Relato de Olga Bogdanov. (Viajando a la antigua Unión Soviética).

Olga Bogdanov nació en la Unión Soviética -aquella forma de llamar a la que siempre ha sido y siempre será "la Madre Rusia"- aunque ella es poco amiga del frío. Quizá por eso se mudó a Estados Unidos hace casi tres décadas. Aunque hay que decir que vive en Boston, donde el invierno puede llegar a ser intenso. Por lo tanto es posible que no fuera la temperatura lo que la llevó a emprender el largo viaje que hay, en tantos sentidos, desde la tierra de Iván el Terrible y Catalina la Grande al país de George Washington y Abraham Lincoln.

Guillermo Arroniz López • 07/08/2018

Olga Bogdanov | Foto: Uso permitido

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Desconozco mucho sobre aquel país de Repúblicas Socialistas Soviéticas y mis padres y tíos, que vivían en una España con poca información sobre el exterior, nunca me hablaron sobre aquellas tierras. Sé lo que he leído y lo que me han contado algunas películas y documentales. Quizá por eso me fascinen tanto los relatos de Olga Bogdanov que me acercan y me desvelan cómo era la sociedad de aquel estado de proporciones desmesuradas pues el telón de fondo de sus cuentos resulta tan verídico que uno casi cree que puede tocarlo.

Olga no sólo es empática con el colectivo gay y amante de los animales, especialmente, creo que puedo decirlo sin temor a equivocarme, de los perros, sino una profunda observadora de la naturaleza humana que refleja a la perfección en las acciones, incluso en los pequeños gestos, de sus personajes.

Y además de todo eso es una amante enfervorecida del español, una lengua que la llama desde algún rincón ignoto de su alma o su pasado en otras vidas.

Pero sobre todo, sobre todo, es una escritora de raza, determinada a escribir por su necesidad de escribir, por su pasión por escribir, porque tiene algo que decir y pasa muchas horas de su vida decidiendo cómo decirlo.

Por todo ello es un honor -muy grande, a decir verdad- presentar el debut -además absoluto pues nunca hizo público hasta hoy ningún escrito suyo en ninguna otra de las lenguas que domina- de su literatura a través de este delicioso relato que fue lo primero que leí de la obra de esta inmensa autora. No quiero robarle más espacio ni protagonismo a sus párrafos. Su fuerza evocadora arrastra a cualquier lector sensible.

Que lo disfrutéis.

"Las clases de francés (Desde otras costas).

Yo de adolescente era francófila, lo que no era inusual en Rusia, un país con una larga tradición en ese sentido. En el siglo XIX el ruso había sido el idioma de los criados y de los siervos mientras que toda la aristocracia hablaba y escribía en francés. Sin embargo, mis razones eran diferentes: me encantaban los libros de Alexandre Dumas, las canciones de Salvatore Adamo y las imágenes de la Cuidad de la Luz, la capital de “Liberté, Égalité, Fraternité”, y – lo más importante – del amor romántico.

Con trece años empecé a aprender francés en un grupo de un “palacio de los pioneros”, una invención socialista muy buena, donde los niños podían estudiar varias cosas casi gratis. Un año más tarde mi padre, impresionado por mi diligencia, contrató a un profesor privado para que pudiera aprender francés de una manera más eficiente.

Mi nuevo profesor, Georgii Mijailovich, tenía unos cincuenta años y me parecía anciano. Era bajito, erguido como una lanza y muy delgado, con los ojos doloridos y una barba canosa de punta aguda. Era muy formal y cortés – me trataba de usted -, lo que me parecía raro y pasado de moda. Se vestía de una manera modesta, siempre con trajes baratos de colores oscuros, y eso en un mundo – el de la Unión Soviética - donde la ropa de marca era una cuestión de prestigio y un indicador del éxito. A pesar de eso, Georgii Mijailovich tenía una prestancia poco usual en nuestra sociedad, algo que se nota y que no se puede ni fingir ni imitar…

Era un hombre muy reservado y no solía hablar de sí mismo. Yo sabía que trabajaba en un colegio; enseñaba francés a unos estudiantes, en su mayoría incultos e indiferentes. También daba clases particulares para permitirse de vez en cuando viajar a París. En la URSS los viajes al extranjero eran un privilegio rarísimo, accesible a muy pocas personas. Creo que Georgii Mijailovich tenía algunos parientes en Francia, pero nunca lo comentamos. Lo que sí estaba claro, es que vivía para esos viajes. Sobre su trabajo en el colegio decía “Al César lo que es del César”, una frase que me sonaba criptica.

Cada jueves a las 17:00 horas yo acudía a su casa en la periferia de Moscú, donde vivía solo. Su piso incluía una habitación pequeña que servía de salón, dormitorio y comedor, una minúscula cocina y un baño. Todo el apartamento estaba impecablemente limpio con cada cosa en su sitio, salvo una gran cantidad de libros y sus gafas de lectura que tenían la libertad de quedarse donde quisieran. No había apenas decoración: solamente una melancólica acuarela en la pared que representaba una iglesia de madera en un campo ruso nevado y lúgubre, y un par de fotos en blanco y negro en una mesita. Una de ellas mostraba a dos hombres sonriendo y fumando en la terraza de un café inconfundiblemente parisino. Uno tenía una boina y parecía francés y el otro era el mismo Georgii Mijailovich, aunque se le veía tan feliz que me costaba reconocerlo. Claro, pensaba yo, quién no iba a sentirse feliz tomando café en París, pero aun así algo me parecía raro, aunque no habría podido decir lo que era… La otra foto era del mismo hombre de la boina, solo, con la cabeza desnuda y una larga bufanda negra. Miraba a la cámara con tanto anhelo y cariño que cuando vi la foto por primera vez, me sentí un poco incómoda como si hubiera espiado un secreto ajeno. Georgii Mijailovich me dijo que el hombre era su amigo Michel, un músico que vivía en París.

Al empezar la clase, nos sentábamos a la mesa y repasábamos los verbos irregulares y otras idiosincrasias de la gramática francesa. Después comentábamos mis deberes: los textos que había leído y escrito después de la clase anterior. A pesar de sus buenos modales y hasta galantería, Georgii Mijailovich era un profesor muy estricto y si algo no le gustaba, nunca se andaba por las ramas.

Recuerdo mi primer relato escrito en francés, del género fantástico. El protagonista era un hombre infeliz y decepcionado con su vida. Se sentía solo y poco valorado. Un día descubría una máquina del tiempo y viajaba a la Francia del siglo XVII. Allí conocía a algunos gentilhombres ilustres, nobles y valientes, que se hacían sus amigos del alma… No hace falta decir que el hombre se parecía a mí y los gentilhombres eran clavados a los mosqueteros de Dumas. Sin embargo, no por eso yo estaba menos orgullosa de mi cuento, en el que había puesto mi alma y corazón con todas sus angustias adolescentes… Georgii Mijailovich escuchó el relato con atención total. Después, encendió un cigarro con un aire pensativo y dijo: “¡Vaya melodrama!”. Eso fue todo. Me sentía destrozada y humillada, me ardían las orejas y lo odiaba con vehemencia. ¿Quién se creía que era para burlarse de mí? Era tan anciano, anticuado y estaba tan harto de todo, que ya no comprendía nada. ¿Qué podía saber de angustia y tristeza, de sentirse infravalorado e incomprendido, de tener que vivir una vida ajena? No le dije nada, pero mi disgusto y decepción eran palpables. Me costaba contener las lágrimas de rabia. Sin embargo, él no parecía ser consciente de nada. Se puso en pie, se acercó a la estantería y sacó un libro. Me lo entregó. Era “Rojo y Negro” de Stendhal, en francés. “Empecemos con este”, - me dijo. “Después vamos a leer a Maupassant y a Flaubert…” Asombrada, le objeté que quizás resultara demasiado difícil para mí, pero dijo que no, que yo ya estaba lista y que la dificultad no era más que psicológica. Insistió en que, si el lector estaba en la misma onda que el escritor, podía disfrutar de la obra a pesar de sus limitacioneslingüísticas… “Y de lo contrario, - añadió como si para sí mismo, - no la comprenderás nunca, incluso si habéis crecido en la misma casa”.

Georgii Mijailovich escatimaba los elogios, así que recuerdo cada uno. Una vez me felicitó por mi aptitud e interés para los idiomas extranjeros. “Según Carlos Marx,”, - dijo sonriendo, - “el dominio de los idiomas es un arma importante en la lucha contra nuestros enemigos”. Entendí que fue sarcástico, ya que nadie citaba a Marx en serio excepto en los discursos oficiales, pero solamente muchos años después me di cuenta de lo que había querido decir mi profesor. El dominio de los idiomas permitía trascender los límites duros de la censura soviética, escapar de la jaula, por lo menos mentalmente. Los idiomas nos permitían luchar contra “el hambre de información”, pensar por nosotros mismos, conocer otras culturas, aunque fuera a través de los diarios de comunistas extranjeros o a través de los libros de ficción popular, abandonados por los turistas europeos y americanos en cualquier lugar.

Un día acudí a nuestra clase semanal y apenas pude reconocer a mi profesor. Parecía muy feliz y diez años más joven. Me dijo que su querido amigo Michel había llegado a Moscú con su orquesta y que ahora estaba en su casa. Quería presentarnos. Entramos en la cocina y vi al hombre de las fotos. Ahora era un poco más corpulento y con menos pelo, pero su sonrisa era simpática y generosa. Se puso en pie, me abrazó y me besó en las mejillas según la costumbre francesa, lo que me hizo sonrojar con incomodidad.

— ¿Quién es esta chica tan guapa, George?” – le preguntó a Georgii Mijailovich en francés.

— Es mi mejor alumna, - dijo el profesor con alegría. – Lee a Stendhal en versión original y aguanta mi mala leche.

Enchanté de fair votre connaissance, mademoiselle , - se dirigió Michel a mí.

Yo me había quedado de piedra y olvidado todas las palabras, no solamente francesas, sino las rusas también.

Después Georgii Mijailovich, o “George” como ahora lo llamaba para mis adentros, me dio la clase y nunca lo vi tan vivo, feliz e inspirado. Al acabar, me preguntó si, por un acaso, tenía algunas preguntas para Michel. Le dije que sí, que en efecto tenía una. Me moría por saber si mi ídolo Salvatore Adamo estaba casado. Era un tema importante para mí y para mis amigas, y en esa época sin google y con la censura soviética, la única manera de solucionar la duda era preguntárselo a un francés.

— Venga, pregúntaselo, - me animó George, y no sé qué me dejó más

Impresionada – la perspectiva de hablar con Michel en francés o que mi profesor acababa de tutearme-.

Por fin, al repetirme mi pregunta cien veces a mí misma, me atreví a entrar en la cocina y repetirla a Michel. Pensó un momento y después se encogió de hombros y confesó: “Mais je n’ sais pas!”Pareció totalmente confundido.

Después de una breve pausa nos partimos de risa: todos– Michel, George y yo-. Nos reímos hasta las lágrimas, Después, para pedir disculpas por su ignorancia, Michel me regaló un verdadero perfume francés en un frasco elegantísimo.

Cuando me despedí de George y Michel, me dijeron adiós cogiéndose de las manos. De repente me enteré de algo que no me encajaba antes cuando estaba mirando a las fotos: estos dos se amaban, así de simple. Estaban muy enamorados. Pero ¿cómo podía ser eso si no solo eran ya muy mayores, sino que también los dos eran hombres?

Tardé muchos años en resolver ese enigma, como tantos otros que yacían en la intrigante personalidad de mi profesor. Para decir la verdad, todavía hay algunos que no he resuelto. Sin embargo, él mismo me enseñó que no hace falta entender todos los detalles para percibir lo principal. Gracias a él comprendí que cada persona puede construir su propio castillo, inexpugnable para los enemigos, pero con el puente levadizo siempre bajado para los amigos. Ese castillo puede ubicarse en cualquier terreno, incluso en el más hostil y no caerá nunca. Todos tienen varios escudos pero el mismo lema: “DIGNIDAD”. Como dice un dicho español, “El rey puede crear Grandes de España, pero no Hidalgos; pues los hidalgos solo los hacen Dios y el tiempo”.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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