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Toledo. El Greco. El Greco. Toledo. En el cuarto centenario de su muerte.

Cuánto y cuánto se escribirá este año sobre el famoso pintor como consecuencia del cuarto centenario de su muerte... y lo peor cuánto será inexacto, producto de la ignorancia y el oportunismo. El Greco es mi pintor favorito, seguido de cerca por el simbolista Gustave Moreau. Por eso he leído varias biografías sobre él, lo he contemplado en la catedral de Toledo, en su “Casa”-Museo, en Santo Tomé, en el museo de Santa Cruz, en El Prado, en la National Gallery, en Ferrara en el Palazzo dei Diamanti, en el Bellas Artes de San Fernando, en el Lázaro Galdiano, en San Ginés (Madrid), en el Hospital Tavera, el monasterio de El Escorial… allá donde fui y había un cuadro o escultura suya, o diseño de altar, hice por verlo. Hice por admirar su pincel variadísimo, y sin embargo inconfundible.

Guillermo Arroniz López • 23/01/2014

Museo de El Greco

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Cuánto y cuánto se escribirá este año sobre el famoso pintor como consecuencia del cuarto centenario de su muerte... y lo peor cuánto será inexacto, producto de la ignorancia y el oportunismo. El Greco es mi pintor favorito, seguido de cerca por el simbolista Gustave Moreau. Por eso he leído varias biografías sobre él, lo he contemplado en la catedral de Toledo, en su “Casa”-Museo, en Santo Tomé, en el museo de Santa Cruz, en El Prado, en la National Gallery, en Ferrara en el Palazzo dei Diamanti, en el Bellas Artes de San Fernando, en el Lázaro Galdiano, en San Ginés (Madrid), en el Hospital Tavera, el monasterio de El Escorial… allá donde fui y había un cuadro o escultura suya, o diseño de altar, hice por verlo. Hice por admirar su pincel variadísimo, y sin embargo inconfundible.

Su formación en la forma de pintar iconos, su aprendizaje del estilo renacentista en las mismas fuentes donde se creó, la Italia del XVI, y su paso por la Toledo de la Contrarreforma le dieron las herramientas que sólo el genio pudo aunar de una forma tan especial.

Ahora la nueva interpretación de los expertos desecha el astigmatismo pero también el fuerte carácter religioso. No voy a entrar en polémicas. A mí me basta con admirar su obra, ese sabor fuerte y casi inenarrable a pesar de sus historias en pequeño formato, casi siempre en las partes inferiores de sus grandes lienzos (quizá aprendió el dominio de la miniatura de su amigo Clovio, allá en Italia). Este año diversas actividades conmemorarán la efeméride y servirán como fórmula para potenciar el turismo en la Ciudad Imperial.

Me enamoré del arte de este hombre cuando era más niño que adolescente y vi, por primera vez, una foto de “El martirio de san Mauricio y la legión tebana”. No paré hasta tenerlo delante, in situ, en El Escorial. Fueron tiempos en los que mi admiración por Felipe II se vio perjudicada. ¿Cómo podía preferir los dibujos “alocados” de El Bosco y despreciar la luminosidad de este lienzo? No sólo eran los pechos dibujados por las coloristas armaduras lo que me enganchaba a esta pintura, ni esas piernas, masculinas y dulces a un mismo tiempo… lo era todo: ese cielo abierto por donde entraba la Gloria de Dios hecha rayos de luz, la escena al fondo, con su truculencia… y el inmenso tamaño del trabajo, que fue lamentablemente relegado a un rincón sin demasiada luz y que ha ido mudándose cada cierto tiempo de un lado a otro del Monasterio, sin encontrar una ubicación definitiva y con la adecuada importancia que el cuadro merece incluso dentro de este impresionante conjunto.

Durante años soñé con unas bóvedas del templo decoradas por él. El Escorial no habría sido el mismo. Pero, poco a poco, con los años, dejé atrás los sueños, el idealismo y los “¿qué hubiera sido si?” (traducción un poco macarrónica de los what if?). Y me centré en lo que nos quedaba de él, lo que nos legó. Y lo que nos dejó fue una Toledo diferente a la que habría existido sin él. No sólo por la forma en la que Vega Inclán ideó su museo cerca de donde una vez estuvo la casa de El Greco, sino porque aún quedan cuadros y obras en el lugar para el que él las pintó o diseñó, y en ese sentido configuran y personalizan edificios enteros. La iglesia de santo Tomé, acaso de no haber albergado “El entierro del Conde de Orgaz” apenas contaría con unas escasas visitas de curiosos que buscan en los templos pequeños tesoros artísticos, trazas de arquitectos o paz en mitad del camino. Sin embargo es hoy un continuo trasiego de visitantes que no dejan de admirar el lienzo por el que litigó El Greco (no fue el único) y del que se pueden contar tantas historias y leyendas como para llenar varios libros, como de hecho ha sucedido.

Toledo es un centro cultural e histórico de primer orden, con monumentos inolvidables del Arte Español, desde la custodia de su catedral hasta la mezquita del Cristo de la Luz; desde la sinagoga del Tránsito a San Juan de los Reyes. En ella se han dado cita la flor y nada de los artistas y los hombres del pensamiento del siglo XVI. Por algo fue la capital de Carlos I, nuestro emblemático y controvertido emperador. Siempre que puedo me escapo a esta ciudad congelada en el tiempo, con callejones que parecen sacados del siglo XIX, sino directamente del XVI. Su patrimonio es tan amplio que después de una docena de visitas aún tengo museos y colecciones por conocer. Y la calidad de sus obras, tan sobresaliente, que acabo repitiendo una y otra vez con éxtasis pagano.

En esta ocasión he conseguido mi propósito: pasar por la ciudad antes de que los actos del cuarto centenario la llenen de curiosos que seguramente tendrán un interés (en el mejor de los casos) tibio por el pintor nacido en Creta. Justo antes del concierto de campanas con que se abre el año de conmemoraciones paseo por sus calles desnudas en una tarde lluviosa. No hay turistas aquí. Cruzo desde la catedral hasta la puerta del Cambrón y me pierdo por la construcción que alberga el museo de El Greco. La emoción es inmensa. Hace cuatrocientos años un hombre venido de muy lejos, con una trayectoria vital casi universal (para su época), moría muy cerca de aquí, dejando un estilo que sería defendido y repudiado a partes iguales, causando sensaciones extraordinarias en sus contemporáneos y en los artistas de los siglos siguientes que lo descubrieron y lo devolvieron a su merecido lugar en la Historia de la Pintura. Sus manos, su corazón, su mente, parieron estas pinturas de hombres a punto de las lágrimas, de carne sin carne, de espíritu atrapado en esos brochazos enérgicos, fantasmales. Pero también esas líneas exquisitas de las piernas de los ángeles o los soldados, las manos delicadísimas de algunas de sus representaciones de la Virgen… Hay ciertos rincones de este conjunto de edificaciones que hoy forman su museo, como la capilla donde está el San José, que respiran un aire de otro tiempo. Es posible olvidar el exterior, el siglo XXI, la invasión de la banalidad y la vulgaridad, el horror de un mundo cuyo único Arte es abstracto –a veces una pura tomadura de pelo.

Me voy con la cabeza llena de sus apóstoles, especialmente el san Juan con la copa y el dragón y Santiago el Mayor y Santo Tomás, cuya belleza de bondad me parece cautivadora, sobre todo la del último, con un cuello imposible y unas manos delicadísimas, milagro tras unos brazos infinitos.

Podría estar horas hablando de este autor y esta ciudad. Podría… pero prefiero intentar convenceros de que vayáis a Toledo, al Prado, a la Academia de Bellas Artes de S. Fernando, o a cualquieras de los rincones de España donde está un Greco o donde se puede respirar Toledo y que ellos os hablan por sí mismos: tienen historias y leyendas que atraparían al más incrédulo de los prosaicos. Este es un buen año, como lo son todos desde que se rescató al cretense toledano para que os dejéis llevar. Luego, si os placiese, me honrarían sus mercedes si quisieran contarme su experiencia sensorial y espiritual… que sin duda será profunda y rica.

*Por cierto, ¿alguien sabe si, dejando de lado los conciertos de obras de Mozart y Verdi –búsquese relación con El Greco si la hubiere- se han programado pequeños conciertos de música del XVI como los que él encargaba a veces para solazarse tras las comidas? Me encantaría asistir a esa “reproducción” del tiempo perdido y dejar volar mi imaginación a través de la música, tan importante para el autor.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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