cuántos hombres y mujeres no podría haber arruinado este semblante si hubiera nacido en otro rincón del mundo o con un poco más de suerte? Habría sido la versión masculina de Nefer Nefer Nefer. El Tadzio moreno por el que habrían muerto todos los pusilánimes del mundo, presas de la peste, pero felices en el intento de llamar su atención siquiera unos momentos. ¿Cómo es posible en un hombre esta apasionante e insultante belleza pura, sin adornos, sin pretensiones, natural como lo es en la caída de las ramas del sauce o en la nieve que cubre las cumbres? ¿Y cómo es posible que pase desapercibida para el mundo, que se pierda, que se olvide? La mera idea me hace daño. ¿Quién va a acordarse de este muchacho? ¿Quién le tomará las fotos inolvidables que se le hicieron a Brando durante el rodaje de “Un tranvía llamado deseo”? ¿Quién lo inmortalizará como a James Dean en “Rebelde sin causa”? ¿Dónde estarán las cintas que registren sus movimientos, sus gestos, su sonrisa, su sensación de placer? En este rostro, sin embargo, la sonrisa no parece encajar, sería una extraña en el paraíso. La belleza de este rostro tiene un algo de sombría. Quizá porque nadie vaya a hacerlo inmortal como merecería. Es la puntilla para lo que quedaba de aliento en mí. El edificio sagrado sólo viene a desbordarme.

Los dos únicos templos a los que llego a asomarme en esta ciudad me desengañan de mi visión romántica y occidental. La entrada es difícil de identificar. En ella hay un control de metales, igual que en un aeropuerto o en un hotel de cierta categoría de la ciudad. Hay miedo a los atentados terroristas que en varias ocasiones han causado víctimas en la ciudad a los largo de los años noventa y principios de los dos mil principalmente. Han aprendido a defenderse. Sobre el control de metales, en este caso, hay un “frontón” con tres imágenes de dioses, pero desde ahí, a ambos lados de la entrada, las casas son como las demás, en realidad el templo es un patio o se abre a un patio, más o menos rectangular. Eso será lo primero que el viajero encuentra: un patio, con dos o tres tiendas de flores a la izquierda y una esquina mugrosa a la derecha, seguida de una especie de garaje oscuro al final del cual una capilla privada recibe la luz de otro patio más pequeño sin techo. Frente a la entrada más casas miserables. Al fondo, a la izquierda, estaría el templo en sí, lo que me había imaginado que sería sin toda esta entrada tan pobre y sucia. El olor es muy potente. Aromas amargos, dulzones, tan intensos que noquean. Es la mezcla de las flores, las ofrendas, las ofrendas putrefactas y la suciedad general. Eso predispone a un occidental a un gran impacto. Este ambiente cargado sería un puñetazo para la pituitaria menos avanzada, para la nariz más bloqueada del mundo. La intensidad bloquea la capacidad de reflexionar y predispone a un estado por encima del pensamiento porque este está fuera de juego. Aquí el alma queda libre de las cadenas del cerebro, sale al fin de su cautiverio y gobierna el cuerpo que empieza a sentir otro tipo de sensaciones, de experiencias, de informaciones. El espacio sagrado viene marcado en el suelo del patio cuando las losas de mármol aparecen frente al oscuro e irregular empedrado común que lo rodea. Ahí aún es posible pasar con zapatos, pero no más allá de las escaleras (media docena quizá) que dan acceso al habitáculo de los dioses. Mumbadevi está en el centro de la capilla, y Ganesha a su derecha (a la izquierda del creyente), de tamaño menor y a menor altura. Desde donde estamos apenas puedo ver la cabeza de la diosa y su corona dorada. Había leído que era de plata… pero es posible que sea de plata dorada. O quizá que el visitante que lo escribió, al no poder hacer fotos, fuera traicionado por su memoria. Alrededor la arquitectura es muy hermosa y llena de adornos, aunque soy incapaz de fijar la vista en nada y retenerlo. No soy capaz de reflexionar con mucha eficacia. Uno de mis acompañantes me cuenta que él visitó Deli y Agra unos meses atrás y tampoco pudo tomar fotos en ninguno de los templos. Nadie se atreve a desprenderse del calzado y dar, nunca mejor dicho, el paso. Tenemos miedo a coger alguna enfermedad. Pero este momento en que nuestra seguridad, nuestra salud queda por encima de la curiosidad, de la experiencia religiosa, espiritual o cultural/artística es clave. Aquí termina mi sueño indio. Si no puedo penetrar en su corazón espiritual, en lo que da fuerza a estos seres humanos maltratados por la vida, castigados por la miseria y la falta de oportunidades, si no puedo beber de la fuente que explica la vida que crece a mi alrededor… ¿cómo puedo llegar siquiera a soportarlo? Quizá soy sólo un niño con pataleta, el occidental al que no le dejan hacer fotos y se enfada, orgulloso e incapaz de comprender que existen otras culturas diferentes, otras formas de hacer las cosas y otras prioridades. Quizá. Estoy demasiado confuso como para entenderlo.

Cuento a mis compañeros de visita la historia de esta diosa de ocho brazos que vino a la región para liberarla de un demonio. Este, al ser vencido, le pidió a Mumbadevi que tomara su nombre, y ella le dio permiso para construirle un templo… Pero son palabras vacías. No siento que esté diciendo nada en realidad. Me falta el conocimiento de los principios básicos que expliquen que esa deidad es una con la que la envió a la población, que todas son una, que los valores que las explican son mucho más complejos e imprecisos, más lábiles, que los occidentales, cada día más tecnológicos y matemáticos para todo.

Nuestro paseo vuelve a terminar en el Hotel Taj Mahal Palace. Otros veinte minutos de atasco para llegar al rincón de lujo occidental y decimonónico donde nos “desintoxicamos” de la ciudad real. Este encantamiento británico, esta “embajada” del tiempo y el dominio inglés nos “salva” de lo que acabamos de ver. Estas maderas, estos mármoles, este Apolo Lounge, esta piscina y este balancín, estos techos con estucos, esta elegancia tan limitadamente ostentosa, tan colonial y refinada, nos aíslan del calor, de la suciedad, de la humedad, y de la espiritualidad que pululan por ahí fuera. Pero mi espíritu ha enfermado. Lleva una inquietud diferente a la que suele.

Duermo francamente mal. Tengo mucho calor. He apagado el aire acondicionado y me despierto muy muy pronto y no vuelvo a conciliar un sueño profundo. No dejo de pensar en diosas hindúes. En lugares que quiero ver, en el imposible, en aquello que quiero aprehender y que resulta inaprehensible. No soy capaz de entenderlo. Si quiero ser sincero conmigo mismo ni siquiera estoy seguro de querer intentarlo.

***

Durante la tarde del tercer día vuelvo a intentar penetrar el alma de este lugar. Me dirijo al templo de Ganesha. El dios con cabeza de elefante y, hasta donde mis limitados conocimientos alcanzan, el dios de la felicidad, de la riqueza material también. Lo he visto varias veces al pasar y sé que no queda tan lejos del hotel como otros.

Antes de eso mi día empieza muy pronto, cruzando la ciudad en apenas treinta y cinco minutos, sin tráfico alguno, disfrutando las primeras luces de la mañana, viendo pasar un carro tirado por una vaca, alcanzando fácilmente esa misma Puerta de India que apenas vi de lejos la primera noche. He venido para hacer la fotografía, y con la esperanza de encontrar, a pesar de la hora, algún suvenir con el que agasajar a mis seres queridos. Me habían avisado ya que mis intenciones de hacer una fotografía a estas horas de la mañana no eras realistas: la humedad es tal, aquí junto al mar, que el objetivo de la cámara se empaña y no es posible. Me empeño en que aunque sólo se vea niebla voy a hacer esa foto. Aunque tenga que levantarme pronto y sacrificar el sueño, aunque tenga cruzar carreteras sin disco con tráfico salvaje. Lo último, desde luego, no es necesario. Apenas hay coches, como ya dije antes.

Y sí, al final, ahí está, tremendo arco de piedra que no puede cruzarse (vallado y vigilado). Ni dos docenas de personas se encuentran en los alrededores y es un privilegio ver así el monumento y el hotel en el que ya estado dos veces, a sus espaldas. El sol claro me permite sacar fotografías para asombro de mis acompañantes que, más tarde, se harán eco de la suerte que me ronda. El lugar tiene bastante magia, pues a través de sus arcos puede verse el océano que, plomizo y uniforme, parece un bloque de hormigón inmenso, como si Dios hubiera construido el mundo con una hormigonera gigante y una espátula de gran precisión. Esta puerta, perfectamente inútil desde el punto de vista funcional hoy (y quizá siempre) valdría, en mi opinión, para demostrar que el arte por el arte no sólo existe sino que provoca inmensos beneficios en el alma. Esta puerta enmarca el mar y da la “entrada” a este mundo tan diferente de aquel del que venían los británicos. Aún ahora, con toda la globalización, los abismos que separan ambas formas de vida son profundos, espinosos, complejos, laberínticos… y no sólo económicamente hablando. Habrá quien pueda decirme que este arco no se hizo por el arte en sí, sino para conmemorar un acto político como fue la visita del rey, y que también es un símbolo de dominación, un intrusismo occidental en tradiciones muy diferentes… Y sin embargo el arco, arquitectura sólida pero delicada, es arte, arte por sí mismo y para sí mismo. Y permanecerá siéndolo cuando los motivos que justificaron su erección se hayan olvidado o sean sólo un párrafo en libros de Historia carcomidos por las polillas aburridas que no encontraron mejor manjar.

Ya no estoy ante un día perdido: he podido marcar esta jornada, hacer algo de provecho, llenarla de contenido. A mi espalda el hotel Taj Mahal brilla con todo su esplendor restaurado. Debe ser complicado preservarlo de la corrosión del aire marino, tan cercano, y sin embargo luce imponente, como si apenas hiciera unos años que el arquitecto hubiera mirado por primera vez su sueño hecho realidad. Desde el comedor donde desayuno se puede ver también ese arco, esa puerta sin hojas, de donde vengo y el mar, ese mar de plomo líquido, sucio y liso.

Tras una jornada algo más corta que de costumbre tomo un coche del hotel para que me acerquen al templo de Ganesha. Tardo más de lo esperado en llegar. Un nuevo control de metales en la entrada del recinto. Llevo conmigo dos bolsas (luego contaré por qué) pero el vigilante decide que tengo cara de santón, por lo visto, porque soy el único al que le dice que no hace falta que las pase por el control, por la cinta donde pasan por los rayos equis todos los paquetes, y entro como “bendecido” por no se sabe qué suerte de viajero o sencillamente de cotilla. Aquí hay menos suciedad que el templo de Mumbadevi y el espacio es más amplio. El patio, como si dijéramos, es mucho más espacioso, y también tiene una forma más irregular (aunque aquí ni las esquinas tienen noventa grados). Se ha formado como un perímetro rectangular –digamos que es algo rectangular, aunque es un decir- en torno al templo, que tiene muchos andamios (está en obras) que impiden ver la forma y la fachada. En cualquier caso tampoco está permitido tomar fotografías… Y desde donde mi calzado “salvador” me permite ver apenas alcanzo a imaginar algo de la arquitectura interior. Ni soñar con ver la imagen del dios antropomorfo de cabeza de paquidermo. Estoy tentado de hacer una locura… pero soy demasiado cerebral para eso. Mis brillantes zapatos me mantienen anclado a la imposibilidad de ver el lugar, su esencia misma. El ancla del miedo que me salva de la tormenta de riesgos… Vestido de traje, y con estos únicos zapatos que he traído para salvaguardar espacio en la maleta, estoy como atado, como enclaustrado. No puedo salir de Europa, la llevo encima. Me pregunto si –y aquí soy benévolo conmigo mismo- tendría más valor de haber venido con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros y unos calcetines gruesos, con un calzado de repuesto en la mochila. Quizá el único problema es que mi viaje no está pensado para penetrar India, sino para pasar por encima, de puntillas.

Para compensar la frustración de no penetrar el misterio del interior de la arquitectura sagrada antes de llegar al recinto he encontrado lo que debe ser un caso único (o quizá no, apenas conozco este lugar y me iré sin conocerlo mínimamente) en el continente: una tienda con los precios marcados… Dada la proximidad del templo casi todo son figuras de este dios protector que da tan buenas vibraciones. Pero no sólo encuentro lo mismo que podría en las tiendas de la plaza Santa Cruz de Madrid. Aquí sí compro y desato mi afán consumista… y los recuerdos para aquellos a quienes quiero y llevo conmigo en todo momento. Esa es una de las bolsas con la que paso al templo: la bolsa de plástico con las figuritas y los recuerdos. La otra es una bolsa de tela donde llevo la cartera, el sobre del hotel con las rupias y, por supuesto, el pasaporte. Pero ninguna de las dos, a pesar de no dejar ver su interior, causan la menor inquietud del vigilante del tempo. ¿Tendré, dada mi delgadez, aspecto de eremita o asceta? Desde luego no se lo pregunto.

Aquel es el punto de partida para volver a la zona británica, aunque sin alcanzar la costa. La noche empieza a caer y el tráfico, si es posible, se complica aún más. Frente a la estación Victoria (que ya no se llama así, como Mumbai ya no se llama Bombay) empiezan a caer las primeras y las únicas gotas que viviré en la India. Empieza la época de los monzones y hemos tenido mucha suerte con el tiempo. Se ha hecho de noche durante el atasco y sólo alcanzo a ver la fachada del edificio iluminada por las farolas y los focos, y aunque entro al vestíbulo, no puedo llegar a la zona de las vías puesto que hay que sacar un billete sólo para eso y las colas son larguísimas. Esta es la central de ferrocarril para viajes locales y está abarrotada. La gente vuelve a casa tras su jornada. Una de las mujeres locales con las que hablo me informa que tarda dos horas en llegar a su trabajo desde su vivienda, para lo que tiene que tomar dos autobuses, un tren y creo que andar un buen trecho. Pero la sonrisa no se borra de su sonrisa cuando nos guía por el mercado, al día siguiente. Hoy estoy solo frente al gran edificio de piedra pero apenas puedo disfrutar de su belleza. Es como si fuera un primo del Natural History Museum londinense que adoro, pero no puedo saludarlo con la misma calma, con la misma tranquilidad y admiración. Todo es frenético, todo parece a punto de ser tragado por el hormiguero que, sin duda, yace bajo nosotros. Estoy cansado. Decido regresar.

***

Me quedan menos de doce horas en la India y estoy entre el horror y el agradecimiento por la gran lección que este lugar me brinda. Esta tarde me llevarán al mercado que mencionaba ayer. Menos sucio que el barrio original donde estaba Mumbadevi, es muy colorista, lleno de tiendas de frutos de donde espantan las moscas con una especie de incienso que quema muy lentamente, como si fuera madera o palosanto pero en forma de cono de mayor tamaño que los de incienso que conozco. También hay tiendas de trajes de boda para familias pudientes (en la zona más occidental con calle de dos carriles por lado y mediana), pequeñas joyerías en zocos minúsculos donde el calor se condensa; tiendas de pañuelos; tiendas de representaciones de dioses… Hay mucha pobreza y mucho caos, pero aún es algo comprensible, algo que puede entrar en las estructuras de mi mente. La mayoría de este batiburrillo de tiendas se encuentra bajo unas grandes escaleras de hormigón pintadas de rosa por las que se accede a una estación de tren situada sobre nuestras cabezas.

Aquí veo como uno de mis acompañantes tiene el don de la supervivencia. Como todos los despistados, los despreocupados, y la buena gente piensan que todo les saldrá bien… y les sale de forma natural. No los atropella un coche, no caen de las escaleras ni se tuercen un tobillo por no mirar al suelo irregular. Y si algo les pasa se recuperan sin acritud y con rapidez. Es un auténtico viajero cuyas anécdotas –a las que no da importancia- son dignas de un buen libro de viajes, un libro lleno de humor y circunstancias sorprendentes.

Vuelvo a ver a los cuervos con cuello de ceniza que me han acompañado durante todo el viaje y pruebo una especie de piel de almendra que sabe avinagrada y dulce al mismo tiempo y que comen con fruición. Como todo por aquí tiene un sabor fuerte y profundo. Soy el único que compra algo en esta expedición por otro barrio de Mumbai. Llegamos al hotel para darnos una ducha en el spa y prepararnos mentalmente para el viaje hacia Manila. Han sido cuatro días y medio de una gran intensidad. No tengo sensación en absoluto de haber visto esta ciudad, de conocerla. Ni creo que pudiera conocerla si viniera sólo para hacer turismo, aunque sin duda podría visitar lugares muy interesantes como el Museo del Príncipe de Gales (que tampoco recibe ya este nombre) y hacer una visita que mezclara más lo occidental y su legado con lo genuino y su espíritu. Pero insisto que me siento incapaz de conocer esta ciudad hasta los huesos; cobarde como para perderme en sus calle; incómodo como para aventurarme en su corazón como hice tantas veces en Ámsterdam, en Londres, en Toledo, en Praga, en Berlín, en Múnich, en Ferrara… No hay mapa que abarque este mundo de callejas miserables, hechas de basura y miseria, de férrea voluntad de supervivencia… o de una indiferencia que se empeña en subsistir, no se sabe cómo, quizá dejándose fluir como el río. No puedo comprender este vertedero en el que, sin embargo, la gente que trabaja de sol a sol se siente afortunada, feliz, te sonríe y no te pide nada la mayoría de las veces, aunque sí te ofrezca sus servicios. Soy niño malcriado de la Europa ordenadita, príncipe cuidado entre algodones, Sidarta que aún no vio el cortejo fúnebre. No me extraña que viviera una transformación tal cuando se vio cara a cara con el dolor. Y sin embargo yo aún me apego a las cosas materiales con fruición.

Mañana será otro día.

¿Seguiré siendo yo el mismo después de Mumbai?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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