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Una iglesia en Lagartera. Toledo.

Ah, el prodigio de los templos. Su sacralidad va más allá de las fes concretas y pasajeras. El carácter divino o milagroso del ser humano y su conciencia de lo inmaterial sigue estando presente entre nosotros y mientas continúe así habrá esperanza para la Humanidad. La iglesia de El Salvador, en Lagartera, me proporciona una experiencia estética y emocional muy profunda que me veo en la necesidad de compartir.

Guillermo Arroniz López • 07/06/2013

Campanario habitado.

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Ah, el prodigio de los templos. Su sacralidad va más allá de las fes concretas y pasajeras. El carácter divino o milagroso del ser humano y su conciencia de lo inmaterial sigue estando presente entre nosotros y mientas continúe así habrá esperanza para la Humanidad.

La iglesia de El Salvador, en Lagartera, me proporciona una experiencia estética y emocional muy profunda que me veo en la necesidad de compartir.

Llegamos a la ciudad en la tarde-noche del viernes 31 de mayo, en pos de la festividad del Corpus Christi, de la que espero hablar otro día por su importante contenido tradicional y cultural, así como por las sorpresas que me deparó. Aún había mucha luz -bendito mayo- y pudimos subir la cuesta que lleva al centro de la localidad tranquilos, rodeados de casas bajas y de una luminosidad muy tranquila pero omnipresente. Se estaban celebrando algunos actos previos al gran día, que sería el domingo, y ya pudimos ver algunos lugareños con el traje típico, tan lleno de tradición, tan complicado, tan simbólico, tan rico y tan colorido. Especialmente colorido el de las mujeres, claro está, pero también con concesiones al color el de los hombres… con ese “colorao” que en la zona sustituye al rojo, pues esta localidad toledana es rica es campos semánticos y vocabularios propios que han sido incluso objeto de estudio y cuidado.

Por la noche, después de la cena, dimos una vuelta por las dos principales calles, y nos acercamos hasta donde la última farola modernizaba el mundo, al borde mismo de la mayor de las antigüedades: el campo y el techo de noche y estrellas. ¡Se podían ver tantas estrellas! El cielo en Lagartera está plagado de luces que no alumbran, pues la oscuridad que empezaba en aquel camino al final de la calle, donde el campo seguía imponiendo su dominio milenario, era profunda, lóbrega, arcaica. Pero el espectáculo de levantar la cabeza era tan rico, tan profundo en distancias, tan equívoco, que uno no podía dejar de asombrarse por más que se sepa que hay multitud de estrellas en el cielo. No es lo mismo decirlo que mirar, rodeado de negrura, esa multiplicidad de astros que refulgen tan lejos como no podemos siquiera imaginar mentalmente.

La calle principal es, cómo no, la de la plaza y también la de la iglesia, una cuesta que tiene su punto más alto, claro está, en el campanario donde, al día siguiente, una cigüeña se rascaba la cabeza con una torsión imposible del cuello, transformado en una serpiente blanca de plumas… ¿o se rascaba quizá la espalda con la cabeza? Olvidé preguntárselo.

Al subir hasta la mencionada iglesia encontré una iluminación inesperada, que sacaba del templo un esplendor amarillento, algo fosforescente, como de película de ciencia ficción. Tras subir unos escalones que precedían a la entrada propiamente dicha, me pude asomar a un patio o jardín al que daba la nave principal de la iglesia, porticada por aquel lado. El mágico vergel estaba cerrado por una antigua verja, de esas de anchos y redondos barrotes. Pero a través de ella era posible asomarse y ver el evocador rincón. Nombres de novelas góticas vinieron a nuestros labios. Allí, en el silencio del entorno del templo, viendo la edificación, muy sólida y gruesa, muy fortaleza, solos, mirando el patio iluminado, cerrado al hombre, pero abierto a su mirada, el lugar sacro me producía la sensación de un tempo pagano, anterior al Cristianismo, un templo construido sobre los esqueletos de antepasados nuestros, crecido sobre las raíces del carácter semi-divino del hombre que se concibe inmortal o concibe, al menos la inmortalidad en seres que lo han creado, dirigido o vigilado.

Al día siguiente, sábado, volvimos a recorrer las calles principales y también nos asomamos a otras pequeñas travesías, tratando, en parte, de imaginar parte de lo que sucedería al día siguiente en la “repetición” de una tradición varias veces centenaria. Al final de estos paseos nos acercamos nuevamente a El Salvador, con la intención de penetrar su cerrada mole, su antiguo misterio. Miedo me daba pensar en las atrocidades que las posibles reformas pudieran haber hecho en ella, y sin embargo los muros están desnudos salvo por unos altares barrocos que adornan el altar mayor y los lados del brazo menor del crucero (y un via crucis que preferí ignorar por su estilo). Sólo una anciana rezaba en el primer banco cuando entramos y había algo de prohibido en aquella vacuidad, en aquella ausencia de sonido. Había una presencia tangible en la fe de aquella única mujer entre los muros del edificio. Bajo un crucificado de rostro dulce, aunque doliente, encendí luces por aquellos a los que quiero y di las gracias. Durante unos segundos me pregunté qué ritos, misas, celebraciones y secretos mágicos habría visto el lugar durante su existencia como iglesia católica pero también antes. Puede que no hubiera absolutamente nada pues no me he molestado en investigar la historia del lugar. Y no es que esté presumiendo de ello, cuidado, sólo que en este caso, la ignorancia, me ayudó a soñar con los tiempos en los que el hombre “primitivo” también era capaz de ver lo sagrado en la existencia misma.

Por último, el gran día, domingo del Cuerpo de Cristo, el día que reluce más que el sol (y que nos bendijo con sol y un viento fuerte que jugueteaba correteando por las callejuelas como si jugase al “tú la llevas” y huyese de un gran perseguidor), volvimos a la iglesia. Era el momento grande, la ceremonia más importante de su ciclo anual y todo el que podía estar allí, estaba. Los lugareños llenaban todos los bancos, permanecían de pie en los laterales y a los pies del templo, incluso fuera de sus puertas… ¡y también en el pórtico y el jardín que habían sido abiertos! Al menos una treintena de mujeres, hombres, niñas y niños lucían las famosas ropas tradicionales de la región. El resto se habían engalanado como quien acude a una boda. La emoción del pueblo estaba dentro del recinto religioso, que vibraba con su presencia, recordando costumbres muy arraigadas y repetidas por la colectividad con una fe poderosa. La visión era muy diferente: la multitud convertía, con su presencia y sus cantos, la edificación, en el antiguo lugar de reunión, en la inevitable conexión con el Más Allá o su creencia.

Se fuera o no católico, o incluso religioso, habría sido imposible no percibir las diferencias de lo que transmitía la iglesia en aquellos tres momentos diferentes que yo había vivido. Siempre irradiaba una fuerza, un poder, un misterio que nos sobrepasa, que nos excede. Gracias a eso, creo, el hombre puede sobrevivir. Mientras no mate el espíritu habrá esperanza. Aunque cuando sólo vea este edificio como un recinto para colgar una gran pantalla de plasma y ver deporte, por ejemplo; cuando lo mire y vea tan sólo piedras sobre piedras, se desmoronará por dentro y será reducido a la nada… pero no ya solo el edificio, sino el hombre mismo. Para mí fue una prueba más de la grandeza inconmensurable del alma que aspira siempre a la perfección, a la inmortalidad, a la bondad, al logro y al contacto con ese algo

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Ha colaborado como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y como responsable de la sección de Literatura de la revista Empresas Gay Friendly & The City. Ha publicado la novela «Epitafio del Ángel», a la que siguió una colección de nanorrelatos históricos. La editorial Egales publicó «Pequeños Laberintos Masculinos», su primera colección de relatos gays y colaboró con otro relato gay de trasfondo histórico en el libro coral «Tiempo al tiempo» con la editorial Stonewall. Tras eso ha publicado tres poemarios donde la Historia y el Arte tienen mucho que decir: «Los Príncipes de Catorce Versos», «De verso en Greco» —presentado en el museo Cerralbo de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en el Santuario de Illescas— y «Al amparo de unos dioses ajenos». Ahora está embarcado en llevar recitales a los museos de España, añadiendo a los ya citados el Museo de Santa Cruz, de Toledo.

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