Toledo como antídoto.

Es la tristeza la que tiñe de colores apagados este arranque de artículo con churretones algo desiguales, como si se tratase del maquillaje corrido por las lagrimas. Es la nostalgia de un tiempo pasado, y ya se sabe que "cualquier tiempo pasado nos parece mejor", que decían, con su aspecto inocente, aquellos labios de Karina. Es la pesadumbre de sentir, como siempre nos dijeron nuestros padres, que estos grandes cambios son a peor. Y si no son a peor me producen una desazón como si lo fueran. El feísmo empaña nuestras artes, nuestra vida, con cosas y -supuestas- obras artísticas que me producen un absoluto rechazo por su falta de sentido, de lógica, de proporción o de la más mínima presencia de belleza. El plástico y la pose todo lo desbordan con una inmediatez facilona y populista; las corrientes o las modas de ésos que vienen en llamarse artistas, son de una calidad bajísima, de una auto-exigencia prácticamente nula. Si Quevedo estuviera vivo hoy no tendría tiempo bastante ni el lenguaje le daría suficiente riqueza para criticar tanta vacuidad, tanta obra plana, cada tomadura de pelo, cada "traje del emperador" que nos tragamos como sapos de seda inexistente...

Guillermo Arroniz López • 31/12/2016

Toledo entre la niebla. - Foto: Uso permitido

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Pero no será la melancolía la que tome la voz cantante para el resto de estas palabras que hoy vengo a compartir con vosotros. Porque contra el veneno del mundo que se avecina... o el que ya está aquí, existe un antídoto (mil millones de antídotos) en el pasado del que venimos, en el acervo cultural y artístico del que procedemos y que nos define como seres humanos. En ese mundo hermoso y cargado de historia y esfuerzo me vengo a refugiar hoy de la mano de quien transforma el Toledo actual en belleza pictórica. Pues será a través de las obras de Nina García, que representa a la ciudad imperial con precisión de hiperrealismo cargado de magia (porque es posible la magia en el siglo XXI), como me escape del horror y os cuente este viaje.

Dentro de mi listado de ciudades fetiche, a las que siempre que puedo regreso para expandirme, para sentirme mejor gracias a su Belleza, a su Historia, a su Arte, está Toledo impresa con letras de oro. Ni siquiera su cercanía le roba un ápice de atracción o fuerza. El hecho de tenerla a treinta minutos en tren no disminuye su poder ni la vuelve algo cotidiano. Y los lienzos de esta autora subrayan con óleo esa capacidad de enamorar que tiene la ciudad. Ha elegido para ello las vistas nocturnas desde distintas atalayas que miran a la ciudad circundándola y dándonos todas sus caras, con sus pendientes, sus puentes sobre el Tajo y su campo de luces eléctricas encendidas, pequeños puntos de brillo que envuelven las imágenes en una atmósfera de Belén navideño con su castillo y sus pequeñas casas a la orilla del río.

Sólo en uno de ellos dos coches nos devuelven a la realidad contemporánea mientras que, en el resto, el encanto de cierta atemporalidad nos atrapa: como la propia ciudad estas pinturas son capaces de dilatarse en el tiempo y darnos un momento indefinido que podría ser casi cualquiera del siglo veinte, de todo el convulso y veloz siglo veinte.

Tienden estas luces a anaranjar las fachadas de las casas bajo el manto de la noche, potenciando al tiempo que amarilleando el color rojizo de los ladrillos de las muchas construcciones mudéjares que conforman la urbe, una vez y por siempre imperial. Frente a esas sombras y esos tonos pardos destacan como grandes piezas independientes la catedral y el alcázar, blanquecinos en comparación, dorados quizá, de un envejecido o desgastado argénteo, grandes gigantes sobresaliendo en altura y tamaño por encima de la ciudad sobre la que se asientan.

Invitan estas "instantáneas falsas" a perderse por los caminos serpenteantes que desembocan o nacen en alguna de las pequeñas plazas del interior, ocultas por los volúmenes de los edificios que aparecen en los distintos primeros términos de cada "terraza" de la cuesta en la que fueron construidos. Uno puede seguir, como en los famosos cuadro de El Greco "Vista y plano de Toledo" y "Vista de Toledo" (que provocó uno de los poemas que escribí para "De verso en Greco"), las edificaciones e irlas identificando perfectamente, tal es la fidelidad al original. ¿Y por qué faltar a la verdad cuando la verdad está, por sí misma, cargada de encantamiento, de esa magia de la que hablaba antes? En esta ciudad se dan cita la atracción del pasado y su misterio, pues nunca sabremos a ciencia cierta cómo fue ese pasado (por más huellas y registros que hayan quedado), con la ficción de estar más allá de los mordiscos del tiempo pues sus calles se nos muestran inmutables, pedazos arrancados de otro siglo en los que sólo los cables de la luz eléctrica rompen la quimera. Y todo ello se potencia por la oscuridad nocturna, que desdibuja muchas de las características modernas que se han ido acumulando sobre los viejos muros, y por ese manto de luces que, vistas en la distancia no son más que pequeños puntos de brillante amarillo o azulado blanquecino. Ése es el momento que ha decidido reproducir la autora, mezclando las masas de los edificios que se echan sombra unos sobre otros, con la inefable presencia de lugares tan conocidos como el puente de Alcántara, el alcázar y la catedral (ya citados), San Ildefonso o la Iglesia del Salvador.

Siguiendo la secuencia de los cuadros parece que estuviera uno caminando alrededor de la meseta sobre la que se levanta la enjoyada ciudad... como si la pintora hubiese hecho un recorrido una noche (muy larga, claro, porque hace falta mucho tiempo para pintar estas bellezas de gran valor técnico desde un punto de vista pictórico), una noche cualquiera de una primavera benévola o un otoño suave, una vuelta al cofre de piedra labrada y ladrillo artísticamente dispuesto que es Toledo. Una vuelta inmensa por estas tierras Manchegas, rodeando el misterio de la ciudad, adivinándolo, sin llegar a penetrarlo; observando en su totalidad, y desde distintas perspectivas, el conjunto de edificaciones que conforman este rincón histórico de nuestro país, culmen de nuestra hispanidad por la importancia que la ciudad tuvo en uno de los momentos de mayor esplendor de nuestra Historia con mayúscula. Y pasando de una estampa a otra acompañamos a la autora en ese inmenso paseo que parece querer cerrar un círculo desde el que comprender la grandeza y la belleza del lugar sin pisarlo, evocando las veces que sí lo hemos hecho, que sí lo hemos recorrido buscando tal o cual museo, ésta o la otra pintura, una huella u otra del pasado.

Y la autora, la brillante pintora, tiene éxito en su empresa (si tal es) de reproducir la ciudad pero también su encanto, su mezcla de rincones, su riquísimo abanico de sombras y luces, de torres e iglesias, de cuestas y río... pues a través de estos lienzos vuelve nuestra imaginación a la Toledo amada, a la Toledo que nos encantó bajo el sortilegio, a la Toledo soñada y siempre, siempre, añorada, sin importar cuántas veces se vuelve a ella.

*Todas las fotografías, con la excepción de la torre de la catedral entre nieblas pertenecen a cuadros de Nina García.

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Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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