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Talavera de la Reina. Escondidos Tesoros a la Vista.

Viajo por las tierras de España con gran placer. Me escapo a siglos antiguos, cuando esta nación tenía una industria por la que era conocida en todo el mundo, una artesanía a la altura de las mejores. Talavera de la Reina me sorprende a pesar de no poder ver algunas de sus joyas artísticas por cuestiones de horario... Inesperadas reflexiones e impresiones me esperan casi en cada rincón. El que quiera saber más, que siga leyendo.

Guillermo Arroniz López • 04/01/2013

Talavera de la Reina. Arcos del Prado.

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¡Oh, tierra de tesoros que nadie parece ver!

Guardo de ti un bello recuerdo entre las cortinas de agua con las que adornaste nuestra visita. Decir tu nombre, qué duda cabe, es citar tu cerámica, famosa en todo el país, presente en todas las colecciones de loza de esta piel de toro en que vivimos algunos afortunados quienes, no obstante, no entendemos tantas veces el desvarío nacional.

Pero he de confesarte, ciudad artesana, que nunca he sido muy amante de las obras que te han hecho famosa. Si acaso algo he respetado la delicadeza y finura de la porcelana china o de la francesa de Sèvres, sin que, ninguna, haya conseguido emocionarme... O casi ninguna. Y quizá hayan sido sus aromas a imperios antiguos los que me hayan seducido más, o la delgadez o delicadeza de sus piezas. Jugaban en contra de tu producción la cercanía en el espacio, la cotidianeidad de tu nombre citado mil veces, y sobre todo mi ignorancia sobre tu inmensa riqueza.

Empezamos por tu nombre. ¿A nadie se le ocurre preguntarse por qué ese "de la Reina"? He aquí una perla que se nos desvela y se nos oculta al mismo tiempo. Según tengo entendido tú, ciudad, fuiste un regalo de bodas: "pertenecías" a la monarca María de Portugal pues le fuiste regalada por su esposo, el rey Alfonso XI, su primo hermano, con motivo de sus nupcias allá por el siglo XIV. Hoy se nos hace difícil, por extraño, concebir un regalo de este calibre. Pero esa historia es hermosa, digna de ser explorada. O al menos "ensoñada". Seguramente se trató de un intercambio político de poderes, con intrigas e hilos de nobles y monarcas tirando y aflojando... Aunque también cabe pensar en un obsequio por amor en plena Edad Media castellana. Tu nombre, Talavera de la Reina, nos remite a una mujer, lo cual siempre es un misterio.

Otro de tus grandes tesoros, joya donde las haya, con un lustro de siglos de edad y valor acumulado, es sin duda el haber sido lugar de vecindad y alcaldía de Fernando de Rojas, el inspirado autor de La Tragicomedia de Calixto y Melibea o La Celestina, o al menos a él atribuida. Cierto es que ello no deja en ti una impronta, una huella que podamos seguir, pero sí nos hace fantasear en tus murallas con ese hombre poseído por el afán de posesión y esa hechicera capaz de enamorar con sus engaños y embustes a la mujer que desea ser engañada y enamorada.

Por supuesto, imposible soslayar la cerámica, pero me centraré en tu museo y no sólo por el privilegio de verlo en solitario gracias a las lluvias, ni por la calidad de piezas maravillosas que se contienen en su interior, ejemplo de tu artesanía durante siglos aclamada (sobre todo el XV y el XVI) y que puede encontrarse en grandes obras del Arte español como el Monasterio del Escorial o la Catedral Vieja de Salamanca, sino por la belleza de encontrar un retablo completo, un altar de suaves tonos, hecho tan sólo de cerámica. Es un soberbio ejemplo de que no hay mal material para la obra que uno se proponga erigir. Su magnífico estado de conservación (¿o restauración?) y la tenue luz de la sala hacen que uno se sienta envuelto en una atmósfera espiritual, religiosa, mística a la vez que material. La suave y fría superficie, que guarda en su interior el misterio del fuego, como el alma que se elevase hacia el cielo, hace de la contemplación un símbolo y del silencio un regalo. Al salir de tu museo nos regalaste un sol tímido pero benévolo que nos bendeciría casi todo el resto del día y nos permitiría adentramos en la mayor de las joyas de tu tesoro, tu perla inmensa y rara, tu diamante de gran tamaño: Los Arcos del Prado. A comienzos del siglo VII Liuva II te regaló a ti, cuando eras apenas una muchacha, una villa, la estatua de la Virgen del Prado, y la celebración de la diosa Ceres dio paso a las festividades a la patrona. Tu patrona, guardada en la Basílica -otra obra donde la cerámica adquiere protagonismo casi máximo. Basílica encuadrada en esa gran joya que guardas a la vista de todos y que son los jardines que unen la ciudad con la Basílica que en su día fue Ermita. Se diseñaron en ese bello siglo, estertores del Arte, canto del cisne, el diecinueve (1864). En ellos se dan cita varios estilos, el francés y el árabe.

Pueden encontrarse obras como la Fuente de las Ranas, de Ruiz de Luna, por supuesto obra maestra de cerámica; el templete de música, la "Casa de los Patos", o "La Mezquita". Esta última construcción, diseñada para baños públicos, así como la utilización aquí y allá del ladrillo, en estilo neo-mudéjar nos habla de la influencia del orientalismo aquellos años de la segunda mitad del XIX.

En la mencionada "Casa" uno no puede evitar la ternura de contemplar a los pequeños patos, y la construcción, como una casa de muñecas gigantes, hogar "humanizado" de las aves que entran y salen con soltura y despreocupación para bañarse en su pequeño estanque artificial.

En fin, todo el parque o jardines son como una corona de piedras valiosas y bien perfiladas... Un jardín romántico que me recuerda las falsas ruinas del parque portugués de Évora, aunque los tuyos, Talavera, son mucho más amplios y todas sus edificaciones tienen una utilidad o propósito más allá del ornamental.

Caminando entre los árboles y las inspiradas construcciones que parecen de juguete se llega al fin al santuario de la Virgen, que marca prácticamente el final del recinto vallado. Su interior es amplio y está dotado de un alto zócalo de cerámica que singulariza el templo. Pero es su atrio porticado, donde nos resguardamos del cansancio hasta que abren sus puertas, lo que produce una última experiencia que te dota de recuerdo. Ese zócalo interior se reproduce también aquí, en el exterior, y en las piezas de cerámica, que se unen para formar escenas (desde religiosas hasta militares), algo nos llama la atención. Son muy antiguas y las escenas se pueden ver con claridad pero... si uno se aproxima encuentra que hay cuadros descolocados, que parece que alguna restauración traviesa hubiera jugado con el orden lógico cambiando unos por otros o incluso trayendo piezas de otros montajes en diferentes lugares. Frente a este resultado desordenado no puedo evitar pensar en que la vida, a veces, hay piezas que no encajan, aunque seguimos adelante, teniendo una visión del conjunto que vista por los demás es completa y correcta pero uno, desde cerca (desde dentro) sabe que hay algunos detalles que no parecen ensamblarse correctamente...

Oh, ciudad grande de nombre, fui feliz paseando por tus calles y plazas, por tus antiguas murallas, tu museo y tus parques encantadores. Cuida bien tus tesoros hasta que el hombre vuelva a verlos claramente...

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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