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Vuelta (a casa)

Le habían hablado de ese tipo de noches. De cuando no puedes dormir porque el insomnio lo ocupa todo, un peso hunde tu cabeza sobre la almohada, y una fuerza que no puedes controlar se empeña en abrirte una y otra vez los párpados.

Eley Grey • 26/08/2014

La culpa | Foto: uso permitido

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Le habían hablado de ese tipo de noches, pero nunca le habían dicho cómo superarlas. Aquella fue su primera mala noche. Salió, paseó, bebió leche, comió galletas. Contó a las ovejas y a las crías de las ovejas. Las más pequeñas se burlaron de ella. Se burlaron también las grandes cuando creyó empezar a dormirse. Las risas retumbaron en sus oídos. Y creyó dormirse, pero fue una ilusión. Y lo sabía porque se volvía a levantar de la cama, paseaba, bebía leche y comía galletas.

No reconocía a la figura que le devolvía la mirada en el espejo. Un mareo ajeno a su voluntad rodeaba su cabeza y le hacía perder el equilibrio. No se reconocía los cortes y la sangre seca. El ojo que empezaba a asumir el color de la berenjena. No era ella, no podía serlo. ¿Era una ilusión? A lo mejor ya estaba dormida. Había leído en algún sitio que cuando soñamos hay un descenso de una sustancia en el organismo. Dicha sustancia es la que nos permite percibir la realidad cuando estamos despiertos. Este descenso mientras dormimos hace que nuestros sueños se vivan como si estuviésemos bajo los efectos de un opiáceo, por eso al despertarnos de manera brusca en mitad de una pesadilla todavía sentimos el sueño como realidad.

Quizá estaba dormida y la imagen del espejo era un sueño. Pero el dolor era demasiado real y las lágrimas demasiado saladas. Aquella noche de camino a casa alguien conocido intentó ligar, ella se dejó querer, como había visto en las películas. Como había escuchado a otras chicas. Pero cuando no quiso más, cuando se arrepintió de aquello, su voz quedó atascada en la garganta. Sus movimientos se bloquearon y el tiempo se congeló. No quería más galletas, ni leche ni paseos. Quería borrar de su mente aquel dolor y dormir, dormir para siempre.

La policía la encontró llorando en un rincón del recinto, entre un arbusto y un árbol, escondida del mundo. Avergonzada y hundida, quien sabe si para siempre. Las evidencias eran tan claras que la acompañaron a denunciarlo.

Después de aquella primera noche siguieron muchas más. Noches de llanto, de pena, de dolor y de culpa. Sobre todo de culpa, porque te la graban a fuego desde niña, y es tan difícil desprenderla de la piel que las tenazas que hay que utilizar te desgarran. Porque la culpa se extiende y lo ocupa todo y a todos. Y cuando levantas la primera esquina, como en un rollo de celo, entonces es más fácil seguir estirando. Después de que desprendes el primer trozo, sale sola.

Pero hay que encontrar el principio, y después estirar.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eley Grey

Nacida en un lugar del Mediterráneo, Eley Grey ha sido siempre una persona de mente inquieta y pensamiento rápido. Es profesora de Geografía e Historia y se ha formado en el campo de la educación y la enseñanza. Ha orientado su aprendizaje hacia el fomento de la escuela diversa e inclusiva, por ello todos sus relatos tienen un mismo objetivo: mostrar la diversidad y favorecer la visibilidad para crear referentes y promover la existencia de soportes reales y experiencias vitales. Ha publicado Las mujeres de Sara con la editorial La Calle lgtb en 2014. Actualmente está trabajando en su siguiente novela.

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