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Toledo. Extrañas sensualidades.

Vuelvo a la primera ciudad de la que me enamoré por una diapositiva hace ya demasiados años como para contarlos. Fue su mezquita del Cristo de la Luz, nombre curioso y aparentemente contradictorio, la que hizo que yo entrara en contacto con el mudéjar y su encanto dulce y decorativo... Pero la ciudad esconde extraños encantos, erotismo histórico, imágenes de un pasado que siguen calentando la imaginación.

Guillermo Arroniz López • 08/11/2013

Alcázar.

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Vuelvo a la primera ciudad de la que me enamoré por una diapositiva hace ya demasiados años como para contarlos. Fue su mezquita del Cristo de la Luz, nombre curioso y aparentemente contradictorio, la que hizo que yo entrara en contacto con el mudéjar y su encanto dulce y decorativo.

Después he vuelto en numerosas ocasiones aprovechando la proximidad y su inmenso patrimonio e Historia, de la que se escribe con mayúsculas, desde Carlos V a El Greco; desde el alcázar hasta la catedral. En esta ocasión he cumplido uno de esos deseos que se acumulan con los años. Algo que sería muy fácil realizar: basta media hora en tren, un paseo y cinco euros para visitar el museo del ejército... y sin embargo algo que se va retrasando año tras año. He visto muchos de los rincones de esta ciudad, por dentro y por fuera, pero aún me quedan algunas deudas con la capital imperial. Una de ellas era el emblemático edificio de triste y “reciente” recuerdo. Y a fe que he cumplido mi deseo y lo he hecho por todos los lados posibles.

No es que el contenido del museo me interesase especialmente pues la historia de los ejércitos y las milicias nunca ha sido mi debilidad. Era el edificio que lo alberga y su variopinta historia de anécdotas y recuerdos lo que me siempre me habían intrigado, con su prominente posición y su volumen grandioso.

Tuve la suerte de visitar el patio, el imperial y armonioso patio con la escultura de Carlos V, sin más presencias que la de mi acompañante y la del espíritu del emperador. El cielo azul claro y solemne ponía marco al silencio sepulcral que rebotaba de arco en arco. Estas cosas sólo pasan una vez en la vida. Presenté mis respetos al gran monarca por quien tengo más simpatía que por algunos de mis contemporáneos.

Sin embargo, sorpresas te da la vida (y a mí muchas y la mayoría muy positivas) dentro del museo iba a encontrar dos piezas muy sensuales. Lo que la sensualidad sea o deje de ser es algo a debatir ya que puede significar o ser sugestionada por muy diversas actitudes, sujetos u objetos según de quien hablemos. La primera fue una pieza de barda, concretamente una testera o frontal, es decir, algo así como un yelmo para el caballo, expuesta en una vitrina aséptica, junto a otras piezas similares. Su forma, rematada por una especie de sierra de largos y delgados y afilados dientes justo en la mitad del frontal generaba una intensa sensación de peligro, pero también tenía algo de sexualmente vibrante. Ya se sabe que los atributos del caballo son símbolo de gran tamaño en la masculinidad, y en la mitología griega Pegaso, el caballo alado era hijo de Neptuno y una Gorgona. Por no hablar de que en 1973, el dramaturgo Peter Levin Shaffer escribió la obra Equus, en la que uno de los protagonistas es un adolescente que siente fascinación sexual y religiosa por los caballos. No, no soy bestialista y no me seducen los caballos, pero es obvio que desde la creación imaginaria de los centauros a nuestros días, el ser humano ha sentido una fascinación con estos animales salvajes. La pieza parecía incluir ambas partes para mí: la salvaje animal y la salvaje humana que la viste de violencia y fuerza añadida.

Para bajar el tono –no quiero imaginar lo que algunos de vosotros, lectores, estáis pensando de mí- hablaré de un retrato del siglo XIX. No diré quién era el protagonista del mismo, pero me recrearé, siquiera un momento en las características del lienzo: cuadro de pequeño formato, apenas contenía el rostro, el cuello y el gorro militar del retratado. La dulzura de sus ojos, azules, pero nada fríos, la belleza de su rubio natural, la piel blanca, casi aniñada, los labios sensuales, pronunciados como una nota blanca en una sucesión de breves semicorcheas… transmitía una belleza del XIX que bien podría ser la de un contemporáneo, príncipe praguense o ruso de inocencia aún intacta. Evocaba la tibieza del hombre que sabe acariciar, aun torpemente por su falta de experiencia, con el corazón en la mano; que sabe besar con la suavidad de una brisa de mar, conteniendo su fuerza, alborotando nuestra fibra. Qué será hoy de sus huesos, habrá recogido alguien la memoria de sus hazañas, de sus amores, de su día a día. A través de los años y las pinceladas sabias nos sigue inquietando, seduciendo, invitando a hacerle perder esa inocencia al tiempo que la mantiene eternamente.

Qué dos momentos tan hermosos para recordar conjuntamente con los siempre atemporales paseos por las tripas de la ciudad y la evocación constante de un pasado que es presente, de un ayer que no se ha ido del todo, de una ciudad que guarda mil tesoros, que es un tesoro para el descubrimiento. Una ciudad que también permite explorar el erotismo humano en sus mil formas, en sus recovecos laberínticos, en sus numerosas calles, como los pliegues del cerebro que, sin duda, ordena y manda en esas diversidades del deseo, siempre posible, siempre distinto, siempre anhelante y siempre latente, dispuesto a saltar sobre nosotros y tomar nuestra aparente y frágil racionalidad para destrozarla en mis pedazos sin atisbo alguno de remordimiento, porque el deseo es omnipotente y el cuerpo es su aliado.

Para despedirme me iré recordando un cuadro que ahora mismo y durante algunos días estará en el museo del Prado para su restauración, obra maestra del mencionado pintor, griego, italiano, contrarreformista, manierista y único. Escribo sobre la imagen que guarda mi memoria, que si bien no es la más dotada del mundo, es, desde luego, selectiva y encantadoramente caprichosa.

El Expolio.

Cercó la claustrofobia tu cabeza,

las armas, los metales, las miradas

cargadas de soberbias malhadadas:

corona de inmundicias e impureza.

La llama-corazón de tu grandeza

que tiñe de texturas encarnadas

tu túnica de brillo y de granadas

los quema, los reduce a la extrañeza.

No entienden su pecado de insolencia,

ni el ínfimo poder de su violencia.

No saben que en un dedo de tu mano

hay tanta perfección y tal bondad

que toda su intención y voluntad

es mínima expresión frente a lo Humano.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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